El cofre del tesoro está en Capitol Hill

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La mayor biblioteca del mundo


Cuando la mujer que hoy es la primera bibliotecaria del Congreso de los Estados Unidos tomó posesión de su cargo el pasado mes de septiembre, lo primero que declaró al Baltimore Sun es que no podía aguantar «las ganas de abrir el cofre del tesoro más impresionante de la tierra». Carla Hayden, la decimocuarta bibliotecaria del Congreso norteamericano, estaba eufórica. Porque si Barack Obama te confía la responsabilidad de dirigir la mayor biblioteca del mundo, me imagino que lo primero que se le tiene que ocurrir a todo buen lector es que ha sido agraciado con el botín que inspiró a Robert Louis Stevenson. El cofre está en Capitol Hill, la colina del Capitolio, justo detrás del icónico edificio que alberga el Congreso de los EE. UU., en Washington D. C.

el-mago-de-oz_biblioteca-del-congreso-de-los-ee-uuY pese a que son millones los turistas que llegan cada año a la capital norteamericana ansiosos por conocer dos imágenes tan emblemáticas de nuestra cultura audiovisual como el Capitolio y la Casa Blanca, sin embargo la visita a la fascinante Biblioteca Nacional no es una de las atracciones multitudinarias. ¡Afortunadamente! Mientras crece la cola de los que aguardan turno para entrar al centro de visitantes del Capitolio, a escasos cincuenta metros somos apenas unas decenas los que esperamos en la escalinata del edificio Thomas Jefferson, que es una de las tres sedes de la colección. Y, encima, la entrada al cofre de los tesoros se acelera porque alguien se apiada de los ratones de
biblioteca que aguantamos el frío gélido que sopla desde el National Mall y nos abre las puertas de la entrada de carruajes. La entrada más novelesca. Esto promete.

Visitar cualquier biblioteca es una experiencia apasionante para los obsesos textuales y fetichistas de la tapa dura y de las salas de lectura, pero la Library of Congress te regala, además, la oportunidad de conocer un majestuoso edificio construido siguiendo los cánones arquitectónicos clásicos que entusiasman a los norteamericanos; en este caso, el Renacimiento italiano. El Thomas Jefferson Building fue levantado en 1897, después de que la colección fuera pasto de las llamas en dos ocasiones, como si los bomberos pirómanos bradburynianos de Fahrenheit 451 se hubieran querido cebar con nuestro tesoro de papel.

Una vez dentro, la belleza que nos rodea es apabullante, pero lo que sublima el gozo del turista cultural es que el propio interior: ¡se puede leer! Solo hay que mirar alrededor y ponerse a leer el edificio. Las paredes, las cúpulas y los techos del Gran Vestíbulo, las impresionantes escaleras de mármol, la misteriosa entreplanta y, por supuesto, la Sala Principal de Lectura están cubiertos de pinturas, mosaicos, esculturas, vidrieras y citas que cuentan mil y una historias. Está Minerva, la diosa romana de la sabiduría preparada para defender a la sociedad civilizada; están los continentes que conformaban el mundo tal y como se entendía a finales del XIX (España, por cierto, simboliza el concepto «descubrimiento») y están los referentes culturales y científicos representados por Moisés, en el campo de la religión, Colón, en el del comercio… Beethoven y Miguel Ángel son los abanderados del arte; Shakespeare, de la poesía, y Newton, el hombre de la ciencia.

Un sobre lacrado entre los documentos de Freud guardaba cocaína

Una vez que somos capaces de dejar de leer el continente, nos centramos en el festín del contenido: entre lo más valioso, una de las pocas Biblias originales de Gutenberg, impresa en pergamino, y entre las rarezas, por ejemplo, la correspondencia de Sigmund Freud. Cuenta un carismático guía de la Biblioteca (merece la pena el tour gratuito) que un investigador alemán solicitó hace años bucear entre los documentos del padre del psicoanálisis, y entre ellos encontró un sobre lacrado. Qué morbo para un estudioso freudiano. Pidió y se le concedió el permiso para abrirlo, y lo que guardaba en su interior era… un polvo blanco más conocido como cocaína. No piensen mal: Freud investigaba formas de combatir el dolor y esta droga podría ser un excelente analgésico.

Pero no son solo libros o docuel-gran-gatsby_biblioteca-del-congreso-de-los-ee-uumentos las joyas que guarda la Colina del Capitolio. Hay además  otras atracciones morbosas, como el contenido de los bolsillos del pantalón que llevaba Abraham Lincoln la tarde que fue asesinado. El presidente los EE. UU. guardaba unas gafas con la patilla rota y atada a la montura con una humilde cuerdecilla. ¿Lo ven? Esta visita está llena de sorpresas. Más difícil es ver el libro más pequeño que se esconde en las estanterías: es un ejemplar minúsculo llamado Old King Cole y mide aproximadamente el tamaño del punto final de esta oración.

Para terminar, aquí les dejo dos apuntes algo más frívolos para desengrasar tras semejante inmersión en los placeres de la cultura y del conocimiento. Uno: por nada del mundo se pierdan la maravillosa tienda de la Biblioteca. Es posible que pasen en ella casi tanto tiempo como el empleado en la visita del Thomas Jefferson Building y será raro que salgan sin una taza con una cita de su autor favorito, algún cuaderno que te pide a gritos que lo atiborres de ideas y varios libros, por supuesto. Y segundo: si quieren contemplar desde dentro y desde otra perspectiva la soberbia Gran Sala de Lectura y conocer a la bibliotecaria Hayden, pinchen en este enlace. Que no solo de papel vive el hombre.

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