«El libro de imágenes», de Jean-Luc Godard

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Godard. Pierrot Le Fou. // Fotografía: Ian W. Hill.

«Yo no hago películas, hago cine» es la idea expresada por Jean-Luc Godard cuando se le cuestiona por su quehacer artístico ―y que puede apreciarse a lo largo de toda su trayectoria―. No hace falta señalar las innovaciones técnicas que aportó, como el tratamiento del raccord o los movimientos sin trípode, por poner dos ejemplos. Tampoco puede subsumirse bajo una mera categorización de sus distintas etapas cinematográficas. No es solo un personaje clave dentro de la nouvelle vague, o alguien que se le aleja del cine narrativo y pasa a hacer un cine de corte político (que no meramente panfletario); ni tan siquiera un experimentador a nivel visual, estético y técnico. Tampoco puede decirse, haciendo epojé, que es el autor de obras como A bout de soufflé, Vivre sa vie, Un film comme les autres, Sauve qui peut (la vie), Le mépris, Tout va bienSu posición va más allá. Godard planea sobre cine, lo venera y lo violenta, lo cuida y lo agita.

En su última obra, El libro de imágenes (Palma de Oro Especial en el pasado Festival de Cannes), sigue esa vía abierta con la monumental Histoire(s) du cinéma (1988-1998), y, quizás, con una cierta continuidad con Ici et ailleurs (1976). Se dan cita, entre muchos otros, Theo Angelopoulos, Luis Buñuel, Jean Renoir, Roberto Rossellini, King Vidor, John Ford, Pier Paolo Pasolini, Tod Browning, Carl T. Dreyer, Georges Franju, Alfred Hitchcock, Jean-Pierre Melville, Max Ophüls, pero también George Orwell, Alejandro Dumas, Rosa Luxemburgo, Anna-Marie Miéville, Marilyn Monroe, Samuel Beckett, William Faulkner, Paul Cézanne, Edward Said, Louis-Ferdinand Céline y Arthur Rimbaud, además de textos, voces, fragmentos grabados de la realidad con móvil…  Incluso hay una innovación dentro de todas estas citas: una referencia a sí mismo mediante fragmentos de sus películas (como si fuese un moderno que se percibe a sí mismo como tal).

Ideas al aire. Ensayo. Montaje. Metacine. La mano como algo esencial en la constitución bioontológica del ser humano.

Pero no acaba ahí. Los cinco capítulos rodados en 7.1 en los que se divide el metraje son algo más, un recorte, un espaciamiento, si siguiésemos la terminología de otro Jean-Luc, en este caso Nancy. Godard más allá de Godard. Es el historiador del cine (ya no como el crítico que era en sus comienzos en Cahiers du Cinéma), el teórico, el historiador de la Historia y de la historia, el filósofo (se debería dar a Godard en más facultades de Filosofía). Nos pone ante nosotros mismos, ante lo que somos y lo que pudimos ser, ante todo y el vacío. Muestra, pero no como un mero collage (sería fácil conceptualizar su trabajo como tal), ni como una almazuela; más bien es un tejido con múltiples capas y con múltiples cortes, que se cruzan y se solapan, que crean mundo en sus infinitas líneas que se interrumpen y que abren sentido en todos los sentidos. O, quizá no sea nada de esto y simplemente siga siendo Godard.

Llegados a este punto, el lector (si no ha desistido ya) podrá preguntarse dónde está si no la crítica, al menos la reseña. No, aquí la decepción, la negatividad: no hay nada de eso. Nada es firme ni estable. Este texto busca ser un punto de acogida y de expulsión; o mejor, un pasaje, una pasión fugaz (y quizás inútil).

Esta obra, proyectada únicamente en diez cines en España, ayuda a ir corroborando lo que algunos pensamos (¿de manera osada? No lo creo): que tendrán que pasar muchos años, siglos, incluso, para que Jean-Luc Godard sea visto como el Leonardo Da Vinci (y no solo del cine) de nuestra época (sin desmerecer a muchos otros).

Ver Livre d’image es hojear un libro una y otra vez, cerrándose y volviéndose a abrir, en múltiples velocidades.

Godard es cine, es arte, es un misterio.●

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