«Los perros duros no bailan», de Arturo Pérez-Reverte

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Animal Black And White. // Pixabay.com

Cuando el próximo 3 de octubre Arturo Pérez-Reverte lance al mercado Sabotaje (Alfaguara), la tercera de las aventuras de Falcó, habrá puesto en circulación cinco novelas en tres años y medio. No es Marcial Lafuente, pero no está mal para el mercado editorial actual. Los perros duros no bailan (Alfaguara, 2018) ha aparecido en el momento intermedio entre el segundo y el tercer Falcó. Si esa condición de paréntesis era deliberada o no, es algo que solo puede saber su responsable. Nosotros nos limitaremos a constatar que se trata de una obra quizá vocacionalmente menor, pero que se lee con una sonrisa dibujada en el rostro durante sus escasísimas 160 páginas.

Es probable que al escritor y periodista de Cartagena le resulte chocante, siendo benévolos, que se le compare con Walt Disney. Pero este lector ha tenido el paralelismo en la cabeza durante toda la lectura. No fue el primero ni el último, pero en lo que a «humanizar» animales se refiere, ese cineasta creó una cierta escuela. Que nadie se confunda: el cruce de mastín español y fila brasileña que responde por Negro y que protagoniza esta historia es un antihéroe típicamente perezrevertiano. Los cánidos llevarán a cabo actos sexuales y peleas violentísimas que aparecen descritas en toda su crudeza. Pero la caracterización de los personajes, sus rasgos más o menos humanos o las relaciones con sus amos no están muy lejos de las que vimos en La dama y el vagabundo (que aparece explícitamente mencionada) o 101 dálmatas.

El tono va del homenaje al noir —limítrofe con la parodia— al relato de acción y aventuras. Negro es un perro que vivió días de gloria en los combates. Ahora, sin embargo, pasa los días cuidando una propiedad. El abrevadero de Margot es su principal foco de socialización. Allí entabla amistad con Teo, que se impone a él a la hora de conseguir el amor de Dido, una setter irlandesa de gran atractivo en su comunidad. Un día, Teo desaparece junto a Boris el Guapo, un lebrel ruso que reporta pingues beneficios a sus propietarios en distinta exhibiciones. Aunque recalque cada pocas frases que su ya de por sí exigua inteligencia quedó seriamente mermada tras una carrera de golpes, Negro empieza a investigar aquí y allá para dar con su paradero. Esto, unido a toda la presentación anterior del abrevadero, constituye sin duda lo mejor del relato. Da pie a una sucesión de personajes que encierra hallazgos casi a cada línea. El autor encuentra el equilibrio entre la descripción de la lógica animal y su traducción, más o menos fiel, a la humana. La sucesión de combates que viene a continuación es quizá demasiado larga y provoca una ligera pérdida de ritmo.

La novela no solo entretiene, sino que incluso en algún pasaje llega a emocionar a aquellos que menos amigos somos de los animales. La idea de la lealtad al amo es una de las mejor desarrolladas. Los chuchos que aparecen golpeados por la vida siempre arrastran alguna traición humana en la mochila.

Pérez-Reverte mantiene intacta su prosa precisa, directa, sin adornos que quieran gritarnos: «¡Eh! ¡Aquí un literato!». Sin duda habrá en el interior de la novela guiños culturales que habremos pasado por alto. El título, sin ir más lejos, lo hace con Normal Mailer. Pero además de a Disney, Los perros duros no bailan recuerda en algunos de sus chistes a Los Picapiedra, de los Hannah-Barbera. Lo entenderán mejor si les decimos que, en un momento dado, se hace referencia a un latin lover llamado Rodolfo Perrostino.

Lo importante, en cualquier caso, es el magnífico momento de forma en que se encuentra su autor, capaz de alimentar una saga de lo más entretenida con una entrega anual al tiempo que se permite estos divertimentos. Sus lectores lo agradecen.●

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