«Elle», de Paul Verhoeven

Almas torturadas del mundo, pedid la vez

1

Lo confieso: es imposible que me identifique con Michèle Leblanc, la protagonista de Elle. Que la chica no es un amor ya se sabe cada vez que abre la boca. Y el resto, para que anheles con inquina su pescuezo, lo pone Isabelle Huppert con esa mirada suya incómoda y reptiliana. En cualquier caso, es una cuestión de credibilidad. Bien, vayamos con las razones. Si no has visto la última de Verhoeven, cierra la pestaña porque voy a hacer spoiler con frenesí. Aviso.

Uno. El padre de Michèle es un fanático religioso que, ofendido porque sus vecinos le impiden hacer proselitismo de porche y jardín, se carga de armas y en una ronda de visitas nocturnas finiquita a 27 personas, 6 perros y 2 gatos [sic]. Quedan en pie (es un decir) un hámster [sic] y su hija, Michèle, de 10 años. Porque la quiere, ejem, y porque la necesita para calcinar la casa donde viven.

Dos. La niña, que participa ilusionada en la ceremonia de llamas y sangre, resulta que se traumatiza porque cuando llega la policía y los desalojan alguien la fotografía envuelta en cenizas, imagen que queda en el imaginario colectivo. El apodo que se gana, ash girl, niña ceniza, ¿va con doble sentido?

Tres. Ya mayor Michèle, cual ave fénix, monta una empresa de videojuegos violentos y dirige a un grupo de friquis del arcade con una diplomacia que ya quisiera su amoroso predecesor. Todos en la oficina saben que un hipster pelirrojo la odia a muerte y un nerd de manual le bebe los vientos. La P con la A, PA.

Cuatro. Ella es empresaria de éxito, pero su hijo es un pamplinas que ansía hacer carrera en McDonald’s y que está enamorado de una perra [sic] que lo mangonea y con quien tiene un hijo mulato, siendo ambos de blancura Neutrex. El mejor amigo del chaval se llama Omar, es negro-biri-biri y está el primero en el hospital el día del parto pero nadie relaciona ideas. Cuando Michèle insinúa que pudiera o pudiese ser que el bebé sea de otro, su hijo tiene un arrebato loco y la llama «zorra» [sic]. Pasa una nube.

Cinco. El hipster pelirrojo de la oficina odia a Michèle, su nuera la odia, una señora en una cafetería le tira la comida encima y la llama «basura» porque oye mencionar por teléfono a Michèle que tiene la regla [sic]. Su madre, señora del género Marujita Díaz, también la odia: «Eres una perra» [sic], le dice nada más verla. Pero el odio es mutuo, quién lo  diría. ¿Complejo de Electra? Noticia: al padre le van a dar la libertad condicional. Sarpullidos. ¿Complejo de Edipo?

Seis. El gato doméstico es la magdalena de Proust para que Michèle rememore la violación con la que empieza la película. Un encapuchado o mimo de goma entra en casa y con la agilidad de la máscara de Scream la viola en el suelo del salón sobre vidrios rotos.

Siete. El acosador le escribe e-mails de muy correcta sintaxis y ella compra gas pimienta y un martillo rompecristales [sic] que va fenomenal con los violadores. ¿Y la policía? Ni hablar, Michèle está traumatizada desde los 10 años.

Ocho. Queda para cenar con su exmarido, su mejor amiga y el marido de esta. Aparcando, destroza el parachoques del coche de su exmarido. ¿Por qué? Porque sí. ¿Trauma? ¿Complejo de Edipo? Vete tú a saber. De aperitivo ella confiesa haber sido violada y sus amigos, bobos, que debe ser que apenas la conocen, le recomiendan que denuncie a la policía. Y ella, nanay de la China.

Nueve. Michèle acostumbra a tirarse en secreto al marido de su mejor amiga (¿original?). Y el tipo, que sabe que acaba de ser violada, le propone hacer «como si nada hubiera ocurrido» [sic]. A mí me va muy bien para el cutis.

Diez. En la tele reponen la tragedia de los Leblanc en un Documentos TV amarillo que ahonda en lo estigmatizada que quedó la pobre niña ceniza. Y entonces aparece el gato y ya saben: Proust, violación. Pero esta vez Michèle fantasea: agarra un objeto y mata al violador a golpes. ¿Inconsciente reprimido?

Once. El exmarido, muy preocupado, vigila el barrio de Michèle. Pero la psicópata en funciones, como no reconoce el coche, cree que el violador comes back. Por si acaso, destroza el cristal y rocía de gas pimienta al conductor. Sorpresa: es el pánfilo de su exmarido. Qué coj… Entre cuidados paliativos se desvela que él ha rehecho su vida con una alumna joven. La que has liao, pollito.

Doce. En la oficina, alguien ha difundido por red interna un fragmento de videojuego en el que un monstruo viola a una damisela a la que han puesto la cara de Michèle en un montaje nivel eccehomo de Borja.

Trece. Al llegar a casa hay revuelo y policías. Su vecino Patrick, deportista apolíneo de peinado italiano, ha sorprendido a un merodeador en el jardín de Michèle y le ha dado un par de sopapos. Casado con una católica cándida, le atrae de alguna forma oscura, tanto es así que en los momentos tontos Michèle se refriega la braga-faja mientras espía con prismáticos a ese hombre con pinta de sumiller riojano.

Catorce. Ofrece 10 000 euros a su empleado más fiel, el que se masajea el glande a su costa, para que averigüe el autor del vil montaje cibernético (quizás para despedirlo por la chapuza).

Quince. Para Navidad, Michèle reúne a todos los marcianos e insectos crujientes que la rodean (hurra por el guionista-escritor). Como no soporta reprimir su entusiasmo, humilla a su madre tras anuncio de boda con joven vividor, trata de ahogar con palillos a novia de exmarido y acosa a Patrick mientras sonríe a esposa. Para redondear su flirteo, narra el truculento episodio de su infancia mientras Patrick ensaya caras bovinas. Qué puede fallar.

Dieciséis. La madre sufre un derrame cerebral en el mismo salón, pero Michèle está convencida de que es un numerito. A punto de entrar en coma, ruega a su hija que vaya a la cárcel a visitar al patriarca («Pa lo que me queda en el convento…», pensaría la buena señora). Ya en coma, Michèle la pone a parir y qué buena noche se ha quedao.

Diecisiete. De vuelta a casa, música de misterio tipo theremin y sobre la cama el portátil encendido con un mensaje del acosador («Lo siento, no pude evitarlo») y one load de semen. Arremángate.

Dieciocho. Noche de tormenta. Patrick, siempre al pesqui, se ofrece servicial a cerrar las contraventanas de la mansión donde vive sola Michèle. Qué mono, es que te como. Hay viento, lluvia, muchos flequillos y previsibles roces entre vecinos. También melodía sensual, frase de Patrick («Uno tiene que soñar», [sic]) y balanceos decimonónicos que acaban en cobra. Oooh de duración media.

Diecinueve. Michèle descubre que el pajillero que la idolatra guarda la vida en verso de la niña ceniza. Te han cazado, chaval. Pero quiero saber si eres mi violador, enséñame el pene. Vale, no, no estás circuncidado y, además, queda una hora de peli y no puedes ser tú. Circula. ¿Y los 10 000 de recompensa?, pregunta muy digno el hacker nerd. Emoticono con gafas de sol.

Veinte. El violador decide volver. La escena es casi como siempre, pero esta vez Michèle se defiende con unas tijeras y lo desenmascara: sorpresa, es Patrick, el idiota del vecino, shock monumental.

Veintiuno. La tele cuenta casualmente que al padre de Michèle le deniegan la condicional. Ella visita la cárcel con intención de escupirle [sic], pero allí le cuentan que se ha suicidado nada más saber que la encantadora Michèle estaba de camino. Resulta que el psicópata padre le tiene tirria a su psicópata descendiente, a la que dejó traumatizada, envuelta en sangre y en cenizas y medio en bolas en la calle en la noche del múltiple homicidio. Me lo expliquen.

Veintidós. Conduciendo, Michèle tiene un accidente en mitad de la nada y no puede salir del coche. Busca en la agenda del móvil. ¿A quién podría yo llamar? ¿Al exmarido? No contesta. ¿A la policía? No y mil veces no. ¿A Patrick, mi violador de cabecera? ¡Correcto! El mangurrián se presenta en el bosque y le canta un Bustamante, no soy un supermán, soy un hombre muy sencillo que te quiere enamorar. Sabe curarla porque fue futbolista [sic] y en el ínterin Michèle quiere saber las razones de lo que solo ellos saben, si la gosó: «Era necesario», por toda respuesta. Ahí lo llevas.

Veintitrés. Muerta la madre de Michèle, el antes conocido como prometido ya se está beneficiando a otra y además se enseñorea ante la muerte del padre, «un hijo de puta menos», con un «al menos me follé a su mujer». Aplaude, Paolo.

Veinticuatro. Michèle tiene una brillante idea: fingirse cadáver para que su amante la viole. Pero con tacto, por favor, que está muy fresca la muerte de mis dos progenitores.

Veinticinco. Patrick, de Rodríguez y con kilos de lasaña de sobra [sic], invita a Michèle, su muleta y al hijo pamplinas, que pasaba por allí, a nadar en piscinas de bechamel. Al chaval, un bigardo de 90 kilos, se le sube el vino como a una madre el cava de Nochebuena y se soba lo máximo. La parejita aprovecha y se da el palo en el sótano. Pero es consentido, vaya coñazo. Mejor te atizo con saña, que rima con lasaña, y al lío.

Veintiséis. Michèle repara en lo cornuda que es su mejor amiga y se lo hace saber. Porque soy muy sincera, eh. ¿Te has enfadado? El exmarido ha roto con su novia porque lo confundía con otro escritor de igual apellido [sic].

Veintisiete. Michèle pilla a Patrick sin superpoderes y lo tilda de retorcido, nauseabundo, perverso y enfermo, dijo la más equilibrada de la zona. También amenaza con denunciarlo… a la policía. Para evitar futuras víctimas. ¿No a la violencia machista, mi violador es mío y solo mío? Decidan.

Veintiocho. El violador contraataca, pero en mitad del forcejeo aparece el hijo de Michèle y de un palazo lo deja muñeco. Patrick se levanta más sobreactuado que ensangrentado y pregunta: «¿Por qué?». Muere antes de que alguien pueda preguntar por qué qué.

Veintinueve. Michèle testifica a la policía sin temblor de párpado que el peludo Patrick era uno de esos vecinos a los que pedirías prestada la cortadora de césped [sic]. No dice para qué.

Treinta. La vecina viuda: «Estoy contenta de que pudieras darle lo que necesitaba», le dice a Michèle con resignación milenaria. Dios se apiade del «alma torturada» de Patrick. Rezaremos al calor del fuego.

Treintaiuno. Escena final en el cementerio, Michèle y su mejor amiga. Nena, si me tiraba a tu novio era por tu bien. Qué asco das. Ya, tía, soy rebelde porque el mundo me ha hecho así. ¿Pelillos a la mar? Guay. Amics per sempre. Días preciosos vendrán. Plano final: dame la mano y alejémonos chapoteando por la vereda del cementerio. ¿Te gusta la lasaña, Pili?●

Lee aquí la reseña de Elle.