Un recorrido íntimo por la casa de José Saramago

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«A casa»

Ni una sola indicación facilita la llegada a la casa. Es el navegador el que realiza una tarea que extraña que no hayan hecho las autoridades. Solo casi al final del camino, en la última rotonda antes de llegar, recibo una pista, una señal que me confirma que estoy siguiendo la ruta correcta. Es un olivo de bronce que forma con sus ramas las iniciales j y p entrelazadas, las de José y Pilar. Debajo de la escultura, el agradecimiento eterno de Saramago a la hospitalidad de esta tierra volcánica: «Lanzarote no es mi tierra, pero es tierra mía».

El navegador me dice que he llegadocasa-museo-jose-saramago2. Ante mí se levanta un edificio de un blanco impoluto, como todos los de Tías. Nada llama la atención hasta que reparo en «A casa», dos palabras escritas sobre azulejos junto a la puerta y, justo a la derecha, el buzón de correos: «José Saramago y Pilar del Río». Ya no hay duda. Ring. Nunca fue tan fácil llamar al timbre de un premio Nobel. Durante los dieciocho años que la pareja vivió en esta casa de Lanzarote, tomar una taza de café con Saramago era tan sencillo como pulsar ese botón que ahora tenía delante y esperar a que abriese la puerta, quizá acompañado por el ladrido de alguno de sus tres perros.

Él mismo definió su hogar isleño como «una casa hecha de libros». De libros y de la esencia de Lanzarote, su balsa de piedra personal, porque la historia de amor entre la pareja y la isla fue un flechazo. Su primer encuentro fue de apenas ocho horas. Suficientes. Mientras Pilar y José veían el atardecer, surgió una reflexión que marcaría el resto de sus vidas: «Entonces, José, ¿tú crees que nuestro destino pasa por esta isla?». Fue el primer ladrillo, la primera frase de la historia de la casa. El resto estaba ante mis ojos.

 

Todos los relojes de la casa marcan para siempre las 16:00, la hora en que Pilar y él se conocieron

 

Como deslumbrados por el sol, los ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la bofetada de vida que recibieron cuando entré en el recibidor. Poco a poco empecé a asimilar la información: cuadros de César Manrique, de autores portugueses, esculturas de caballos, un Cristo yacente… Decenas de objetos me rodeaban y todos tenían una razón para estar ahí. Nada está dejado al azar. Incluso que todos los relojes de la casa estén parados a las cuatro de la tarde tiene una explicación. Un motivo que me puso los pelos de punta.  Al parecer, Pilar tiene el oído muy sensible y le molestaba el tic-tac de los relojes. Entonces, Saramago decidió pararlos todos y que marcasen para siempre las cuatro en punto de la tarde, la hora en la que se conocieron. Como ese detalle, decenas. La atmósfera que él creó sigue intacta. Tanto, que hasta me da un poco de pudor estar entre esas paredes. Tengo la sensación de estar invadiendo un espacio demasiado íntimo.casa-museo-jose-saramago3 Y todavía no he pasado del recibidor. Despacito y en un silencio absoluto para no mover ni el aire que me rodea, me adentro en la casa.

El despacho
En su despacho, todo está tal como lo dejó: los últimos libros que estaba leyendo, la silla delante del ordenador e, incluso, el cojín donde descansaban sus perros, Pepe, Greta y Camões, debajo del escritorio, justo a sus pies. Ahí se sentó cada día a trabajar durante años. Las primeras líneas de Ensayo sobre la ceguera nacieron en este espacio y, con ellas, una época de trabajo muy fructífera. Cuando sus dedos tocaban las teclas del ordenador, ya tenía clarísimas en su cabeza las dos o tres páginas que iba a escribir ese día. No avanzaba más, pero siguió con ese ritmo constante, a velocidad de crucero, hasta su muerte, porque, como él mismo dijo, el tiempo apremiaba.

Aquí, los retratos y las fotografías de los abuelos, los padres, su hija y su mujer se mezclan con los de Kafka, Proust o Lorca. Todo está lleno de recuerdos, pero en esta habitación no puedo evitar distraerme con la selección de discos y película. Desde bien joven, Saramago devoraba libros. Salía de la escuela e iba corriendo a la biblioteca a leer todo lo que caía en sus manos hasta que le echaban de allí. La literatura era su pasión, pero ¿qué escuchaba y qué tipo de cine veía? Uno a uno repasé todos los volúmenes. Evidentemente, no faltaban clásicos como Beethoven, Bach, Bob Dylan o Leonard Cohen en la parte de los CD, ni Casablanca o Ciudadano Kane en la de filmes, pero de esa ojeada me llamó mucho la atención un DVD con los mejores números de Faemino y Cansado. Todo un hallazgo.

 

Saramago quería que se tratase a los libros con el mismo respeto con el que alguien se dirige a su dios

 

También hay muchos guiños a la noche en la que recibió el Nobel de Literatura. Su familia cree que no es casualidad que fuese en 1998. Ese año se cumplió el quincuagésimo aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Coincidencia o no que Saramago supo aprovechar. Durante su discurso, y después de afirmar que ese medio siglo no había servido para nada, lanzó una propuesta: crear una Declaración Universal de los Deberes Humanos. La idea no cayó en saco roto y, según me adelantaron, está a punto de presentarse en la ONU.

El comedor y la cocina
El rastro de libros desperdigados me llevó hasta el comedor. Pero aquí había algo diferente. Pude sentir hasta su respiración: había un volumen abierto de La montaña mágica, de Mann. Descansaba en una de las esquinas de la mesa baja que hay junto al sofá. Era uno de los libros que repasaba cuando la muerte llamó a la puerta de su dormitorio el 12 de junio de 2010. Llamó y la dejaron entrar sin dramas. Cerró los ojos y se dejó ir. Hoy, es la única estancia de la casa a la que no se permite el acceso. Un cordón en la puerta lo impide, pero no es necesario. Instintivamente me mantuve un par de pasos atrás. No quise abusar de su generosidad al dejarme compartir ese espacio. No podría nunca atravesar ese umbral.

Así que me retiré. Conteniendo la respiración y casi de puntillas, me alejé de esa parte de la casa para llegar a su opuesto físico y emocional. El sitio del que salían las risas y las mejores conversaciones: la cocina. Una mesa grande de madera y una cafetera Delta son el principal mobiliario. El olor del buen café portugués da la bienvenida al abrir la puerta. A partir de ahí, quedan apenas unos segundos hasta que se detiene el tiempo. Los que necesita la máquina para servir una bica. El primer sorbo y ya no hay, no había otra cosa que no fuese esa cocina y las ideas que se intercambiaban en ella. Fantaseo con que así debieron sentirse desde Mário Soares hasta Almodóvar pasando por todos esos admiradores que eran invitados a compartir ese café. Aquí, más que nunca, parece que se mezcla el lado más íntimo del escritor con el público, porque solo si desvía un poco la vista de la cafetera o de la mesa aparecen nuevos detalles de su vida: las iniciales de José y Pilar grabadas en la vajilla, el cubierto que utilizaba el escritor cada día para desayunar y hasta una decena de imanes que sostienen en la puerta de la nevera fotos de la familia de Pilar, de la pareja o de Camões saltando a los brazos de su dueño.

El jardín
Desde la terraza se accede directamente al jardín. Uno de los sitios favoritos de la casa para Saramago. En el centro, una silla de madera mira vacía al mar. Echa de menos al que cada tarde compartía un rato con ella. Quizá fue sentado en ese lugar donde se dio cuenta de que ya no tenía que escribir sobre la estatua, sino que había llegado el momento de describir las piedras de las que está formada esa estatua. Por eso, durante sus paseos por el jardín, contemplaba cada elemento como si fuese único y distinto al que había visto el día anterior. Su curiosidad por todo lo que le rodeada era infantil, insaciable y contagiosa. Dicen que lo mismo podía mirar una piedra con vehemencia que ver girar la lavadora para entender su mecanismo.

 

Su curiosidad por todo lo que le rodeaba era infantil, insaciable y contagiosa

 

Los árboles del jardín siguen la misma lógica que el interior de la casa: cada planta tiene una relación sentimental con su dueño. Palmeras porque son de Lanzarote y dos membrilleros porque El sol del membrillo, de Víctor Erice, era una de sus películas favoritas. Así que uno es un homenaje a Antonio López por intentar captar con infinita paciencia la luz en un instante sobre un fruto y el otro, un brindis de admiración a Erice por haber plasmado ese tesón y su poesía en la película. Mezclados con ellos, sin ningún orden, hay también dos olivos, seña de identidad de su Azinhaga natal, pero también de España y de la unión de ambos países que tanto le hubiese gustado ver, de esa Iberia soñada.

La biblioteca
En una casa hecha de libros, la biblioteca, claro, tiene que estar en un sitio privilegiado. Ocupa un edificio anexo a la vivienda y decía Saramago que no nació para albergar libros, sino para acoger personas. Y así me sentí. Al entrar tuve la sensación de que podría permanecer allí dentro meses y que no terminaría de descubrir todos sus secretos. Cientos de libros me rodeabcasa-museo-jose-saramago1an. Un poco mareada, no sabía cuál sacar de la estantería, qué dedicatoria buscar o qué páginas que recorrieron sus dedos y sus ojos explorar. Este era su templo. Y Saramago quería que se tratase a los libros con el mismo respeto con el que alguien se dirige a su dios. Decía que había que abrirlos con cuidado porque el autor está dentro con toda su sensibilidad y con todo lo que le hace ser único e irrepetible. Y decía también que había que susurrarles que no estaban olvidados y demostrarlo cogiendo un día un libro y al siguiente, otro. Una dedicación que él pensaba cumplir como si fuese su oración diaria. No fue posible porque la muerte, que no entiende de sensibilidades, se lo llevó. Sí llegó a escribir, sin embargo, sus dos últimos libros en esta biblioteca. Me parecía que el sonido de las teclas de su ordenador todavía resonaban entre los ejemplares; que sus palabras se mezclaban con las de todos los escritores que observaban desde la atalaya de las cubiertas cómo construía cada párrafo con el cariño, la constancia y la sabiduría de un artesano y cómo cada uno de esos volúmenes iba abriéndose hueco en los estantes para ocupar el lugar que automáticamente habían ganado en la historia de la literatura.

Me marché con la tranquilidad de saber que el espíritu y la fuerza de Saramago seguían intactos en «A casa», arraigados para siempre como el olivo que me despidió en la salida y que llegó de Portugal en una pequeña maceta entre las piernas de José. Ambos echaron raíces en esta tierra volcánica donde parecía que nada podía crecer.●

1 Comentario

  1. Excelente, gracias por compartir esa experiencia, admiró muchísimo a Saramago, siento que es un amigo confiable y entrañable, al que uno siempre recurre por un buen concejo, solo me basto con leer uno de sus libros para estimarlo eternamente… Nuevamente gracias, y me encanto la descripción de su hogar.

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