Los recuerdos de un niño de la guerra

«Memoria de La Habana», de José Fernández Sánchez

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«Roadside Repairs, Havana». // Autor: Nell Moralee.


La reciente muerte del autócrata cubano 
Fidel Castro me sorprendió leyendo Memoria de La Habana, un libro de recuerdos escrito por José Fernández Sánchez y publicado hace ya más de veinticinco años en Madrid.

El autor fue lo que hoy conocemos como «un niño de la guerra» de origen asturiano que fue evacuado a Moscú con apenas doce año en 1937, durante la guerra civil española, para crecer en la Unión Soviética y desarrollar gran parte de su vida adulta entre Izhevsk, cerca de los Urales, y Moscú, ya que no regresó a España hasta 1971.

En agosto de 1961, y mientras trabaja como bibliotecario, Fernández fue destinado a Cuba, al igual que otros españoles, para ejercer de traductor del creciente número de asesores y de militares soviéticos que se establecieron en el país una vez que Fidel Castro consolidó su poder en la isla.

El libro, articulado como un conjunto de recuerdos, narra los casi cinco años que Fernández trabajó como intérprete entre la elite cubana y sus asesores rusos. Se trata de un libro muy interesante para los lectores españoles, ya que permite conocer desde dentro cómo fue el proceso de consolidación de la influencia rusa en Cuba y cómo se vivió el proceso por parte de sus principales protagonistas. Estamos en plena Guerra Fría, y al autor le tocará vivir en la isla, entre otras cosas, la crisis de los misiles, que puso al mundo al borde de un estallido bélico de consecuencias impredecibles.

Durante varios meses, el autor ejercerá de traductor del general soviético Alekséi Dementiev y del ingeniero militar Nikolai Vasilievich, encargados de poner en marcha ingeniería militar cubana. Alojados en casas expropiadas a sus antiguos dueños, la elite rusa intenta ganarse para su causa a unos dirigentes cubanos muy poco profesionales en aquel momento y que están intentando ser, además, seducidos por los comunistas chinos.

Por el libro desfilan personajes como el Che Guevara o el padre de Camilo Cienfuegos, el comandante del pueblo, muerto en extrañas circunstancias a los pocos meses de triunfar el golpe comandado por los hermanos Castro; viejos comunistas españoles como Francisco Ciutat, que encuentran en Cuba una nueva patria que defender, y militares rusos que piden ser destinados a Cuba porque saben que allí podrán vivir mejor siquiera unos meses; intelectuales europeos como Juan Goytisolo, etc.

El libro ayuda, además, a deshacer varios equívocos que se han instalado en el imaginario colectivo occidental después de tantos años de propaganda del régimen hereditario de los Castro. La Habana a la que llega un empobrecido Fernández (al que el Estado soviético apenas entregó veinte dólares para el viaje) es una ciudad en la que aún existe una cierta economía capitalista y, desde luego, varios restos de la ciudad esplendorosa que fue la capital cubana durante la primera mitad del siglo xx. Allí, el autor descubre un mundo hasta aquel momento desconocido para él, acostumbrado al crónico desabastecimiento de los comercios rusos durante casi toda la existencia de la Unión Soviética. Viaja por una isla en la que todavía hay algunas autopistas y varios automóviles que son desconocidos en aquel momento en los países del este de Europa. De hecho, como señala el autor, a los cubanos les llevaría muchos años acostumbrarse a la idea de que ya no iban a poder conducir automóviles como antes del Gobierno de Castro, ante la falta de comercio con los Estados Unidos y ante la condición de monopolio de suministros que iba a adquirir de facto la Unión Soviética en la isla.

Otro de los equívocos está relacionado también con el internacionalismo proletario, que supuestamente animaba al pueblo ruso a ayudar al cubano. Cuando el autor vuelve de vacaciones a la Unión Soviética (un país en el que, señala, «no existían lugares de encuentro», por lo que había que quedar con los amigos en los estadios de fútbol), cuenta cómo muchos de sus amigos rusos le echan en cara su estancia en Cuba mientras las tiendas de Moscú están vacías, al considerar que toda la ayuda al Gobierno caribeño está haciéndose a costa del hambre de sus ciudadanos. Se trata de una secuencia que no era nueva. El autor señala cómo, durante sus años en Moscú, tuvo que escuchar muchas veces a ciudadanos rusos recordándole que «debía trabajar duro» para «pagar el pan que le había comido al pueblo ruso». Al autor no dejaba de extrañarle, en ese viaje de vuelta a Moscú, que varios amigos cubanos le encargaran bienes de consumo que habían desaparecido de la isla con el Gobierno de Fidel Castro y que, en Moscú, sin embargo… no se habían vendido nunca, como, por ejemplo, las pilas para un pequeño transistor de radio que le encarga Julio, su chófer, sin sospechar que ni aquellos transistores ni las pilas con las que funcionaban se vendían en la Unión Soviética…

Un buen libro, en definitiva, quizá de difícil acceso en la España de hoy en día a falta de una reedición que creo que merece, que nos ayuda a entender desde dentro el proceso de abandono de unos ideales democráticos que animaron a muchos cubanos a sumarse a la lucha contra el dictador Fulgencio Batista para acabar despertando en un país a principios de los años sesenta en los que «Fidel se comportaba con Cuba como el niño con un hermoso juguete para él solo», tal y como señala José Fernández en el libro. Un juguete del que ha disfrutado en solitario durante más de cincuenta años, y que ahora ha dejado en herencia a su hermano.●

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