«Mujer lenta», de José Ovejero

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Overlooking the End of Cool Autumn Day. // Foto: Flood G.

Hace ya demasiados meses recibí en casa a la Mujer Lenta (Pre-Textos, 2018), de José Ovejero. La leí, la conocí, la estudié y la escondí en la balda de las lecturas pendientes.

Los libros encierran personajes y Mujer Lenta es una persona; ahí estuvo mi error. Cuando cojo un libro, especialmente si es poesía, siempre tengo un lápiz en la mano, pero a las personas no se las puede glosar. El lápiz me decía que no había ritmo, que la historia de esta mujer ignota era excesivamente truculenta, más propia de un personaje secundario de Chandler o Carvalho que de un poemario.

Investigué a José Ovejero, otras lecturas e incluso pregunté a otros escritores que lo conocen. Sabe escribir. Por eso dejé el libro reposar como un poemario propio y hace un par de semanas lo rescaté de su limbo. Fue entonces cuando me senté con esa Mujer Lenta y dejé que me contara su vida sin más expectativas que las de conocer cómo es y cómo ha llegado hasta mi vera.

Desde esta premisa, la de escuchar la biografía de una mujer, sí puedo disfrutar de este libro ganador de la XXXV edición del premio Juan Gil-Albert.

Ovejero construye un poemario cuya lírica se basa en la ruptura y la ausencia. Ruptura con el lenguaje elevado y ausencia de ritmo. No se confundan: el lenguaje está cuidado, perfectamente medido para, sin agredir más de lo necesario, mostrar la dureza del camino de una vida; el ritmo está marcado por la propia historia. La lírica de esta biografía tan poco poética está en la insinuación y en la reflexión más profunda. Abro al azar  y leo: «La nieve no es blanca, sino rosa, tirando a lila, / vista desde el avión. / El mundo se ha teñido de colores/ o es que la tristeza altera la percepción».

El libro es brutal desde el primer poema, quizá demasiado. Su eje es la vida de una mujer atormentada y en constante busca de sí misma, el clásico homo viator, pero cumpliendo con los tópicos modernos: una mujer maltratada por el mundo que acumula todas las posibles desgracias en su búsqueda de la propia identidad.

La historia de esta mujer se centra en las dificultades, por momentos escatológicas, que pueda sufrir una persona: abuso sexual, cáncer, alzhéimer y el estigma de la homosexualidad. Todo esto, al acumularse sobre un mismo personaje, inevitablemente me lleva al Naturalismo decimonónico, porque son las desgracias las que nos labran el carácter y no los logros. «He viajado, he recorrido, he visitado, he olido y gustado sabores / (…) Y qué».

Esa esencia narrativa-naturalista es la característica esencial que justifica, por ejemplo, el uso de un yo femenino. La literatura es ficción y aquí nos encontramos con la ficción del yo. En narrativa nadie se plantea identificar narrador y autor, pero en lírica muchos lectores inocentes mantienen esta idea, leer la biografía sentimental del poeta. Este, quizá, fuese un logro para la consecución del premio; no es común encontrar un yo femenino tan rotundo, pero es que, en esta historia, es imprescindible porque esta Mujer Lenta es metonimia de todas las mujeres que aún luchan por encontrar su esencia.

Una mujer se define con mucho más que un adjetivo, que una etiqueta. Es más que una víctima, una enfermera, una mastectomizada, una lesbiana; la Mujer Lenta reflexiona, vive, ama y folla, y en la madurez de su vida se plantea:

«Pero sospecho que en unos años/ miraré mis manos y querré saber/ por qué la cosecha ha sido tan escasa/ si me he pasado la vida/ sembrando».

Para, un paso más adelante darse cuenta de que lo importante es una misma: «(…) soy yo/ la que se mira, / la que se ve, / la que se acepta. / ¿Será esto hacerse vieja?».

Para terminar, esa esencia narrativa del libro justifica también su estructura. Debo señalar el acierto de su linealidad porque facilita el seguimiento de la biografía ante los incisos reflexivos que son los mejores poemas.

Mujer Lenta es, en suma, una biografía, un paso más en esa actual tendencia poética realista y prosaica. Si Galdós dio paso a Blasco Ibáñez, si Stendhal fue el antecesor de Zola, no es raro que aparezca un libro como este donde el poeta desaparece, el yo se hace ficticio; donde el verso se confunde con la prosa y la lírica se basa en la narración y la insinuación.●

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