«El rey recibe», de Eduardo Mendoza

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Fotografía: Pexels.

El rey recibe (Seix Barrarl, 2018) llega a las manos con una doble expectativa. Estamos hablando de una novela de Eduardo Mendoza. Y eso ya lo dice todo. Además, fue objeto de una entusiasta acogida por parte de la crítica especializada. Babelia, ABC Cultural y El Cultural coincidieron en hacer reseñas muy elogiosas.

El arranque hace honor a dichas expectativas. Década de 1960. Rufio Batalla empieza el relato como periodista sin excesiva vocación. Acomete el encargo de viajar a Mallorca para cubrir la boda de un príncipe en el exilio. Una serie de carambolas hará que termine consiguiendo una entrevista exclusiva con el personaje, de nombre Tukuulo, y firme defensor de que su por él casi desconocida Livonia abandone el yugo soviético y vuelva a ser una monarquía.

Esas primeras sesenta páginas son de antología. Pareciera que la improbable amistad entre el un tanto pusilánime Batalla y el heredero de opereta va a constituir el eje argumental de la novela. No es exactamente el caso. Lo que sigue es más bien la peripecia vital del periodista, al que veremos embarcarse en una revista de sociedad, Gong, y luego emprender viaje a Nueva York para ocupar un no demasiado absorbente puesto funcionarial que le permitirá ser testigo de los cambios que la ciudad experimentó durante los primeros años setenta del siglo pasado.

Ante la prosa de Mendoza no puede hacerse otra cosa que babear. El barcelonés está en plena forma. Debe ser difícil hacer que escribir así parezca fácil. Pero eso, por fortuna, no constituye una novedad respecto a su obra anterior. El rey recibe se lee con una sonrisa dibujada en el rostro. No pretende, ojo, ser una novela descacharrante, género en el que su autor es todo un maestro. Aquí la galería de tonos que se combinan es variada. Las relaciones de Rufo ―un personaje que de tan simple resulta complejo― con las mujeres tienen un cierto poso amargo. Algunos otros pasajes, sin embargo, son abiertamente cómicos. Las apariciones de Tukuulo o la colonia humana que puebla la oficina de la Cámara de Comercio de España en Nueva York son buenos ejemplos.

Sin embargo, flota por todo el relato la sensación de que van a pasar cosas de mayor calado que las que finalmente ocurren. Aquí hay una especie de trampa: El rey recibe se anuncia como la primera parte de una trilogía ―Las tres leyes del movimiento― que según, Seix Barral, «recorrerá las principales acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX». Llegados a este punto, es muy difícil no pensar en Mauricio o las elecciones primarias (2006), lanzada en su día también como la primera parte de un tríptico que su autor, finalmente, no se vio animado de continuar.

Casi al final de la novela, se produce una larga excursión por la peculiar historia de Livonia, narrada por boca del simpar Tukuulo. Al firmante, ese paréntesis, ya tan próximo el desenlace, le sacó del relato. Una buena lectora y mejor amiga le reconviene; por lo visto es un pasaje desopilante que no puede dejar de seguirse con toda la atención. Mea culpa.

El rey recibe es una novela magníficamente escrita y en todo momento entretenida. Permite disfrutar a la vez del retrato histórico de dos ciudades ―Barcelona y Nueva York― y de la calidad literaria inherente a su autor. Quizá ese sea, a la vez, su gran problema. Cuando te llamas Eduardo Mendoza, hasta el notable alto parece una mala nota. ●

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