Una visión paródica de nosotros mismos

«Las infamias de un vizconde y otros cuentos de Buen Humor», de Enrique Jardiel Poncela

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Las vacaciones, ya se sabe, se presentan como espacios para los reencuentros y para los olvidos. En mi caso, hace unas semanas recibí la visita de un antiguo amigo que lleva años fuera del país. Cuando supe que volvía, me llevé una grata alegría y, en cuanto pudimos, concertamos una cita delante de un café. La primera impresión que tuve de él en un comienzo fue la lógica después de no ver a alguien durante tiempo, pero luego, en sus gestos y en sus actos, era fácil comprobar que aquellos cambios físicos no habían significado ningún tipo de cambio sustancial.

En el devenir de la conversación ocurrió que el tiempo que había transcurrido desde su marcha hasta ese día sí había modificado las cosas, hasta llegar al punto de que las palabras se entrecortaban con silencios excesivamente largos. Ambos nos dimos cuenta y, al final, optamos por la situación más sencilla: recurrir a hechos del pasado como puntos geográficos para justificar el café que estábamos tomando. Las anécdotas las sabíamos de memoria, pero ambos fingíamos un renovado interés en las banalidades de nuestro pasado común. La única estampa novedosa fue un recuerdo suyo poco interesante pero muy significativo para ver que no sabíamos bien qué hacíamos allí.

Me contó que, hace unos años, cuando ambos habíamos terminado la universidad, él empezó a trabajar en una oficina de una empresa de reparto; un trabajo cuya esencia reside en el traslado de paquetes. Pues bien, al parecer, tenía un jefe que de vez en cuando recibía regalos, y en esos momentos hacía patente una desbordante ilusión cada vez que algún proveedor le agasajaba con algo, ya fuese una botella de vino, alguna corbata (que nunca se ponía) o cualquier otro objeto que quedaba olvidado a los diez minutos. Lo más llamativo es que el hombre tenía la costumbre de correr al ordenador más cercano para mirar el valor del objeto recibido. Si el valor era de un nivel que satisfacía sus expectativas, la conversación del día gravitaba sobre el precio del producto y sobre lo mucho que lo apreciaban; por el contrario, si era de un nivel que consideraba insuficiente, no tardaban en aparecer los juicios morales acerca del remitente y del desagradecimiento ante el que se veía expuesto.

Después de escuchar esta historia, repleta de pequeños detalles que hacían más cómico lo relatado por mi amigo, durante el camino empecé a pensar en cómo sonarían aquellas historias en la pluma del maestro Jardiel Poncela. Pero no solo las historias, sino también la celeridad con la que después de aquel encuentro parecía haberse evaporado nuestra amistad a cada instante de silencio. Y es que la vida está llena de momentos ridículamente absurdos que allanan el camino hacia no se sabe bien adónde.

El caso es que para que este camino sea más llevadero, nos encontramos publicaciones como las que nos presenta la editorial Renacimiento/Ediciones Espuela de Plata en su colección Los Humoristas: Las infamias de un vizconde y otros cuentos de Buen Humor. En este libro nos encontramos con un conjunto de textos que pertenecen a esa etapa de juventud, es decir, antes de 1927, que podríamos cifrar como el año a partir del cual se conocen las mejores obras de don Enrique. Esta recopilación recoge colaboraciones en varios medios, de los que el más habitual era el semanario satírico y humorístico Buen Humor, fundado en 1921 por el artista gráfico y caricaturista Pedro Antonio Villahermosa y Borao, alias Sileno, y en el que colaboraron firmas de altísimo nivel como Edgar Neville, Ramón Gómez de la Serna, Julio Camba o Wenceslao Fernández Flórez. La mayor parte de los textos fueron escritos durante la dictadura de Primo de Rivera, a excepción de un texto datado en 1947 perteneciente a otra ilustre publicación, como fue La Codorniz, en la que, por cierto, colaboró otro gigante del humor como fue Rafael Azcona.

Estas páginas, como bien nos dice el nieto del autor —quien es otro gran cultivador del humor—, Enrique Gallud Jardiel, son una muestra de las pruebas realizadas por Jardiel Poncela con el fin de renovar el humor, de hacerlo más vanguardista, hasta hacerlo desembocar en el absurdo. Escritos que no encontrarán en las Obras completas del autor, pues los textos de juventud, dispersos en múltiples publicaciones, sirven para seguir el rastro y ver esos primeros escarceos en muchos registros que sirvieron de ayuda para convertir a Jardiel Poncela en don Enrique.●

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