«¿Para qué sirve la historia?», de Serge Gruzinski

0
Aaditya Arora from Pexels.

¿Para qué sirve la historia?, de Serge Gruzinski (Alianza, 2018), no pretende ser un ensayo sobre historiografía, sino la presentación de una tesis de trabajo que revitalice la historia (liberándola del lastre del eurocentrismo unilateral) frente a los peligros que acosan al ser humano durante su formación como individuo en el seno de un mundo globalizado.

Para ello, Gruzinski se hace acompañar por el lector a través del fresco de expresiones culturales que construyen relatos reales o imaginarios sin control académico alguno que, aunque en ocasiones pueden destacar por su talento, suelen en su mayoría reflejar los peligros de una gestión corrupta del discurso histórico: la manipulación política (exaltación nacional en las conmemoraciones y maquillaje revisionista por parte de las sedes en las presentaciones los Juegos Olímpicos), la tentación de la amnesia y la fe en subproductos dañinos (seriales históricos manipulados, ciencia-ficción legitimadora y videojuegos vacíos aunque efectistas).

Para Gruzinski, la respuesta más fuerte y honesta frente a estos peligros es la historia global, una apuesta académica y didáctica por la ruptura de la univocidad eurocéntrica abierta  a la actualidad, entendida esta como un diálogo polifónico ejercido por numerosos presentes en los que se expresan innumerables pasados. En su búsqueda de una ruta que esquive las limitaciones ya conocidas (añadiendo las de un poscolonialismo que busca dar solo voz a la «visión de los vencidos»), Gruzinski encuentra un fundamento en el estudio de las fuentes históricas del siglo XVI. Según él, no solo hablan por sí mismas antes de todo reduccionismo, sino que reflejan la cristalización de las grandes cuestiones de nuestro presente: occidentalización, mundialización, mestizaje… En este último punto es en el que el autor encontrará la expresión verdaderamente humana de la comunicación cultural, polifónica y libre de categorizaciones que ha de alimentar sanamente la formación intelectual y ética que subyace en la educación.

Quien pretenda abordar el libro con la esperanza de encontrar una respuesta concreta y breve a la pregunta que expresa su título, quizás debería haber visitado la ofrecida por la escuela anglosajona dos años antes (Guldi, Jo; Armitage, David: Manifiesto por la historia. Alianza, 2016), donde sí se tematizan los valores humanísticos de la historia frente al cortoplacismo económico e instrumental actual. Solo con dicho arsenal teórico y programático podrá el lector vislumbrar el verdadero alcance (y las limitaciones) del libro de Gruzinski, que aparece entonces como una clara aplicación de los postulados de la longue durée en la búsqueda de una base ética en el ámbito de la educación, pero que deja preguntas muy delicadas sin respuesta: ¿por qué el siglo XVI y no ampliar el coro de voces a su antigüedad máxima? ¿Por qué es tan laxa la aparición en el texto de términos tales como multiculturalismo y la aculturación, claves en la ética cultural de finales del siglo XX? ¿No caemos en el error de legitimar la globalización al alegrarnos por encontrar su origen al siglo XVI y proponerlo como fundamento de la educación histórica? ¿No resultaría sospechoso hacerlo mediante menciones cuasisolapadas y selectivas de las filosofías alemana y francesa actuales (el Sloterdijk del segundo volumen de las Esferas y el hombre-nodo desprovisto de toda preeminencia metafísica sobre sus creaciones de Bruno Latour)? De ser así, ¿no nos pone esto peligrosamente cerca de la ideología técnica y deshumanizadora actual que convierte el todo (ahora también el tiempo, la historia) en una red cerrada, conclusa y al individuo en un mero nodo?

El abordaje de Gruzinski sobre la importancia de la historia en la didáctica es  estimulante y, como todo estímulo intelectual, permite que afloren otras preguntas… quizás no tan cómodas ni sencillas.●

Dejar respuesta