Andrés Neuman: «Un consejo horrendo es que hay que tener las cosas claras»

0
Foto: Lisbeth Salas.

Andrés Neuman ha publicado hace pocos meses una gran novela, por extensión y calidad. Fractura (Alfaguara, 2018) supone su vuelta a este género tras el éxito de El viajero del siglo  (2009, Premio Alfaguara y Premio de la Crítica). A través de los recuerdos que cuatro mujeres conservan del señor Watanabe, un superviviente de la bomba atómica, el lector se embarca en un recorrido sentimental, existencial y político por medio siglo de historia.


 

El escritor hispano-argentino Andrés Neuman no entiende de géneros. Ha transitado por el ensayo, la poesía, el cuento y la novela porque entiende que la literatura, el arte, es lo contrario al dogmatismo y el encasillamiento; el camino perfecto para evitar los atajos en el difícil oficio de conocerse a uno mismo. Puede que el viaje, al final, no ofrezca casi ninguna certeza, pero al menos habrá dejado valiosos hallazgos estéticos y el gozo impagable de la rebeldía y el inconformismo.

Bueno, Andrés, voy a bombardearte.
Hablando de Fractura, nunca mejor dicho.

Siempre has vivido de la literatura y tu prestigio es notable. ¿Escribes lo que quieres?
Escribo lo que puedo, con radical libertad, y no me refiero solo a presiones externas, que en realidad son una fantasía (no existen escritores que amen realmente la literatura y escriban con presiones externas), sino que no me impongo como obligación seguir una línea, construirme una identidad y que todos los libros se parezcan; crear una marca, digamos. No me gusta esa lógica en la que todo lo que haces tenga que ser reconocible.

No te dejas llevar por los temas de moda…
Es que no sé cuáles son. Creo en los procesos de descubrimiento, y estos se dan a posteriori. No creo en las intenciones de punto de partida. Cualquier tipo de arte es una forma de búsqueda, y eso quiere decir que tu objetivo está al final del camino. Ninguna buena idea puede guiar cinco años de trabajo sin que durante ese tiempo rectifiques, refutes, mejores el punto de partida. Esa especie de invención del objetivo me parece una aventura, mucho más que decir: yo quiero conseguir esto. Un consejo horrendo es que hay que tener las cosas claras. Cuando te dicen eso y todo el mundo asiente, estamos comprando una serie de cosas que, si las pensamos, en realidad son espantosas. Para empezar, el que tiene las cosas claras y no duda normalmente reproduce un discurso ajeno, unas ideas prefabricadas. No es fácil acabar con la duda.  Si vives en estado de claridad es que nunca se ha replanteado nada. ¿Te puedes replantear algo y no entrar en la duda? Diría, por el contrario, que la duda es el caldo de cultivo de donde surgen los verdaderos hallazgos. Bienvenidos sean los desvíos, las dudas, extraviarse. Ese criterio de eficacia permanente, que tiene que ver casi con la estructura económica y que se traduce en sacarle rendimiento a cada minuto, tener las cosas claras, cumplir el objetivo… Esto no es un cursillo de administración de empresas, es una búsqueda estética y, por tanto, incluye que no sepamos, que dudemos, que volvamos atrás y que, con todo eso, produzcamos algo creativo y bello.

Cualquier tipo de arte es una forma de búsqueda, y eso quiere decir que tu objetivo está al final del camino

Escribes novelas, cuentos, aforismos, poesía… De todo, menos teatro.
Es cierto [sonríe].

¿Cada género vale para un tema?
No estoy seguro de si depende de los temas o, quizá, de las emociones y hasta de la forma de los sueños, de su estructura. Si tienes una visión nocturna, por ejemplo, o te levantas con una sensación muy onírica, supongo que te estás encaminando hacia un poema. Si hay una historia familiar dura, en la que necesitas explicar y explicarte para alcanzar algún tipo de comprensión del conflicto, me imagino que te estás encaminando hacia una novela. Creo más en la estructura de ese impulso que en pensar: si es de amor, es un poema. Hay maravillosas novelas de amor.

¿Y hay un lector para cada género?
Quizá hay más lectores para unos géneros que para otros, pero ya sabemos que Juan Ramón Jiménez habló de la inmensa minoría y de la soledad sonora. La poesía siempre ha sido como los galos en Astérix y Obélix: pequeña, pero irreductible. Ha tenido pocos y tremendamente fanatizados lectores, pero eso ha sido así siempre. Me río cuando hablamos del Siglo de Oro, ya que la inmensa mayoría de la población era analfabeta y no podía ni escribir su nombre. Los mayores momentos de gozo poético de la historia no han correspondido con momentos en los que la población entera se pusiera a leer poesía, sino cuando esa minoría emocionada, temblorosa y fanática que lee poemas está inspirada. Hay lectores de novela, que son casi todos. Están los lectores de poesía, que para mí son particularmente valiosos, no porque la poesía tenga que ser superior, sino porque tienen más convicción. Hay lectores ocasionales de novela, pero el lector de poesía tiene costumbre de leerla. Y luego está el de cuento, un lector anfibio, que me interesa particularmente porque tiene cierto amor por el detalle, por lo pequeño, por el fulgor, que podríamos pensar que corresponde al lector de poesía, que tiene hasta cierta tendencia oral, si quieres, pero también tiene adicción al personaje y al interés narrativo. Podría decirse que es vecino de los otros dos. Por supuesto, creo mucho en los lectores omnívoros.

En esta línea de los géneros, se distingue a poetas de novelistas o escritores en general. ¿Estás de acuerdo con esta distinción?
Esa es una distinción por género, claro. Sirve para organizar una biblioteca o para hacer crítica literaria, pero no se corresponde con la realidad de los escritores que nos gustan.

Entonces un escritor puede ser novelista, poeta… ¿Tú que te consideras?
Voy a pensar en alguno de mis autores favoritos y vamos encontrando una respuesta. Uno de mis maestros (y, por tanto, con el que me peleo a menudo) ha sido Borges, y hasta día de hoy no sé si es ensayista, poeta o cuentista. Solo sabemos que no era novelista, porque no escribió ninguna. Me fascina desde siempre una escritora como O´Connor, que tiene novelas y cuentos, aunque te diría que es más conocida por sus cuentos. Si pensamos, incluso, en Nietzsche, que es un autor que se lee mucho en la adolescencia… Si lees filosofía, a esa edad es uno de esos autores que te da una hostia y te despierta. ¿Y qué era? Para empezar, tenía poemas y aforismos. ¿Un ensayista, un filósofo, un narrador, un personaje…? Yo creo que era un personaje de sí mismo. A veces pienso que Nietzsche tenía un heterónimo que se llamaba Nietzsche, como Fernando Pessoa, que se inventó una voz que hablaba mucho mejor de lo que hubiera hablado él con la suya propia.

¿Los grandes escritores son, entonces, personajes que se van creando, al estilo modernista?
Pero personajes no en el sentido público, porque hoy entendemos que un personaje es reconocible públicamente como tal. Me refiero a que en la intimidad son personas totalmente distintas a cuando tienen que presentar un libro o dar un recital, por ejemplo. Nadie es en público igual que en privado. Me refería a quien se da cuenta de que el lenguaje no solamente es un vehículo de sinceridad ingenua, sino de construcción de una voz a la que no nos atreveríamos en condiciones normales, y entonces su obra literaria consiste en la construcción de un personaje poético o narrativo que es quien nos hará decir lo que necesitábamos decir y que en nuestro propio nombre no diríamos. Esto lo vemos muy claro en el pop. Probablemente Lady GaGa es una chica tímida y por eso necesita decir ciertas cosas disfrazándose o despelotándose, pero eso no es una contradicción. Es un modo de búsqueda de expresión. Si ella se presentase en público como es en su casa, probablemente no tendría nada que decir, o no se atrevería a decir nada. Los escritores que me gustan trabajaban en los distintos géneros, como Goethe, que trabajó en todos. Me identifico con eso, no con ser un especialista. No soy un carpintero que hace sillas, a mí me gusta la madera, y la madera puede ser un árbol, una ventana, una casa…

Probablemente Lady GaGa es una chica tímida y por eso necesita decir ciertas cosas disfrazándose o despelotándose, pero eso no es una contradicción. Es un modo de búsqueda de expresión

¿Un arma?
Puede ser un palo para pegarle a alguien. Me gusta no perder la ingenuidad de pensar que el lenguaje es el mar y se puede navegar en él.

Fractura tiene una línea argumental muy simple, pero cuenta muchísimas cosas y trata varios temas, algunos recurrentes. Repasas medio siglo de cinco países o ciudades más concretas: París, Nueva York, Buenos Aires, Madrid y Japón, en general. ¿Tratamos la historia como se merece?
¿En qué sentido?

¿Cada país entierra partes de su historia?
Creo que sí, que lo reprimido no solo se da en los individuos con respecto a sus deseos más inconfesables, sino también en colectivos con respecto a aquello que temen. Enterrar es una ceremonia, por un lado, necesaria y, por otro, problemática. Las sociedades generan tabúes y algunos son los que más revelan acerca de esa sociedad. El tabú siempre es la parte más interesante del discurso. Aquello de lo que a una sociedad, familia o persona le cuesta hablar es, probablemente, sobre lo que más debería hablar y, en ese sentido, hasta donde cada uno alcanza, el arte sirve para hacer emerger lo que está al fondo de ese mar o para hacer hablar a aquello de lo que no podemos hablar. Siempre se dice que la poesía trata con lo inefable, pero siempre se le ha dado un sentido religioso o trascendental. En realidad, la poesía trata con lo inefable en tanto que no se puede fablar. Y ¿cómo hablar de lo que no sabemos hablar? Para eso está la literatura en general y la poesía en particular.

Siguiendo con la historia, ¿qué opinas sobre lo que está ocurriendo en torno al Valle de los Caídos?
Los monumentos y los espacios públicos son metáforas, si no, no tendrían sentido. Poner una estatua de un caballo o un bloque de granito no es que mejore particularmente la vida de las personas. Los monumentos o los espacios de recuerdo son solamente símbolos, están hechos de una materia alegórica y por eso son puro significado. Si en una sociedad democrática hay un panteón donde se celebra a un dictador, en la capital de un país democrático, parece, cuanto menos, una contradicción. Me cuesta imaginarme que en Alemania hubiese un monumento en celebración de Hitler de Mussolini o en Italia. A veces, mirar a otros lugares es un instrumento de comprensión porque estamos mirándonos el ombligo y conviene viajar o leer. Si miramos lo que hacen los países de nuestro alrededor, no para copiarlos, sino para vernos con un poquito más de distancia (y yo he vivido en otros países), cuesta mucho explicar cuál es el concepto que España tiene de memoria histórica o memoria colectiva. No porque uno necesite tomar partido por un bando o por otro, sino porque poner en el centro del discurso público la exaltación de un golpe de Estado, de un genocidio o de cualquier tipo de violación de derechos humanos, sobre todo si se hace de forma estatal, es lanzar un discurso conflictivo a la ciudadanía. El término memoria histórica está lleno de suciedades adheridas, como el debate periodístico a corto plazo. Una de las cosas más graves es que esto se ha convertido irresponsablemente en un combate entre partidos.

Si en una sociedad democrática hay un panteón donde se celebra a un dictador, en la capital de un país democrático, parece, cuanto menos, una contradicción

Me parece una limitación democrática, por ejemplo, según si quieres o no que haya un monumento a José Antonio Primo de Rivera en Granada, un monolito que decía «de la ciudad de Granada a José Antonio»; es decir, que daba las gracias en nombre de todos los ciudadanos. Si quieres que esté ese monolito o no, se entiende que votas a un partido u otro. Son cuestiones que afectan a cómo educas en democracia a tus hijos, a cómo recuerda el espacio público la historia política de un país. Que eso se manosee en términos de partidos o que se le tire a la cabeza a quien discrepa de ti en eso, según lo que vota o no, me parece una limitación ideológica, y es esa misma limitación ideológica la que nos lleva a cambiar los planes de estudios según quien gobierne. Que vienen los rojos, pues quitamos los monolitos; que vienen los fachas, pues los dejamos todos, en lugar de entender que una sociedad necesita alcanzar algún tipo de acuerdo para decir si se exalta o no a políticos no democráticos en los espacios públicos: sí, no y por qué. Si se califica la religión como asignatura que haga media con Matemáticas o Lengua. Y una vez que el país tome una decisión como colectivo, eso no puede estar sujeto al debate político. Me temo que mucha gente le tiene miedo o rechazo a este tema porque entiende que es una cuestión de política electoral, cuando es una cuestión profunda de introspección colectiva, y haría falta tomar algún tipo de decisión muy consensuada y educar para que no pudiera ser cuestionada, como no se cuestiona en otros países; ponerse de acuerdo en cuáles son los tres o cuatro aspectos que todos los partidos y sectores tendrían que defender por el bien común y no como parte de su programa para movilizar a su electorado. Es una cuestión de mirada larga o corta, y estos temas, que son de mirada larga, siempre se discuten como para hacer ruido en La sexta Noche pasado mañana. Hay que pensar qué es la democracia, qué quiere decir pertenecer a Europa, cuáles son las leyes de memoria histórica en el espacio común en el que estamos y por qué y tratar de estar en armonía con eso. Si no se quiere estar en armonía con eso, hay que dar motivos sólidos. Lo que no vale eso de que no hay que remover el pasado y todas esas cuestiones, que son una desviación de la atención, porque no es que nosotros queramos remover el pasado, es que el pasado nos remueve a nosotros, somos su consecuencia. La cuestión no es pasado sí o pasado no, sino qué hacemos con el pasado, y hay muchas posibles respuestas. En Fractura se dan varias. No creo en la literatura como panfleto, en darle la chapa a la gente o adoctrinarla, y como este tema me interesaba y es uno de los ejes de la novela, me apetecía que hubiese personajes que defendieran posturas diferentes. El personaje de Carmen y el de Mariela defienden opiniones completamente contrapuestas.

Además, se miran con recelo.
Claro, y discrepan muchísimo. Carmen piensa como una parte de España: que si se habla de la herida, la herida vuelve a abrirse; que si se mira para atrás, se vuelve al conflicto.

Una expresión muy propia de ella sería que la mierda cuanto más se mueve, más huele.
Exactamente. Esa sería su postura, que defiende con mucha gracia y convicción. Y Mariela opina que lo que no se dice te persigue toda la vida. Literalmente dice: «Lo que no se escribe, no prescribe». Es decir, que si uno no termina de abordar y pronunciar determinadas cuestiones que tienen que ver con nuestra memoria, esas cuestiones no te van a dejar, como esas ideas que no anotamos por la noche y no nos dejan dormir. Si se quedan cosas en el tintero, uno no consigue pasar de página. Eso es lo que opina Mariela, y mi función como narrador no era darle la razón a una de las dos. El verdadero ejercicio literario es darle una voz convincente a personajes con los que no estás de acuerdo. La narrativa es un ejercicio profundamente democrático. A opiniones que me costaría trabajo aceptar con serenidad, puedo dedicarles un año de mi vida para escribirlas bien cuando estoy escribiendo una novela. En ese sentido, la ficción te ejercita en la tolerancia, salvo que seas un narrador tan aburrido que solo escribas personajes que piensan como tú. A mí me interesa entender a los demás y entenderme a mí, y para eso creo que la novela es un vehículo increíble de reconciliación con el prójimo, porque cuando buceas en un personaje tarde o temprano terminas entendiendo de dónde salen sus emociones y sus posturas.

El verdadero ejercicio literario es darle una voz convincente a personajes con los que no estás de acuerdo

Otro de los temas que tocas es la falta de información, especialmente centrada en la energía nuclear. ¿Qué papel juegan los medios de comunicación?
La información pura no existe, porque un medio de comunicación, como es natural, tiene su publicidad, su comité directivo, sus afinidades, sus cercanías y sus distancias con ciertos sectores.

¿Y cómo podemos defendernos ante esto?
La escuela de Fráncfort habla de la filosofía de la sospecha, porque leer es sospechar. Un buen lector es aquel que entiende que hay cosas que se dicen entre comillas pero no son literales. Cuando aprendes a leer, en la escuela nos enseñan los recursos literarios, que están en la base de cualquier ejercicio de lectura, como el sentido figurado. Los medios de comunicación están escritos así. Los titulares son sentido figurado y la información es una metonimia: siempre se cuenta una parte de la verdad que se hace pasar por toda la verdad. Siempre hay cosas que determinados medios de comunicación no te mencionarán.

La verdad, que se supone que es lo que deben transmitirnos, ¿dónde queda?
Es que la verdad no existe, lo que existe es un conjunto de hechos contradictorios. Existe el sentido, no la verdad. ¿Cómo hago para encontrar un sentido? En la base de las figuras literarias encontramos la elipsis, la metonimia, la metáfora o sentido figurado… Esas son las herramientas con las que un lector debe leer, no un poema de Bécquer, sino los periódicos, un post de Facebook o lo que sea. Así que cuanto más leamos literatura mejor sospechamos. Pero no sospechar de este ejemplo, sino de todos. No hay nada más literario que tratar de refutar una idea, y eso incluye las tuyas.

Dejas claro que el lenguaje, el idioma, condiciona el pensamiento. Watanabe tiene problemas con sus parejas, unos más graciosos, otros menos. ¿Qué pasa hoy? ¿Por qué se maltrata tanto el lenguaje en la calle?
Yo no sé si en la calle se le maltrata más que en otros lugares. Creo que tiene que ver con la velocidad. Se lo maltrata en todos sitios. Leo mucho prensa deportiva, que es un lugar privilegiado para asistir al mal uso del lenguaje. Es difícil encontrar un solo artículo del As o del Marca que no contenga varios errores gramaticales todos los días.

¿Pensamos entonces peor?
Es que el lenguaje no solo expresa ideas, sino que las fabrica. El lenguaje es una posibilidad de crear ideas, así que si el lenguaje se empobrece no es que se expresen peor las ideas, es que hay menos. Pero no culparía a la calle. También se escribe mal, y eso tiene que ver con cierto ritmo de producción de información. Cuando el dinero sale de los clics, valen más ocho mierdas por hora que una buena pieza en todo un día, porque esa buena pieza tendrá solo un clic y ocho mierdas tendrán ocho. Cuando el criterio es cuantitativo, necesariamente la calidad disminuye.
No creo que en la calle se hable peor. A veces hay rasgos muy bonitos, y la literatura debería tener ese oído, no solo el académico. En ese sentido, confío más en el instinto lingüístico de las personas que en el registro formal de gente que no está del todo preparada y se lanza, de pronto, a escribir un artículo sin saber cómo. Pero no me gusta ser apocalíptico con esto. Si entramos en redes sociales, a veces veo auténticas maravillas, una especie de ingenio espontáneo que los antiguos llamaban Volkgeist («espíritu del pueblo»), y que hace que suceda algo y en treinta segundos tengas tres o cuatro aforismos geniales, respuestas que a uno le hubiera llevado hacer un mes. Una red social puede ser el recipiente de la espontaneidad más acertada y acercarte a la persona más ocurrente de México y disfrutar de ese espectáculo del talento para la improvisación que ahora tiene un cauce accesible y nítido.

Una red social puede ser el recipiente de la espontaneidad más acertada y acercarte a la persona más ocurrente de México

El señor Watanabe es un economista pragmático. ¿Todo se puede mirar a través de la economía?
No creo que la economía lo explique todo, pero creo que debajo de todo hay un factor económico. La economía es muy peligrosa cuando no la tienes en cuenta. Si crees que no hay economía en algún conflicto social, te falta un elemento definitivo. La economía es como un idioma que nos convendría hablar mejor. Muchos de los que nos dedicamos a las letras, miramos con cierta distancia las cuestiones económicas y las dejamos en manos de los expertos, y se vuelve un lenguaje para iniciados. Si no nos hacemos cargo de la economía como léxico, lógica o base material de nuestra vida cotidiana, al final pasa como con la medicina, que te duele la barriga y necesitas un experto para que te lo diga. La economía es una cuestión de todos, pero no lo explica todo. Me parecía interesante, porque la otra novela larga que he escrito, El viajero del siglo, hablaba de una historia de amor entre dos traductores y tenían conversaciones muy propias de los que hemos estudiado Filología. Ahora me atraía mucho la posibilidad de que el protagonista se dedicara a algo que no tuviera nada que ver con eso. Este tipo es un economista que vende tecnología, algo que jamás he estudiado y me obligó a estudiar un montón.

Es inevitable hablar de lo femenino leyendo Fractura. ¿Existe una literatura femenina? ¿Una literatura escrita por mujeres para mujeres?
Hay que plantearse que existe cierto tipo de literatura que tiene un público muy determinado, pero es injusto reducirlo a mujeres que escriben para mujeres. Podríamos hablar de hombres que escriben para hombres. En realidad es que hay autores más universales que otros. García Márquez es un autor que sigue siendo leído por mujeres y hombres por igual. Imagino que habrá feminismos más restringidos y feminismos más amplios. No creo que Virginia Woolf sea una autora para mujeres, somos muchos los hombres que la leemos y la admiramos. Habría que expresarse en términos menos generales, sobre todo porque la literatura es el ejercicio del matiz.

Cuando la muerte se va dibujando en el horizonte, la gente que ha compartido emociones siempre está en el mismo bando, que es el de los supervivientes

Para terminar. Las relaciones del señor Watanabe terminan sin melodramas, sino de una forma muy natural. ¿El amor se acaba sin más?
Hay cuatro historias de amor. Tengo la sensación de que a la primera la engañó, le va poniendo excusas hasta que ella corta relaciones con él y no le dirige la palabra nunca más. En la segunda es ella quien le deja a él, él se ofende mucho y al tiempo acaban siendo amigos. La tercera tiene una ruptura más escandalosa, pero continúan con la amistad, y la cuarta es muy suave.

Llegué a plantearme si Yoshie estuvo enamorado realmente de alguna de ellas.
Creo que de alguna de ellas sí. La tercera sospecha que nunca dejó de estar enamorado de la segunda. Con la última pareja, la relación no se desgasta, sino que tienen objetivos distintos. Intenté narrar cuatro relaciones con cuatro rupturas distintas, pero, efectivamente, no quería caer en el melodrama, porque todos son iguales.

Además, el paso del tiempo, la edad va cambiando la perspectiva.
Sí. Con su última pareja, un amor de senectud, al final se llaman, se preguntan por la salud, los nietos. Cuando la muerte se va dibujando en el horizonte, la gente que ha compartido emociones siempre está en el mismo bando, que es el de los supervivientes. Creo que, como todos, estuvo enamorado más de unas que de otras. Cuando me lo encuentre se lo preguntaré.●

Dejar respuesta