Quiénes somos

Laura Caldito
Me recuerdo leyendo carteles luminosos desde el asiento de atrás de un Peugeot 205, muy pequeña, impresionada con el poder que acababa de adquirir. Enseguida me subí a un barco de vapor y navegué años a bordo, aunque a menudo encontré amigos fuera. Entre ellos, Momo, un hobbit y Atreyu, aunque fue la vieja Morla la que pasó años después de tortuga a cachorro para entrar en la familia y quedarse 16 años.
Era incapaz de ver películas de terror, ni siquiera Pitt y Cruise me ataron a la butaca del cine, pero Anne Rice fue mi primer vicio. Se me quedaban cortas las ocho fichas de lectura anual («¿Eres tú la niña de sexto que ha leído 38 libros este curso?», me espetaron en un recreo), y aprecié (casi) todos los libros obligatorios (Tiempo de silencio fue mi tortura), pero eché en falta otros (muchos).
Mi espina, haber estudiado mucho y leído menos a mi paso por la Facultad de Periodismo. Después, entre teletipo y teletipo, recupero el tiempo perdido.
Impulsiva, también para la lectura, he hecho alternar durante meses a Vargas Llosa y Almudena Grandes, a Jane Austen y Henning Mankell. Y me los llevaría a todos a una isla. Tampoco faltarían García Márquez, Adichie, Saramago, Benedetti y Murakami. Hace poco se unió a la pandilla Chaves Nogales. Y Lucia Berlin acaba de llamar, que se viene.

Jorge Megías
La culpa fue de Stephen King. Una tarde, mi hermano se presentó en casa con La tienda. Como muchos adolescentes, yo arrastraba desde la infancia un gusto atávico por el género de terror, lo sobrenatural y todo lo que oliera a gótico, por lo que la cubierta del libro (con esas sugerentes ilustraciones de las ediciones en tapa dura de RBA), además del lejano conocimiento que tenía del escritor, tardaron más bien poco tiempo en surtir su efecto, y comencé su lectura cuando mi hermano aún no lo había terminado.
Luego vinieron muchos otros libros de King, y también El Señor de los Anillos y El hobbit, y Poe y Sherlock Holmes y Bécquer y Drácula y los cómics y, algunos años después, Salinger, García Márquez y Muñoz Molina y Miguel Delibes y Hesse y Saramago y Qué Leer y David Trueba y Ana María Matute y Nabokov y Clarín y, más tarde, el periodismo y Cortázar y Manuel Rivas y un máster en Filología y otro de edición, y Aleixandre, Buzzatti, Pérez Galdós, Dostoievski, Pedro Salinas, Benedetti, Pablo Gutiérrez, Chaves Nogales, Szymborska, Thoreau y todos los libros que acaban por llevarte a la escritura. Pero la culpa fue de Stephen King.

A estos cuatros ojos se le suman otras miradas sin las que esta página no sería posible: Borja Efe Eme, Guadalupe Megías, Manuel Mostaza, Javier Paredes, Abraham Pérez, Perth y Bárbara Ruiz.