¿Por qué seguimos escribiendo? Dieciséis autores buscan respuesta a esta pregunta

«Los escritores son niños que tienen una visión prematura de la decadencia»

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«Hay una crisis en la literatura», dice José Ovejero. Escribir, explica, ya no es un arte socialmente relevante, y los escritores han sido desplazados como figuras intelectuales de prestigio. Además, han de convivir con el desánimo de contar cada vez con menos lectores (eso dicen las estadísticas) y, la mayoría de las veces, y salvo contadísimas excepciones, con unas condiciones económicas y laborales de pura subsistencia en las que han de compaginar varios trabajos. Entonces, ¿por qué seguir escribiendo?

Cartel diseñado por David Sueiro.

Para tratar de responder a esta pregunta, Ovejero unió sus fuerzas con la escritora Edurne Portela y, en lugar de pergeñar un ensayo, se lanzaron a la aventura de rodar un documental en el que plantearían esa misma cuestión a varios escritores, con el añadido de que nunca habían filmado nada y de no contar con ningún tipo de apoyo económico. Pero supieron aprovechar esa inexperiencia y el aire íntimo de las entrevistas, lejos de la aparatosidad de los grandes equipos, para romper las tradicionales barreras entre entrevistador y entrevistado. Ovejero confiesa que no desvelaban las preguntas hasta el momento justo de empezar a rodar para que los escritores «no pensasen mucho».

El resultado, después de un año y medio de trabajo, es Vida y ficción, un documental en el que dieciséis escritores tratan de responder a la pregunta a la que todo creador debe enfrentarse alguna vez: ¿por qué seguir? Evidentemente, hay tantas respuestas como escritores, por lo que el documental funciona también como un mosaico representativo del panorama literario actual en nuestro país, «un paisaje de una época», como lo define Luisgé Martín, que refleja cierto pesimismo general, pero que también supone «un ejercicio de resistencia» y «de esperanza», en palabras de Marta Sanz, aunque alejado de la autocomplacencia.

Luisgé Martín y Marta Sanz son dos de los escritores entrevistados y que acompañaron a José Ovejero y a Edurne Portela en su presentación el pasado viernes, en el Hotel de Las Letras de Madrid, en la que también estuvieron Rosa Montero, Ana Merino, Manuel Vilas, Juan Carlos Méndez Guédez y Fernando Royuela. De momento, el documental no puede verse en ninguna sala comercial, pero sus autores esperan ponerlo en circulación este otoño por distintos festivales y eventos literarios y que alguna televisión pública se interese por él.

En una opción formal acertada, y a pesar de las carencias técnicas, Ovejero y Portela graban a los escritores en entornos simbólicos. Por ejemplo, no tiene desperdicio el testimonio de Luisgé Martín junto a su pareja desde la cama, el de Antonio Orejudo luchando contra los elementos en un desierto o el de Sergio del Molino como último habitante de un pueblo abandonado.

La infancia y el pasado
El pasado y un sentimiento de insatisfacción nunca resuelto son dos de los rasgos que, si no explican por sí solos por qué escriben quienes escriben, al menos dan una pista que nos acerca al misterio, y en este cruce de caminos la infancia sería el punto crucial en el que nacería el futuro escritor.

Así, para Rosa Montero, los escritores son «niños que pierden de forma violenta la infancia» y que «tienen una visión prematura de la decadencia», ya sea de forma evidente o imperceptible; niños que aprenden muy pronto que «el tiempo mata» y que «tienen una conciencia más aguda del paso del tiempo y de la muerte». «Pero cuando eres muy consciente de la muerte eres también muy consciente de la vida», asegura en el documental.

El documental funciona también como un mosaico representativo del panorama literario en España

Esta visión de la infancia como etapa iniciática para un creador también la comparte Cristina Fernández Cubas: «La infancia es una etapa fundamental, y somos fruto de lo que fuimos entonces», afirma, un punto de vista con el que también coincide Ana Merino, quien cree que los escritores «buscan la niñez en el presente».

En este sentido, Andrés Neuman entiende la literatura como una suma del presente y «la arqueología del recuerdo», como una búsqueda del «quinto punto cardinal» en la que el «yo» no existe y es siempre una proyección de un «nosotros».

Juan Gabriel Vásquez va un paso más allá y afirma tener una «consciencia exacerbada del pasado entre nosotros», en la que los recuerdos servirían al novelista «para construir una memoria personal». Pero el escritor no puede abstraerse del momento histórico en el que vive ni de la cultura en la que crea, circunstancias coyunturales que marcan, quiera o no, su obra. Vásquez revela que escribe para averiguar «cómo la violencia pasada se va transmitiendo de generación en generación» para tratar de encontrar una explicación al conflicto y que «la imaginación se convierta en conocimiento» (un asunto también fundamental en la obra de Edurne Portela).

Dinamitar el poder desde dentro
La escritura, en cualquier caso, no se explicaría como una recreación nostálgica de un pasado idealizado, sino como un intento frustrante de detener el paso del tiempo, lo que no deja de ser otra forma de rebeldía existencial. Todas las horas dedicadas a la escritura pueden ser una tregua con uno mismo, un pacto con la ansiedad, un intento de explicación del mundo, un juego de ilusionismo para huir de la cotidianidad, la construcción de una realidad menos traumática o, por supuesto, un medio de crítica y de denuncia; es decir, la insatisfacción otra vez.

Rosa Montero.

Rafael Reig defiende que una de las funciones de la escritura es transformar el mundo dinamitando el poder desde dentro. Reig quiere una literatura que acabe con las «relaciones de poder» que dominan la sociedad, incluso en las parejas, y que impugne «el canon literario». «La parodia es el gesto fundamental de la literatura», afirma, unas palabras que podría haber dicho Antonio Orejudo, que se define como un «escritor social» que afronta la escritura desde «una actitud destructiva».

El escritor madrileño asegura que no se toma la literatura «muy en serio», porque hasta el libro más trascendente, al final, se lee en el tiempo destinado al ocio. Para Orejudo, uno de los problemas de España ha sido siempre la severidad con la que se ha afrontado la literatura, una actitud altiva en la que un libro que nos hace reír se convierte inmediatamente en sospechoso.

El fantasma de España
El documental, como decíamos, surge de una pregunta sin respuesta o con tantas respuestas como escritores ha habido, pero en esta consciente ingenuidad ―que tiene mucho de juego― radica uno de sus principales encantos y su razón de ser, ya que este ejercicio para tratar de capturar el espíritu del tiempo de la literatura española no es frecuente en nuestro panorama cultural, mucho más inclinado al confortable refugio de la elegía.

Juan Carlos Méndez Guédez: «Escribo para que los lugares no nos olviden»

Y este Zeitgeist, apunta Sergio del Molino, estaría marcado por una desideologización en la que los escritores han abandonado las novelas de tesis y sus empeños se dirigen a tratar de entender el mundo, no de transformarlo. Unos autores que huyen de la palabra «generación» y buscan una individualidad radicalmente diferenciadora, pero que al mismo tiempo son conscientes de compartir ciertos rasgos comunes ineludibles. «Ser escritor en España es peculiar y determinante. No puedo quitarme de encima ese fantasma», señala Manuel Vilas a este respecto.

Juan Carlos Méndez Guédez, por su parte, también admite la imposibilidad de «sustraerse a la actualidad», por lo que la literatura sería un punto para unir «espacios y tiempos distintos» y crear «un mapa de ensoñación». «Escribo ―sostiene― para que los lugares no nos olviden».

Aixa de la Cruz (el testimonio más joven del documental) dice sentirse parte de la última generación en la que la literatura tenía «prestigio intelectual». «Si hubiera nacido diez años después ―asegura―, hubiera querido escribir series, no libros».

La literatura, en definitiva, podría ser una forma precaria de la inmortalidad, un método para «evitar lo cruel que es existir para dejar de existir luego», tal y como reconoce Fernando Royuela. ¿Y qué hacer? «Lo importante es escribir ―afirma José Ovejero―. Seguiremos escribiendo pese a todo».●

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