«Arquitectura secreta de las ruinas», de Miguel A. Zapata

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Maze. // Foto: Manu CV.

Arquitectura-secreta-de-las-ruinas-miguel-a-zapataArquitectura secreta de las ruinas (Baile del Sol, 2018) es la tercera novela consecutiva del granadino Miguel A. Zapata (1974), también autor de cuatro libros de relatos de 2003 a 2012. Con una carrera literaria tan sólida y coherente, y apreciando su talento narrativo, extraña su poca presencia en los medios de comunicación, no así en antologías de época y en variados manuales literarios, donde su obra se ha tenido y se sigue teniendo muy en cuenta.

El libro que aquí nos reúne es en esencia una obra densa. No quisiera con esto asustar a nadie (absténganse, eso sí, alérgicos a la exigencia literaria), sino ponderar una complejidad narrativa y simbólica que enriquece y trasciende el material narrado. La historia en sí, no en vano, es de muy fácil sinopsis. Vamos con ella: una grieta se abre paso en el cemento del edificio del número 3 de la calle Garibaldi, amenazando la estabilidad del bloque de viviendas y tensando las relaciones de los vecinos. Pero la dichosa grieta no es más que el señuelo que usa Zapata para desvelarnos la ruina humana, y no sólo la que esconde el edificio.

Desmoronarse es el destino de todo. Eso es un principio —o un final— inevitable. El asunto es concretar el momento en que algo deja de ser aquello para lo que nació y empieza a convertirse en otra cosa distinta. Si no hay momento no hay culpables, no hay causa, todo es especulación.

Los inquilinos, permanentemente enfrentados o hermanados, según el caso, pugnan entre ellos y con la Administración municipal por salvar sus viviendas y de paso su propio pellejo. En el trayecto van surgiendo encuentros y desencuentros, secretos, decepciones, traumas, obsesiones y hasta argucias ideadas con más o menos fortuna. No obstante, tal intrincada red de personajes y acontecimientos consigue ir más allá de su naturaleza costumbrista y tendente al enredo de este tipo de historias y, gracias a un inusual dominio de la materia narrativa, Zapata logra alcanzar niveles semánticos mucho más altos. Para Javier Morales, en esta novela «todo cobra un sentido, hasta el bar donde acude Maldini, uno de los personajes, a contar sus ficciones y que se llama El Desencanto, como la conocida y dura película de Chávarri sobre la autodestructiva familia de los Panero». He aquí a la densidad (simbólica) a la que me refería, la posibilidad de superar la anécdota.

En cualquier caso, también es posible mantenerse únicamente en lo temático: la grieta, los enredos, las peleas (que son constantes) y la tensión creciente del presagio cenizo que hace temer por el futuro del bloque de viviendas y en extensión de sus ocupantes. En mi opinión, no obstante, no es este plano el más fascinante ni lo mejor conseguido en la novela (entre otras cosas, porque como lector intuyes pronto lo que puede pasar, o mejor dicho, lo que nunca va a pasar).

Quizá hay en el mundo accidentes ya escritos esperando su momento de encontrar el hueco para mostrarse. Cosas inevitables. Como una estadística que llega desde algún confín del universo con la necesidad de cumplirse, tomando la forma de la catástrofe que sea.

Y es que la construcción narrativa es uno de los grandes atractivos que sobrevuelan la simple peripecia. Según el propio Miguel A. Zapata, imaginó la estructura de la novela «como una escalera de caracol desplegando su persistencia espiral en el corazón de un edificio. Desde el punto de vista arquitectónico, los elementos articulados en forma de espiral suponen una difícil dialéctica: la curva de su diseño incardinada en un mundo constructivo de líneas rectas y paralelepípedos».

Del citado planteamiento, que no deja de ser racional, surgen ahora las dificultades para colocar los personajes y sus vidas en ese espacio: «La complejidad de una historia coral exigía igualmente un trabajo de planificación paralelo al ejercicio siempre estimulante de teclear sin cortapisas», comenta Zapata. En este sentido, hay que destacar el trabajo del autor de ir colocando con mimo a los personajes en cada una de las viviendas para luego analizarlos, como si de viñetas se tratase: Marga y Jaime sirven para retratar el desencanto de la pareja; la señora Téllez, la soledad de las personas mayores; Pablo Bastida, el remordimiento…

Así, más tarde, en posteriores encuentros, el mecanismo de sustitución y el alivio precario dejarían de funcionar, evaporándose, y se añadiría a la primera una culpa más honda, perversa, corruptora de algo que Pablo Bastida intuía poco experimentado y que solo fingía atrevimiento hasta que las manos sabias de un hombre, manos adultas y homicidas la hicieron temblar y buscaron sus grietas transitadas quizá por pocos, zafios exploradores.

… el presidente Mauro, la impostura; el vecino esnob, De la Gándara-Van de Geer, la ambición; o Nicolás Maldini, Kempes, quizá el más carismático del conjunto, quien personaliza la ficción autocreada: «Este bolacero que te habla se buscó su propio “Kempes” y se multiplicó. No para olvidar, sino más bien para no sentir asco, vecino, para no sentir asco. Y guárdame el secreto, ¿eh?, que me tumbás el negocio». Una historia detrás de otra, dosificadas en los capítulos con justa medida, saltando del pasado al presente (en horizontal), de una planta a otra (en vertical), son pulcramente desarrolladas y sólidas en su curva global, demostrándose una sensibilidad casi matemática de Zapata, una saludable manía por no dejar cabo suelto (imprescindible el «veloz inventario de ruinas» a modo de sumario que se hace al final). Y todo empieza y acaba en la fisura del edificio, que une y desune a los inquilinos.

Un miedo sin cara, un horror a que la grieta, como decían los expertos, pudiese retomar su labor de termita atenazará durante todo el otoño a los inquilinos. Es un pánico de cada cual a convertirse en parte de la causa de una nueva reactivación de los males asociados al edificio, a su enfermedad extraña.

En cuanto al estilo, tendría que definir al narrador de Miguel A. Zapata como analítico; a veces, demasiado áspero o frío. O de una «dureza distante e irónica», como se dice en la novela acerca de Marga, uno de los personajes.

Los cuerpos suelen nacer con vísceras y órganos a salvo bajo la carne. Solo ciertas enfermedades extraordinarias abren la piel en llagas y transforman a mujeres y hombres en pulpas sufrientes. O el filo amenazador de los cuchillos. O la brutalidad de los accidentes y las agresiones.

Los personajes suelen ser más bien viscerales, incluso zafios y hasta desagradables en muchas ocasiones.

—¿Más? No, hombre, no, yo ya tengo lo mío: mi ruina y una hija que confirma mi fracaso, por desgracia, con esas pintas y esos amigos de mierda que tiene. Creo que lo hace para joderme más, te lo juro, Sonia. No, lo que te digo: Dios no anda castigando a los que se cagan en los otros, sino a los que se cagan en su propia vida.

El narrador omnisciente suele iniciar sus intervenciones con una frase apodíctica, una afirmación de partida que fija la idea de forma más o menos sentenciosa. La intención es clara: como venimos hablando, Zapata no quiere que el lector se desvíe y se quede en la anécdota; señala así la zona oscura donde se dispone a dirigir su mirada: «No miente la noche. Ni nuevo año, ni fin de una etapa ni principio de otra ni hostias. Cuando se esconde el sol, surge el perogrullo de una noche más». Observa Javier Morales que la narración «está concebida como un rompecabezas, donde el autor es una especie de voyeur, puede ver lo que ocurre en el interior de las viviendas». Tiene sus peligros esta decisión narrativa, no en el hecho de acotar, sumamente provechoso, sino sobre todo cuando se explicita la posición de superioridad que el narrador ostenta sobre los personajes y se filtra el juicio: «Secretamente, podría Mauro sentirse orgulloso de pertenecer a esa casa en peligro de extinción […]. Podría sentir que esa grandeza de cacique de barrio sin remordimientos le redimía de otros desastres por venir».

En extensión, no siempre Zapata llega hasta donde apunta; puede dar la sensación de que pretende expresar más que el propio lenguaje, que se le queda una herramienta corta, estrecha, pequeña. Y eso que el autor granadino posee una gran amplitud de registros léxicos; podría aplicársele la misma descripción que el narrador hace de De la Gándara-Van de Geer: «Hipoacúsica. Desde luego, da gusto escuchar al tipo. Cínico y morboso, pero cautivador, pura fuerza. Mezcla “culo” con palabras imposibles, académicas, y resultan frases deliciosas. Hipoacúsica». En cualquier caso, es de aplaudir el riesgo y la tensión que Miguel A. Zapata pone en cada frase, la excelsa calidad escritural de sus páginas, las numerosas «frases deliciosas» que nos regala:

Es una carencia sin nombre, un proyecto incumplido que sin embargo flota siempre ahí, incluso cuando ellos están, sobre todo cuando están ellos. En este momento, ningún tímpano podría ponerse en alerta al percibir de nuevo algo similar al sonido de un niño llorando. A veces, hay ondas sonoras que atraviesan el mundo para borrarlo del todo, para bordarlo de vacíos. También a veces proponen formas extrañas de comprensión, de desfiladero en las tinieblas. Un niño llora y el mundo no se detiene.

Merece la pena mientras se leen los textos de Zapata escucharlos (aunque la dicción sea solo interior, mental). Se apreciará una cadencia milimetrada, un ritmo constante que no se conforma con las palabras llanas, sino que las inflama, las tensiona, las hace rugir. Es como si Zapata quisiera abrir una abertura en la arquitectura secreta de su novela, «pura inercia de la materia que simulaba no estar viva», como se dice en el libro acerca del edificio, y que la pudiéramos oír, que, si prestamos atención, pudiéramos oír la grieta.●

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