«La miel», de Tonino Guerra

0
Fotografía: Quang Nguyen Vinh de Pexels.

Desde hace un tiempo, como individuo de la época en la que vivimos, me ha dado por pensar en el concepto de viaje: tratar de saber en qué consiste viajar. No es una idea original, desde luego: ahí están los mitos, Homero, el cine o miles de ejemplos más. Claro está que este no es el lugar de exponer ninguna conclusión ni nada por el estilo, si es que puedo decir que he llegado a alguna.

De cualquier modo, hace unos meses Jordi Soler escribió un artículo de opinión muy interesante al respecto en El País, quizás confirmando las sospechas de algunos, quizás pervirtiendo la comodidad conceptual de otra gente. Parece claro que si abrimos esos perfiles tan personales (que, posiblemente, no sean otra cosa que una vaga proyección de un personaje que nos gustaría ser) que abundan en las redes sociales, nos encontramos con gente que tiene toda una galería de imágenes de viajes: de ciudades, de lugares remotos o de lugares de lo más común.

Da igual. No se inicia una conversación, es más bien un monólogo, un cursillo de retórica o de contorsionismo, cuyo eje central parece ser «el más lejos todavía». Sobra decir que, en muchos de ellos, sus protagonistas están más pendientes del posible voyeur virtual que los ha de mirar que de todo lo demás que daría consistencia a ese momento existencial. Gente que aparece saltando, que se esconde detrás de un tronco simulando una fotografía artística o cualquier otra ocurrencia en la que pueda afirmarse, como bien señala Soler, «yo estoy aquí, y tú, no».

Por todo ello, la edición de ciertos libros, como La miel, de Tonino Guerra (Pepitas de calabaza, 2018), con una magnífica traducción del poeta Juan Vicente Piqueras, quien trabó amistad con el autor, como señala en el estupendo prólogo, sí pueden ser considerados hechos vivenciales relevantes. Porque Tonino Guerra sonará, a los más despistados, como un grandísimo guionista ―¡desde luego! ― que ha trabajado con creadores de cine (que no solamente «directores») como Michelangelo Antonioni, Federico Fellini, Theo Angelópoulos, Vittorio de Sica o Andréi Tarkovski, por citar a algunos. Ahora bien, no acaba ahí su labor creativa, porque Guerra es uno de los grandes escritores italianos del siglo XX: novelas, guiones, relatos, poesías (como el caso que nos ocupa), avalan su trayectoria.

¿Y qué tiene que ver con el viaje?, podrán preguntarse. En La miel, Tonino Guerra vuelve a sus orígenes, a su pueblo, a ese primer espacio vital que quizás no se encuentre con el viaje tal y como creo que se entiende en esta época, porque cada verso abre la possibilità de diálogo. El viaje no es solo un desplazamiento, sino que posiblemente sea un aplazamiento e, incluso, un reemplazamiento. Hay en todos estos poemas juegos, recuerdos, evocaciones, personajes…; en definitiva, vida, de ahí que este viaje literario emprendido por Guerra aplaza la muerte porque la memoria funciona como evocación del lugar, y aunque sea a modo de réquiem, le insufla vida, le da una nueva proyección.

Pero también, a su vez, es un reemplazamiento de la vida del autor, porque su infancia está conectada a ese imaginario personal y a la vez colectivo que se representa mediante el lenguaje. Un lenguaje evocado a través de una lengua minoritaria como es el romañolo, el dialecto de su pueblo. Vean un ejemplo:

 

Canto decimoprimero

Hace dos días, era el primer domingo de noviembre,
había una niebla que se podía cortar con el cuchillo.
Los árboles estaban blancos de escarcha y las calles y los campos
parecían cubiertos de sábanas. Pero luego salió el sol
y secó el universo y solamente las sombras
permanecieron mojadas.

Pinela el campesino estaba atando las parras
con espartos que llevaba sujetos en la oreja.
Mientras él trabajaba yo le hablaba de la ciudad,
de mi vida que ha durado un parpadeo
y del miedo que me da la muerte.

Entonces, de repente, cesaron los ruidos que hacía con las manos
y oímos un gorrioncillo que cantaba a lo lejos.
Y me dijo: miedo ¿por qué? La muerte no es aburrida,
viene solo una vez.

Quizás la lejanía del viaje no sea una respuesta, como tampoco lo es la cercanía si no hay una posibilidad de crítica interna y externa, de intento de comprensión holística, de vertebración existencial. Tonino Guerra parece habitar el espacio, abrirlo, incluso crearlo en el devenir del tiempo. Sin respuestas, al menos fijas, pero con preguntas.

Como se señala en el prólogo: «La miel es el relato del abandono de la gran ciudad con “todas esas uñas delante de la boca” y del regreso a los sabores y lugares de la infancia». Cargados de belleza y sin pretensiones; o quizás una, como señala el propio Tonino Guerra: «Mi poesía no pretende más que hacer compañía a quien la lea».

Dejar respuesta