«El eco de los disparos» analiza el papel de la ficción como herramienta para construir la memoria

Edurne Portela: «Estamos educados en el silencio y acabar con eso no va a pasar porque ETA entregue las armas»

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Ahora que ETA ya no mata y parece caminar hacia su desaparición definitiva, empieza la batalla de las palabras, una guerra en la que la izquierda abertzale lleva años de ventaja al haberse apropiado de gran parte del discurso dominante en Euskadi. Y la cultura es, a juicio de Edurne Portela (Santurce, 1974), una herramienta fundamental en la construcción de un relato que no sirva para pasar página ni para convertir el silencio en olvido, tal y como analiza en El eco de los disparos (Galaxia Gutenberg, 2016). Pero para esta profesora vizcaína, aún no es el momento de abordarlo desde el humor o buscando la comodidad. «De indiferencia hemos tenido ya bastante», alerta en las páginas de este ensayo en el que se afana en buscar representaciones culturales en el cine y en la literatura que transformen la sensibilidad y la imaginación de toda una sociedad.


[Fotografías: Javier Paredes.]

Edurne Portela ha estudiado la violencia y sus representaciones en la cultura. Pese a su origen y a su historia personal, su mirada se dirigió primero a Argentina antes de ponerse frente a aquello de lo que había sido testigo: «la cotidianidad y la convivencia con la violencia» en una sociedad en la que «la política era siempre amenaza» y donde «la única anormalidad parecía ser la necesidad de guardar silencio». Partiendo de lo personal y de su pasado (del que no huye y que recorre sus páginas), El eco de los disparos propone un cambio imaginativo a través de las herramientas de la ficción para afrontar las heridas de casi medio siglo de terrorismo etarra, que busca conocer y entender la realidad, «no justificar», y que empieza por un ejercicio de asunción de responsabilidad por parte de una sociedad que se ha mostrado «mayoritariamente indiferente».


En El eco de los disparos afirmas que la sociedad vasca no es una sociedad sana, y no lo ha sido en las últimas décadas. ¿En qué momento eres consciente de esa normal anormalidad en la que vives?
Es un proceso artificial tratar de decir cuándo empiezas a ser consciente de algo tan duro y difícil, pero yo lo ubicaría en la adolescencia. Desde muy pequeña comencé a leer cosas que no tendría que haber leído, como libros políticos, por lo que pronto me di cuenta del contraste entre esas lecturas y mi entorno. Ya en el instituto, las reivindicaciones que hacían mis compañeros, porque habían detenido a dos chavales del pueblo o porque había salido a la luz alguna tortura, me parecían que estaban ligadas a un discurso político que no me convencía, que creaba enemigos artificiales, con una serie de justificaciones políticas que a mí me chirriaban. A partir de lo político, comencé un proceso de desintoxicación. Por ejemplo, entendí que era igual de lamentable una víctima de uniforme que un político o un profesor de universidad. Hay un momento en el que te das cuenta de que el dolor que te rodea es real y que trasciende las barreras políticas que te han impuesto o has naturalizado.

Es curioso que esas primeras lecturas fueran las que te llevaron a reflexionar sobre la situación de tu entorno, y no al revés, como quizá hubiera sido lo lógico.
Sí y no. El entorno influye. Vives en un ambiente que te asfixia políticamente porque todo está relacionado con la lucha, la independencia, con una Arcadia que hay que defender… La política siempre implicaba una amenaza, ya que defender esas consignas era hacerlo a través de la violencia, ya fuera física o verbal. De alguna manera, ese entorno te anima a buscar otras vías. De hecho, en el libro también cuento cómo parte de la juventud buscó una vía de escape en las drogas. Si eras un joven rebelde en los ochenta y en los noventa, lo normal era adoptar causas que ya estaban fagocitadas por la izquierda abertzale, como el feminismo o cualquier movimiento antimilitarista; algo paradójico, claro. Si optabas por el anarquismo o un socialismo utópico, por decirlo de alguna manera, huías de una posición política que iba a llevarte a ese entorno, que a mí me parecía absolutamente asfixiante.

Eso ocurre en la adolescencia, como has comentado.
Desde los 15 ó 16 años ya tengo una conciencia política, pero también es cierto, como cuento en el libro, que con esa edad iba a conciertos de lo que se conoce como rock radical vasco en los que gritaba con ellos «gora ETA», llamaba «txakurras» a la policía en las manifestaciones y les tiraba cosas si tenía algo en la mano. Era una actitud violenta que, sobre todo al principio, no sabes muy bien cómo desvincular de ese grupo. No sabes cómo canalizar tu rebeldía.

Si eras un joven rebelde en los ochenta y en los noventa, lo normal era adoptar causas que ya estaban fagocitadas por la izquierda «abertzale»

Hablando del denominado rock radical vasco, en una entrevista reciente El Drogas, por ejemplo, se desvincula del movimiento abertzale. ¿Qué papel ejercieron estos grupos?
Aunque no formaras parte del movimiento, si no lo criticabas estabas siendo cómplice, y Barricada tiene letras que reflejan cierta simpatía hacia lo abertzale. Recuerdo un concierto de Negu Gorriak en 1995 en el que todo el mundo empezó a gritar «gora ETA» y «gora ETA militarra» mientras el batería llevaba el ritmo. Negu Gorriak no lo gritaba, es evidente, pero hay una complicidad. Creo que el único grupo que se desvinculó desde el primer momento fue Eskorbuto. Aunque son los creadores de «Mucha policía, poca diversión», que todos hemos cantado y que la izquierda abertzale también asumió como propia, fueron también los que dijeron: «El rock no tiene patria, ni siquiera la vasca». Se desvincularon también del fenómeno martxa eta borroka, un movimiento que comenzó Herri Batasuna a mediados de los ochenta para organizar todos los conciertos de los grupos del rock radical vasco. Todavía pueden encontrarse por internet entradas de conciertos que vendía HB y en los que participaron Kortatu, La Polla Récords o Baldin Bada. Si el concierto en el que tocas lo organiza HB, asumes que eres parte de ese entorno. Que seas más o menos afín a la violencia… Pero HB era el aparato ideológico y político de ETA. Yo reconozco que hasta cierta edad también asistí a esos conciertos, bailé «Sarri, Sarri» y me lo pasé muy bien, pero ahora es momento de asumir esa responsabilidad.

¿Puede equipararse la responsabilidad de un grupo que compone una determinada canción con la del público?
Estos grupos se convirtieron en bandera de un movimiento juvenil que comenzó como otra cosa. Como digo, creo que grupos como Eskorbuto, Cicatriz o La Polla Récords, cuando empezaron, ponían banda sonora a la desposesión más brutal provocada por la reconversión industrial, a la pobreza, al paro, a la heroína… Era un mundo devastado y ellos cantaban con toda su rabia contra eso. ¿También contra España y contra la policía? Por supuesto. Pero Kortatu en esos años, de alguna manera, lideró ese impulso musical que ponía letra a otra cosa más: el movimiento independentista con toda su violencia. Fermín Muguruza ha hablado mucho de esto, por ejemplo. Existe una responsabilidad al potenciar un mensaje. Todos somos responsables de lo que ponemos ahí fuera, de nuestros discos o de nuestros libros, pero tampoco se puede eximir de responsabilidad a todos los que en su momento participamos de ello sin ser lo suficientemente críticos.

Se pueden crear ficciones que nos hagan vernos desde la complejidad que necesitamos ahora

Ahora las sentencias por enaltecimiento del terrorismo están a debate. Podemos pide eliminar este delito, el PSOE aboga por modificar las penas… Y en el centro de todo está el derecho a la libertad de expresión. ¿Cuál es tu reflexión?
La Marea publicó un monográfico maravilloso sobre esto. La libertad de expresión está en peligro de extinción en España. Ninguno de estos delitos debería encausarse por la vía penal. Hay procedimientos civiles, pero la Audiencia Nacional debería encargarse de otros temas. Intentar meter en la cárcel a gente como los titiriteros o César Strawberry, por ejemplo, me parece un ataque brutal contra la libertad de expresión. Te podrá gustar más o menos lo que digan, pero son solo opiniones. Una cosa es enaltecer el terrorismo a través de mecanismos de difusión o de financiación, entre otros, pero esto son solo comentarios, que pueden ser de mejor o peor gusto. Ningún tipo de humor debería ser censurable… Y ahora hablo de Ocho apellidos vascos [risas]. Me sorprendieron y me preocuparon unas declaraciones de la juez de social del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco en las que comentó que, tal y como están las cosas, ahora no se podría hacer Ocho apellidos vascos. Como bien sabéis, no me gustó nada, pero me horroriza pensar que pueda haber una autocensura por miedo a rodar una película. ¿A qué punto vamos a llegar?

También ha habido una discusión en torno a la calificación como terrorismo de la agresión a dos guardias civiles y sus parejas en Alsasua. ¿Qué opinas?
Eso no es terrorismo. Hay que diferenciar dos cosas: por un lado, el hecho de que esta agresión se produjo a altas horas de la madrugada en un bar entre unos guardias civiles de paisano con sus parejas y unos chicos que les reconocieron como tales y les agredieron. Hay una agresión, indudablemente, que hay que investigar y castigar de alguna manera, pero inculparlos de terrorismo supone un salto cualitativo que me asusta y que acentúa la quiebra tan profunda que tenemos en la sociedad vasca. En relato de los hechos también hay que analizar el tipo de sociedad en el que todavía vivimos en Euskadi, sobre todo en entornos en los que la izquierda abertzale ha sido muy fuerte. Alsasua es un pueblo en el que hay un rechazo brutal a la Guardia Civil, que también ha tenido actuaciones poco loables, por lo que hay tensión y hay todavía una concepción del otro como enemigo muy fuerte. La Guardia Civil en Alsasua es el enemigo, el otro; algo que se debe eliminar.

Se tiene que aceptar que ha habido y hay un conflicto político

La otredad de la que hablas tanto en el libro.
Ese concepto está intacto. Solo que ahora al otro ya no se le puede eliminar con un tiro en la nuca o un coche bomba, y esa agresividad sale por otras vías. El problema es la educación y el cambio imaginativo que tenemos que hacer en la sociedad vasca; un problema muy grave y muy profundo que no se arregla penalizando esto como terrorismo. No es una acción planeada por un grupo para hacer daño, sino un acto espontáneo que proviene de una mentalidad condenable en el plano de lo ético y que se debe juzgar en un juzgado de Pamplona.

¿Hubieras escrito El eco de los disparos antes de 2011?
El eco de los disparos sale ahora, pero el proceso comenzó en 2008. Vengo de una formación académica y llegar hasta el punto de escritura fue un desarrollo muy lento y muy tortuoso. Parte sí estaba en mi cabeza, pero creo que el paso que se dio en 2011 y las reacciones que hubo me provocaron una urgencia, que es desde la que escribo. El lugar que encontré para escribir este libro tiene mucho que ver con esa declaración del cese definitivo de la violencia; las reflexiones y la incomodidad con mi historia personal venían desde antes, pero no sabía cómo escribirlas.

Al final del ensayo, no colocas la solución en el perdón, sino en la explicación. Es mucho más difícil así, ¿no?
Es muy poco popular lo que voy a decir, pero el perdón está sobrevalorado. En el libro no me detengo mucho en este tema, pero intento explicar que el perdón, por una parte, es un acto profundamente personal y no se puede pedir. Que a las víctimas se les pida perdón puede suponer dos cosas: una revictimización y que se les ponga en una tesitura muy difícil: pensar si quieren perdonar. Alguna víctima, después de leer el libro, me dijo que quería que le pidiesen perdón, y cuando una persona vinculada a ETA lo hizo, me reconoció que supuso mucho para ella porque era algo que había estado esperando treinta años. Por supuesto, respeto profundamente esta opción, pero tiene que ser algo personal. Imponer el perdón como una condición política para seguir avanzando supone tratar a todas las víctimas por igual, enfrentarlas con su pasado y obligarlas a decidir si quieren otorgarlo o no. Por otro lado, hacer del perdón algo público implica un riesgo tremendo, porque ¿cómo sabemos que ese perdón es sincero? ¿Cómo sabemos que no lo están usando para recibir unos beneficios que no se merecen? Poner como condición algo tan subjetivo y que puede hacer tanto daño no es efectivo. Además, tiene una connotación cristiana que también influye: ¿todos lo necesitamos o lo estamos imponiendo porque viene de un imaginario que pensamos que es necesario? Hay que entender lo que nos ha pasado, asumir responsabilidades, individuales y colectivas, y desde esa comprensión más profunda intentar trabajar nuestros afectos a nivel social, que es el punto de partida del ensayo: cuáles han sido los afectos damnificados. Es decir, cómo nuestra sensibilidad ha estado tan marcada por la presencia de la violencia que hemos perdido la capacidad de ver al otro como un ciudadano, y cómo desde las relaciones sociales podemos llegar a eso que llaman convivencia, restauración, reparación… Tenemos que preguntarnos si entendemos bien lo que hemos hecho y lo que nos han hecho, el tipo de sociedad que hemos creado, o si estamos pasando página a través de ese mecanismo que considero, en muchos casos, superficial.

La imaginación no se alimenta ni con discursos políticos ni con narrativas edulcoradas del pasado

¿Y cómo se trabaja el afecto de una sociedad entera?
El tema central del libro es cómo podemos hacer un cambio imaginativo que nos haga capaces de cambiar nuestras vinculaciones afectivas, sobre todo con los que estamos más alejados. El cambio imaginativo se puede producir a través de la educación y de la cultura, del arte en general. Se pueden crear ficciones que nos hagan vernos desde la complejidad que necesitamos ahora. Por ejemplo, creo que algunos cuentos de Jokin Muñoz, de los que hablo en el libro, tienen una fuerza brutal. No se coloca fuera, sino que el narrador te obliga a meterte dentro de la historia para entrar en la complejidad de las relaciones afectivas. Este es el tipo de relato necesario, el que te coloca en una posición incómoda y puede cambiar la imaginación enquistada que tenemos ahora mismo, la que nos divide y nos hace ver al otro, ya sea el etarra, el policía o el político, como un ser radical que no tiene nada que ver conmigo.  Ya se han hecho muchas cosas, tanto en literatura como en cine, sobre todo en los últimos años, que pueden ayudarnos a enriquecer nuestra imaginación de forma que empecemos a vernos como sociedad con todas sus faltas, pero también con todas sus posibilidades. Quizá soy un poco ingenua al pesar en la cultura como una herramienta que puede ayudarnos a sanar los vínculos que tenemos tan resquebrajados por la violencia y por la tensión constante que era vivir en esa sociedad. La imaginación no se alimenta ni con discursos políticos ni con narrativas edulcoradas del pasado.

¿Es posible encontrar un relato único o es cuestión de generaciones?
Tenemos que empezar ahora. Yo distingo dos tipos de relatos: los que cuentan los hechos, la verdad histórica (porque existe, aunque suene poco moderno), en la que tiene que haber un consenso fundamental: que hubo una banda terrorista que operó durante décadas de forma fascista, que amedrentó a las sociedades vasca y española y que estuvo apoyada por parte de esa sociedad, tanto de forma democrática, votando a los partidos que la representaban, y también desde un nivel más básico: fagocitando muchos de los movimientos sociales que ha habido en Euskadi. En ese relato, también tiene que estar, por supuesto, una condena clara del terrorismo de Estado y de la represión policial, que fue muy fuerte durante algunos años en Euskadi. También se tiene que aceptar que ha habido y hay un conflicto político. Pero también están los relatos en los que tiene que haber cabida para todos los puntos de vista y en los que la literatura y el cine tienen un papel fundamental porque pueden arrojar luz sobre asuntos que en la verdad histórica no se ven, como los niveles más íntimos o el sustrato subjetivo de una sociedad que ha vivido esta violencia. La literatura puede recrear estos años tan opacos, tensos y oscuros de una forma muy eficaz. Algo que también es fundamental es el relato de los testigos. Todos los que, de alguna manera, hemos vivido estos años y tenemos herramientas para hacerlo, debemos contribuir con nuestro punto de vista, y no hace falta que sean escritores, directores de cine o periodistas. Se trata de compartir esas vivencias en espacios útiles, como las familias o las cuadrillas, en las que, hasta hace poco, nadie hablaba de política; que no sigamos manteniendo este silencio de tantos años. Por supuesto, las generaciones futuras tendrán mucho que decir, y recurrirán a nuestros testimonios y a nuestras obras, pero ahora es el momento en el que nos tenemos que poner todos manos a la obra. Sin toda esta multiplicidad de voces, la compresión será imposible.

¿El resultado será una interpretación como la que ejemplifica Jokin Muñoz comparando la situación en Euskadi con la Segunda Guerra Mundial? Evitando el plural de violencias o sufrimientos para no comparar barbaridades de diferente magnitud.
Como la explica Jokin Muñoz, sí, pero en este contexto es peligroso, ya que hay un interés muy grande por parte de la izquierda abertzale en los plurales para meter todo en el mismo saco, y cuanto más grande sea, mejor, ya que así eluden sus responsabilidades. Es verdad que ha habido diferentes formas de violencia, pero no hay que equipararlas y sí culpabilizar. Por ejemplo, la violencia del GAL fue tremenda y, además, impulsada por un Estado democrático y pagada con fondos reservados, y eso no se puede olvidar. Pero eso no justifica la violencia de ETA, claro, y viceversa. La verdad histórica de la que hablaba antes es fundamental. Un preso de ETA que no se ha arrepentido puede escribir lo que le dé la gana, pero aquí estaremos los demás para recordar los hechos reales. Se trata de un trabajo colectivo en el que la memoria y la responsabilidad tienen que tener un papel fundamental.

Si «Patria» contribuye a empezar un camino de conocimiento, elaboración y pensamiento, estupendo, pero sería una pena que quedara como el relato unívoco y definitivo

En el libro insistes varias veces en que no eres equidistante, pero aún así se te ha acusado de serlo.
Si lo repito tanto es porque sabía que me iban a acusar de ello. En El eco de disparos no me posiciono en ninguna ideología, intento tener en cuenta todos los puntos de vista, incluso cuando soy crítica con ellos, por lo que cuando alguien me acusa de ser equidistante yo me pregunto: ¿entre qué dos puntos? ¿Equidistante porque hablo de las torturas, de Lasa y Zabala? ¿Porque hablo de los GAL o de la represión policial en las calles? ¿Equidistancia ética, porque planteo que todo esto también ha sido un problema o porque hablo de mi tío, que era etarra? No lo entiendo. No consigo localizar ese punto intermedio del que hablan. Me han acusado unos y otros. Es una acusación tan vacua, pero tan dañina, que no sabes cómo responder. ¿Significa que estoy con unos y con otros? No estoy con nadie.

Haces un análisis muy duro del silencio de la sociedad vasca en su conjunto, pero queríamos preguntarte por el silencio del nacionalismo, pese a que ha sufrido la violencia y la extorsión de ETA. ¿Debería hacer también un ejercicio de explicación?
Sí, hay mucho trabajo que hacer, pero creo que han empezado. Las últimas elecciones vascas las viví con cierto optimismo. Tanto el PSOE como el PNV, con la ponencia de convivencia, dieron varios pasos importantes hacia la autocrítica. Espero que las nuevas generaciones del PNV, más desvinculadas de Arzálluz, Ibarretxe y la vieja guardia, vayan por ese camino. Respecto al PSOE, Idoia Mendia asumió en el Parlamento vasco casi como propios los crímenes del GAL y los condenó públicamente. Es decir, se han dado pasos, pero creo que para que el nacionalismo vasco sea un proyecto éticamente viable, esa autocrítica es absolutamente necesaria y tienen que reconocer que estuvieron ligados a esa construcción de otredad tan brutal que ha vivido la sociedad vasca y que sigue estando muy vigente. Yo no soy nacionalista, ni vasca ni española, y creo que estas construcciones excluyentes han ayudado a asentar el conflicto, y ahora tienen que ser capaces de desvincularse de esa tradición y proponer un nacionalismo que no esté basado en principios de exclusión.

Criticas que Aramburu, en Los peces de la amargura, representa a la izquierda abertzale desde la otredad. En tu opinión, ¿ha resuelto eso en Patria?
Los peces de la amargura me parece un libro muy valiente y que fue muy necesario en su momento, como pudo ser Ojos que no ven, de José Ángel González Sainz, pero creo que en esos cuentos situaba a la izquierda abertzale casi en un espacio exclusivo de maldad. En Patria, a pesar de que es una novela mucho más larga y con otros matices, esa representación se mantiene. Aramburu sitúa ese entorno en un microcosmos ajeno a todo lo que sea su lógica interna, donde no hay explicaciones ni motivaciones. La violencia, señala él por boca de sus personajes,​ se explica como delirio y negocio y, en ese sentido, me parece una representación bastante maniquea del ​«conflicto​»​ que refuerza concepciones ​prejuiciadas ​de lo que ha pasado y que repiten lo que había contado en anteriores propuestas. Patria es una novela de tesis​, en la que Aramburu plantea su propia interpretación del ​«conflicto​» y ​los personajes actúan siguiendo esa tesis​, ajustándose a lo que el autor necesita de ellos para explicarla​.

En tu defensa de un análisis más profundo del ​«conflicto​» que proponga un cambio imaginativo, ¿crees que Patria no es un buen comienzo?
Yo no diría tanto. Patria ha ​despertado un interés inusitado por el tema​, es cierto​. ​Pero ​algunas obras que analizo en el libro, y otras, como Martutene, de Ramón Saizarbitoria,​ ya habían encarado este tema con gran valentía y valor literario . Hay vida antes de Patria, pero creo que no había llegado a los canales de comercialización a los que sí ha llegado la novela de Aramburu. Pueden pasar dos cosas: que el interés despertado por esta novela revierta hacia otras obras que merecen ser leídas, como los cuentos de Jokin Muñoz, ​publicados incluso antes que Los peces de la amargura y ​que aportan una visión compleja, más incómoda​, ​​o​ que Patria se convierta en la única versión posible. ​Si Patria contribuye a empezar un camino de conocimiento, elaboración y pensamiento, estupendo, pero sería una pena que quedara como el relato unívoco y definitivo. Iban Zaldua ha escrito una reseña en Viento del Sur que me parece muy acertada y con la que estoy muy de acuerdo, sobre todo en lo relativo a la representación del problema. Zaldua es muy crítico, pero da en el clavo con algunas cuestiones, como la capacidad de Aramburu de abordar todos los aspectos del conflicto, pero precisamente esa exhaustividad le lleva a quedarse en un análisis muy superficial. De todos modos, quizá ​esa ​era su pretensión, construir una especie de collage en el tiempo, de personajes arquetípicos que representaran diferentes partes del conflicto. ​Lo que está claro es que Patria no es el alfa y el omega de las posibles versiones que, desde la ficción, se pueden hacer del «conflicto»: las hubo antes, y muy logradas, y las deberá seguir habiendo.​

Para conseguir una verdadera convivencia es imprescindible la memoria

Con la entrega de armas de ETA, parece que definitiva, ¿el silencio dará paso al olvido? ¿Hay riesgo de pasar página sin solucionar el tema?
Estamos educados en el silencio, y acabar con eso no va a pasar porque ETA entregue las armas que todavía tenga. Ahora es cuando empieza realmente el trabajo. Ya no hay más excusas. Falta por resolver el tema espinoso de los presos, y aunque estamos solucionando muchos problemas, el silencio es todavía uno de los más importantes. Este trabajo solo se puede hacer, como he dicho, desde el cambio educativo e imaginativo. Hay que romper estructuras afectivas enraizadas, el temor a hablar y un silencio que nace también de una estructura social de vergüenza. Vamos a necesitar muchos años de trabajo si no se edulcora la historia o se ofrecen narrativas tranquilizadoras en las que sigamos exculpándonos.

La irrupción de Podemos ha sido importantísima para potenciar otro tipo de discurso y de diálogo

¿Cuáles son las condiciones para poder hablar de paz en Euskadi?
Más que de paz, hablaría de convivencia, quizá porque el discurso de paz lo está usando mucho ETA, y para conseguir una verdadera convivencia es imprescindible la memoria. Es una falacia decir que las sociedades necesitan un periodo de olvido. La única manera de crear una convivencia real en Euskadi es a través de la memoria y de construir relatos basados en los principios de verdad, justicia y reparación. Y hay que hacerlo ahora, mientras las víctimas están vivas, y que no tengan que ser sus hijos o sus nietos los que reclamen una explicación de por qué a su padre le metieron un tiro en la nuca o por qué le tiraron por la ventana de una comisaría. Lo más urgente son las víctimas y luego, el resto de la sociedad. Nosotros también tenemos que involucrarnos en este proceso. ¿Cuántos de nosotros conocemos a alguien afectado por la violencia? Casi todos, y no hemos tenido la suficiente valentía para decirle «lo siento». En este sentido, muchos de los gestos que ha tenido Eduardo Madina son ejemplos que habría que seguir. Si normalizáramos estas iniciativas, creo que tendrían un efecto dominó sobre el resto de la sociedad, y desde las instituciones eso se puede potenciar.

¿Eres optimista?
Sí, lo soy. El boom de Patria ha despertado un camino para que el debate se abra, y ojalá sea así. Creo que la gente está interesada. En este sentido, la irrupción de Podemos ha sido importantísima para potenciar otro tipo de discurso y de diálogo, por ejemplo.

¿Qué libro recomendarías a quien quiera seguir profundizando en este asunto?Letargo, de Jokin Muñoz, y Martutene, de Ramón Saizarbitoria, sin ninguna duda.●

3 Comentarios

  1. […] Juan Gabriel Vásquez va un paso más allá y afirma tener una «consciencia exacerbada del pasado entre nosotros», en la que los recuerdos servirían al novelista «para construir una memoria personal». Pero el escritor no puede abstraerse del momento histórico en el que vive ni de la cultura en la que crea, circunstancias coyunturales que marcan, quiera o no, su obra. Así, Vásquez revela que escribe para averiguar «cómo la violencia pasada se va transmitiendo de generación en generación» para tratar de encontrar una explicación al conflicto y que «la imaginación se convierta en conocimiento» (un asunto también fundamental en la obra de Edurne Portela). […]

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