Leemos «David Lynch: el hombre de otro lugar» y «Regreso a Twin Peaks»

Vuelve David Lynch (a las librerías)

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«Owl». // Autor: Sam Howzit.

Café y tarta de cereza, cortinas rojas, una serrería, jilgueros, una mujer que habla con un tronco, un asesinato y un pueblo en el que todos parecen esconder un secreto. Twin Peaks, una de las series más icónicas en la historia de la televisión, vuelve veinticinco años después, como vaticinó Laura Palmer. Con motivo del estreno de su esperadísima tercera temporada, los escaparates de las librerías también se han llenado de novedades que analizan el fenómeno creado por David Lynch y Mark Frost y que cambió para siempre la historia de la ficción televisiva. En este artículo repasamos en profundidad dos de los títulos que más nos han gustado: David Lynch: el hombre de otro lugar (Alpha Decay), de Dennis Lim, que analiza la trayectoria del director estadounidense, y Regreso a Twin Peaks (Errata Naturae), un acercamiento poliédrico a la mítica serie.


Con el reciente estreno de la tercera temporada de Twin Peaks y once años después de su última creación, la película Inland Empire (2006), se despierta el interés sobre la figura de David Lynch. En este sentido, David Lynch: el hombre de otro lugar (Alpha Decay), de Dennis Lim, es una extraordinaria aportación al universo lynchiano, una guía muy precisa de todas las claves para acercarse al creador, a su «visión lúdica y surrealista de la biología», a su «curiosidad sensual» y morbosa, al uso de los contrastes y los tópicos, forzados «casi hasta la ruptura» para así «encontrar emoción en el artificio» o a su preferencia por los «ambientes cargados», la fealdad, la tristeza y el absurdo.

David Lynch: el hombre de otro lugar es un compendio biográfico y ensayístico de la obra del extravagante cineasta estadounidense. Lim, periodista y realizador audiovisual, basa su información en entrevistas con Lynch, propias y ajenas, y en la abundante bibliografía que sobre el cineasta hay disponible. Con un estilo fluido y sugerente, Lim aporta numerosos detalles siempre pertinentes sobre la elaboración de cada una de las películas de Lynch, destacando la importancia cronológica y las circunstancias en torno a la financiación y producción de los filmes. Como añadidura, Lim desliza diferentes pistas e intuiciones muy útiles para esclarecer en parte el intrincado mundo lynchiano.

El libro se encuadra en la colección «Héroes modernos» de la editorial barcelonesa. Si consideramos que en la misma serie figuran textos de escritores como Alejandro Zambra, Mark Z. Danielewski, Tao Lin o Lydia Davis, y hasta del músico Micah P. Hinson, cabría preguntarse el porqué de la inclusión de David Lynch junto a estas personalidades literarias. Así se describe la colección en la web de la editorial: «Serie de ficción y ensayo centrada en el descubrimiento de nuevos talentos: jóvenes de edad o espíritu, vivos o muertos». Sabido es que el libro de Lim se encuadra en el género interpretativo y no en la ficción y que Lynch no es precisamente un nuevo talento, por lo que hallamos el motivo en la expresión «joven de espíritu». En efecto, el comportamiento que Lynch adopta en su vida artística, y aun personal, encaja mejor en el proceder juvenil de no adaptarse a los preceptos sociales de la normalidad, mantenerse al margen de ellos para preservar la energía, el vigor y la frescura de su creación personal. Ahí sí, David Lynch es un héroe moderno.

Además de su actitud, Lynch ha contribuido a crear para la cultura popular el concepto de «lo lynchiano», que, como «lo quijotesco» o «lo kafkiano», remite a un concepto mucho más amplio, contenedor de toda una idiosincrasia y estética más o menos concretas. Según Dennis Lim, lo lynchiano «es a la vez fácil de reconocer y difícil de definir», definición aplicable al mismo autor: «La primera vez que le pedí a David Lynch que definiera la palabra “lynchiano”, cambió de tema», declara Lim sobre el escurridizo cineasta. «Lynch abomina de la interpretación».

Así pues, la ardua tarea que Lim se impone durante unas 250 páginas es la de desentrañar la idea de lo lynchiano, apoyándose en todo momento en los datos más fiables que estuvieron a su alcance durante la composición del libro. Sorprende además el exquisito rigor a la hora de analizar escenas, imágenes y personajes de la cinematografía de Lynch, sin permitirse la interpretación gratuita, pero tampoco sin desechar la intuición, especialmente valiosa en este caso. Y es que Lim entiende que «Lynch es más que la suma de sus efectos. Un catálogo de cosas raras no da cuenta de la irreductible extrañeza y poder de sus películas, ni de la fascinación que ejercen».

Fan declarado del cine del director estadounidense, a Lim ante todo le preocupa que su obra se entienda como un fenómeno cultural que trasciende el propio arte cinematográfico: «El gran logro de Lynch es haber introducido en el gusto mayoritario una estética esencialmente vanguardista». Logro nada menor si tenemos en cuenta que sus películas cultivan una árida «intimidad psicológica», de ahí que sea complicado «entenderlas si no es de una manera personal». No obstante, en este punto cifra Lim la clave para que podamos acceder a las películas de Lynch, que «nos invitan a sumergirnos en ellas» con una intensidad que las diferencia del resto de las producciones coetáneas.

David Lynch: el hombre de otro lugar revela también cómo se gestó ese «otro lugar», dándole a la «deprimida Filadelfia posindustrial» un papel fundacional en la «mitología personal» del creador. Porque tras la aparente armonía de lo cotidiano, Lynch comenzó a percibir «otra fuerza —un terrible dolor y decadencia— que lo acompaña todo», como confiesa él mismo. He ahí el extraño submundo que Lynch se dispuso a retratar en su arte: una «mezcla volátil de miedo y deseo» que permanece latente. Y lo hace a través de las videoconstrucciones, del cine, la música o la pintura, como demuestra el último documental sobre su obra, The Art Life.

Una guía que, al fin y al cabo, no pretende ni puede terminar de explicar esos extraños relatos lynchianos, sino aportar posibilidades para el misterio, como la propia cinematografía de Lynch. Y es que, como escribió Jorge Luis Borges, «la solución al misterio siempre es inferior al misterio».

Regreso a Twin Peaks
Siguiendo su habitual línea editorial, Errata Naturae nos presenta, de la mano de varios autores vinculados de una u otra forma con lo audiovisual, una mirada profunda y poliédrica pero siempre integradora sobre Twin Peaks.

Durante este largo periodo de espera, podríamos catalogar de infinitos los adjetivos que han tratado de explicar la singularidad que hizo de esta serie un fenómeno social en su momento, aunque, probablemente, sea el concepto de «serie de culto», ese indefinido contenedor de vaguedades, uno de los más empleados, sin tener muchas veces en consideración aspectos no tan positivos de la serie, de tal forma que «las trampas de la nostalgia», en palabras de Nacho Vigalondo, podrían estar reclamándonos un reformulación más justa de esa expresión (no tan) matemática por la cual «culto» sería igual a desmemoria más tiempo.

Sea como fuere, y a través de trece textos breves sin un orden cronológico aparente (lo que permitirá al lector ocasional la posibilidad de saltar de uno a otro en función de intereses personales si así lo quisiera), lo que tenemos entre nuestras manos es una sustanciosa síntesis de los inagotables ríos de tinta que sobre Twin Peaks se han derramado.

[ADVERTENCIA: como sugiere el propio título del libro, este iría destinado especialmente a aquellas personas conocedoras de antemano de la trama de la serie, aunque pueden acudir a él, evidentemente, personas no iniciadas, bajo riesgo de revelaciones argumentales no deseadas.]

El volumen se abre con la transcripción de una entrevista que David Chase, creador de Los Soprano y reconocido seguir de Twin Peaks, concedió a la revista New York Magazine; una breve aportación sin especial trascendencia, más allá de la importancia que una figura como Chase ha tenido en la redefinición del concepto de serie de televisión «de culto» desde la aparición de las cadenas estadounidenses de televisión por cable. Con todo, Chase nos adelanta lo que será la tónica del resto del libro: la evolución, esencialmente en lo que respecta a «la estética y el tono», que la aparición de David Lynch (pintor antes que cineasta) y Mark Frost (guionista curtido en los métodos de trabajo en televisión) supuso para una nueva generación de espectadores hartos de «franquicias de policías, jueces y abogados».

Si para Chase uno de sus principales recuerdos serán los colores de Twin Peaks, para el director español Nacho Vigalondo su primer recuerdo del universo lynchiano sucedió en el extinto territorio del videoclub, gracias a un montaje alternativo del episodio piloto presentado internacionalmente como proyecto independiente y autoconclusivo (fórmula habitual de explotación entre las grandes cadenas norteamericanas). Con un ideario entre el escepticismo (resultado de determinadas «decisiones improvisadas» forzadas por la producción) y el fervor devoto, un Vigalondo «arrebatado por David Lynch» reconoce que «ese impacto» le hizo verse «como futuro cineasta». Nostálgico.

Imbuidos por el irresistible magnetismo de la, a un tiempo, vanguardista y artesana figura de Lynch, la más jugosa aportación del libro correrá a cargo del propio Lynch por medio de una entrevista en la que el director norteamericano confiesa sus reparos por trabajar en un medio «dominado por quebrantadores de sueños [los anuncios] y una programación arbitraria». Sus profesionales inicios marilynmonronianos con Mark Frost, aclaraciones sobre el significado real del final de la segunda temporada, la frustración de Lynch al ver cómo, con su ausencia durante la segunda temporada, la serie comenzó a diferir de su idea inicial, o de cómo el inmortal tema musical compuesto por Angelo Badalamenti no terminaba de convencer a su autor, completan unas líneas con las que el lector va atisbando el innegable carácter rebelde de un creador indómito.

Tras Lynch, el compositor y profesor Michel Chion nos regala el análisis más técnico en lo que a forma y fondo se refiere. Si el de David Lynch era el más sustancioso por revelador, el texto de Chion es, tal vez, el más minucioso e iconoclasta. Al exhaustivo relato del argumento se le suman opiniones sobre la supuesta diferencia entre cine y televisión, la categorización de personajes arquetípicos en la serie, una no tan extravagante teoría de filiación entre el propio Lynch y el agente Cooper («un James Stewart llegado de Marte»), afinidades varias con la Ilíada y la Odisea o ese «carnaval de géneros», con la música de Badalamenti como elemento unificador, que es Twin Peaks. Todo ello termina por revelar que, en realidad, «Twin Peaks sobrepasa a sus autores». Imprescindible.

De la mano del escritor, periodista cultural y guionista Enric Ros nos sumergimos, con visión freudiana, lacaniana e, incluso, bosconiana, en las referencias cinéfilas (Laura, de Otto Preminger; Vértigo, de Alfred Hitchcock) de las que bebe Twin Peaks. Si logramos sobreponernos al, por momentos, lenguaje técnico de Ros, comprobaremos que, como parece querer contarnos David Lynch, la malignidad, ya sea en su forma humana o escondida en la naturaleza, encuentra su campo de cultivo ideal en mundos en crisis, sentimentalmente enfermos, aunque de aspecto inocentemente casero, con olor a café y pastel de cereza, «testimonio de un fracaso del proyecto humano» tanto como del «proyecto edénico norteamericano». Recomendable.

Más adelante, los profesores Fernando de Felipe e Iván Gómez nos presentan a cuatro manos la prescindible (en tanto que repetitiva) filiación de Twin Peaks con esa parte de la maquinaria hollywoodiense que ha hecho de la lágrima fácil (Titanic, Ghost, etc.) su razón de ser; mientras que el ensayista Michael Thomas Carroll disecciona con pedagogía colegial las sólidas estructuras míticas sobre las que se sustenta su narrativa para terminar derivar en muestrario de la propia mitología estadounidense. Entre medias, el profesor Aarón Rodríguez Serrano plantea la posibilidad de que el dúo Frost/Lynch encuentre en los personajes del agente Cooper y de Killer Bob a sus alter ego catódicos: «El bien contra el mal, dos maneras de habitar el mundo, […] un mundo suficientemente cercano para resultar reconocible para el espectador y suficientemente extraño para atraparlo», en palabras de Serrano.

El texto quizá más lírico del conjunto nos llega en las palabras de Iván Pintor Iranzo, para quien el motivo sobre el que se cimenta toda la obra lynchiana es el cadáver femenino, un cadáver que desencadenará todo un torrente de emociones: sollozos, aspavientos, desconsuelos… En definitiva, toda «una antología del sufrimiento» como parte de una «poética de la emoción» en Lynch. Poético.

Avanzamos un poco más por esta hagiografía lynchiana y, cuando parece que vamos a asistir de nuevo a un decálogo de lugares comunes sobre Twin Peaks, el escritor Hilario J. Rodríguez se desmarca con un inesperado relato confesional sobre la consciencia de haber formado parte del proceso de «transformación en el espectador» que Twin Peaks originó; un espectador hipersensitivo cuyo mejor y más fiel compañero sería el reproductor VHS y, muy especialmente, su mando a distancia. Sorprendente. [Nota: pese a la calidad del artículo, hay pocos casos como este en el que las aclaraciones al pie aportan tanto o más que el texto principal.]

Cuando nos adentramos en los tres últimos textos del libro, el ensayista Carlos Losilla nos asalta con el relato más denso del conjunto (para el no iniciado), so riesgo de perder al lector en el fuego cruzado de reflejos, dobles, retratos, ensoñaciones y referencias fílmicas en la vana intención de Losilla por resolver que «esa imagen de la joven bella y luminosa [Laura Palmer] puede convertirse en algo que va más allá de lo que acaba diciendo la propia serie». Sobreinterpretado.

Tras las (sobre)impresiones anteriores, la profesora Raquel Crisóstomo propone un «curioso ejercicio de memoria individual y colectiva» para tratar de confrontar (eso sí, unilateralmente) si los «recuerdos que guardan los espectadores de la primera vez que vieron la serie suelen estar ligados a la estética de la misma». Con un estilo directo y concreto, yendo de lo particular a lo general, Crisóstomo ofrece un sugerente estudio de los colores que inundan Twin Peaks para concluir que «la experiencia, la memoria, el marco cultural y contextual de un individuo varían de una sociedad a otra e intervienen directamente en esa lectura de la imagen».

Cierra el volumen un improbable relato a cargo del escritor Rick Stoeckel en el que Diane, la omnipresente y a la vez incorpórea asistente del agente Cooper, relata la rutinaria existencia de una mujer atrapada entre las infinitas cintas de casete que recibe de los agentes que tiene asignada y sus liberadoras charlas en la consulta del doctor Johansson para avisarnos de que «la oscuridad está llena de secretos».

Al final, cuando cerramos la última página de Regreso a Twin Peaks («primera serie que se concibe a sí misma como objeto artístico que [ad]mirar»), el lector confirma sus sospechas sobre la decisiva responsabilidad que la figura de David Lynch y su espíritu burlón tienen en ese supuesto «culto» rendido a la serie, debidamente encorsetado por su inusitado compañero de viaje Mark Frost, junto con altas dosis de mercadotecnia, dentro de lo que ha venido a ser, sin género de dudas, una gran operación de nostalgia.

Porque, a falta de sentido, Lynch siempre «nos regala los ojos con misterio y belleza», y una brecha en los rígidos e implacables muros de la producción televisiva es para él «una (retorcida) invitación a la aventura» (D. F. Wallace dixit).●

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