«La isla del viento», de Manuel Menchón

Polvo en los zapatos

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La isla del viento (Manuel Menchón, 2015) parece una película pensada para pasar desapercibida en las carteleras, como una pelusa en el recogedor. Y digo parece porque lo normal es que no sea eso lo que han pretendido sus creadores, a lo que habría que añadir cuestiones mercantiles y de promoción que se me escapan —se estrenó en Argentina en noviembre de 2015 y en salas comerciales españolas un año después—. Pero no me refiero a eso, no.

La isla del viento es una película discreta en su concepción y en su desarrollo. Demasiado discreta, diría. Solo en su epílogo —el famoso discurso de Unamuno del «Venceréis, pero no convenceréis» como rector en la universidad de Salamanca en 1936— eleva algo el tono de sus verdaderas pretensiones.

Desde el principio intuimos que el escritor y filósofo bilbaíno Miguel de Unamuno ha debido de decir o de pensar algo en contra de la monarquía y de la dictadura de Primo de Rivera que le cuesta ser exiliado a Fuerteventura en 1924 —no se explica lo que se supone que ya sabemos—. En la isla canaria lo reciben con todos los honores. Particularmente atento es un patrón de telenovela que cuida de que al honorable anciano no le falte de nada. A pesar de las atenciones y del paradisiaco escenario, don Miguel no se encuentra a gusto. Aunque, por supuesto, se cuida mucho de mostrar su hastío por la situación y ejerce de cascarrabias con muy poco convencimiento: blanco y negro sobre un fondo descolorido y desértico.

la-isla-del-viento__manuel-menchonEn esta tesitura —y en camello—, irá conociendo la isla. La mayor parte de los secos terrenos pertenecen al patrón que le acompaña y a su pérfido hermano. El primero, el bueno, quiere reparar un antiguo molino de viento para sacar agua y abastecer a los habitantes más pobres; el segundo, seguir enriqueciéndose a costa de venderles agua a esos mismos vecinos. En el conflicto modera el filósofo socialista, quien anima al patrón bueno a seguir luchando por el proyecto, más de justicia social que de provecho: «Si el mundo fuera de los pragmáticos, solo habría barrancos».

Entre vuelta y vuelta Unamuno la toma con el cura, un pobre hombre que a su vez la tiene tomada con un grupo de alumnos a quien les hace memorizar la letra divina. El filósofo ateo, en una diatriba muy válida para nuestros días, persigue al cura con la intención de que ponga algo de amor —y de fe— en la formación de esos niños: «La educación es el único arma para escapar de la isla». Y el cura de pueblo, que no sabe dónde meterse ante tamaña invectiva, acaba derrumbándose (Cfr. San Manuel Bueno, mártir, 1931).

Al margen de tanta problemática, sobreviene un interludio amoroso. Delfina Molina, poetisa argentina con quien el escritor-filósofo mantiene desde hace años una relación epistolar, se presenta en la isla con la intención de conocer a su amado interlocutor y… algo más. Pero Unamuno, racional hasta el extremo, se ve abrumado ante tanta pasión: «No sé qué decir, escribir es mucho más fácil», espeta con la mayor rigidez emocional. No sufra, yo le saco de esta, parece decir el guionista: música ambiental y elipsis socorrida.

Así, después de enmendar la plana a media isla y de dejar una huella indeleble en todos sus habitantes, quienes valoran la sensatez del hombre de letras por encima de sus desmanes y pedanterías, Unamuno consigue marcharse gracias al plan ideado por un periodista francés a cambio de exclusivas. Atrás deja un microcosmos al que ha contribuido —a cuentagotas, valga la expresión— a reorganizar. Porque, «¿sabes en qué se diferencia un político bueno de uno malo? —le pregunta al diputado Rodrigo Soriano, que le acompaña en el exilio canario—. En el polvo que lleva en los zapatos». Y con ese guiño a los tiempos actuales, el pensador vasco se aleja en el horizonte a bordo de su barcaza. Y nosotros, espectadores, interesados por las andanzas de un personaje histórico, nos quedamos con la sensación de haber asistido a una pintura biográfica sobre maqueta en vez de a una verdadera inmersión en la figura humana de auténtico relieve y complejidad que encarnó Miguel de Unamuno —«el más hondo de nuestros pensadores», que dijo de él Eugenio Trías—. Vamos, que nos hemos manchado muy poco los zapatos.●

[Lee aquí la reseña de La isla del viento.]

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