Seis jóvenes novelistas debaten sobre el estado actual de la literatura juvenil

«Somos gente de nuestra edad escribiendo para gente de nuestra edad»

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Foto: Rubén Rojas.

Auditorio de CaixaForum Barcelona. Ante unas doscientas personas, Anna López, editora de Plataforma Neo, y seis jóvenes novelistas —las seis ganadoras del Premio Literario La Caixa/Plataforma— conversan sobre la situación presente de la literatura juvenil. ¿En qué consiste este tipo de literatura?, ¿cuál es su consideración social?, ¿qué papel juega en nuestras modernas sociedades? o ¿de qué forma influye sobre los jóvenes lectores? son algunas de las cuestiones que tratan de desentrañar. Y lo hacen con soltura, con seguridad y con un gran conocimiento de lo que se cuece en el mundillo.

Una definición
Toma la palabra Laia Soler (Lleida, 1991), para quien el marco creativo de la literatura infantil y/o juvenil no está marcado por la edad, sino que es «una cuestión de tema». En este tipo de obras «lo central es algo que preocupa a los jóvenes en general, porque al final de lo que habla la mayoría de novelas juveniles es de encontrar su sitio, que es algo que todos los jóvenes necesitan hacer». Mónica Baños (Sabadell, 1996), la última ganadora del certamen, coincide: «Encontrar mi lugar en el mundo ha sido básicamente mi tema en los últimos cinco años».

La idea es algo así como el primer estadio de una novela de aprendizaje, la tradicional bildungsroman que ya practicaran Proust, Thomas Mann o Herman Hesse. Es decir, que la frontera con respecto a la literatura llamada adulta no está tan clara: «Las historias te vienen solas. No es que tú te sientes frente al teclado y digas “voy a hacer una juvenil”», explica Alexandra Roma (Madrid, 1987), la mayor de esta mesa redonda de jóvenes escritoras. Es decir, que el tema, el sentimiento o el alma de la historia se le presenta al escritor por sorpresa: «Cuando te llega sabes si va enfocada para el juvenil o para el adulto o para los dos, porque uno no veta al otro».

La literatura juvenil, como cualquier otra literatura, permite a sus autores hablar de sus preocupaciones inmediatas. «Yo, por ejemplo, hablo de las cosas que a mí me importan», reconoce Clara Cortés (Madrid, 1996). «O sea, si me preocupa un tema social, discriminación… pues al final lo plasmo». Hay libertad creativa, vamos conociendo, y un acercamiento muy personal: «Somos gente de nuestra edad escribiendo para gente de nuestra edad». Ello supone el final de la condescendencia de la literatura anterior, de las adaptaciones y de las rebajas en la dificultad, pues el lector de literatura juvenil entiende que «estamos hablando en un mismo idioma». «Estas son las historias que yo quiero leer o que querría haber leído», reivindica la escritora madrileña.

La consideración social
En opinión de Andrea Tomé (Ferrol, 1994), «se tiene muy infravalorada la literatura juvenil en general, y parece que porque estés dirigiendo una novela a adolescentes tiene que ser algo tonto, que no puede tratar temas profundos. Y si los trata, que no los va a tratar de la misma manera que la literatura para adultos». También Clara Cortés confiesa sentirse molesta por tener que hablar «dentro de una etiqueta que tiene muchísimas críticas injustificadas».

La literatura juvenil debe soportar el peso del esnobismo y del purismo literario, quieren decirnos, incluso ya desde la infancia, pues reconocen no sentirse identificadas con la literatura juvenil que, según Laia Soler, «prescribían en el colegio; libros superasépticos, que no conectaban». La nueva literatura juvenil, sin embargo, trata de lo que interesa a sus autores, pero también a gente que quiere escuchar esas mismas cosas porque está pasando por lo mismo. Así pues, «no son libros de baja calidad», defiende Alexandra Roma, «hay una serie de experiencias que nos acompañan»; son libros que «te ayudan también a ver el foco».

Y además de escritoras, mujeres. Como siempre, la cuestión de género está presente: «Si eres mujer y tienes un elemento romántico en tu novela, tu novela es automáticamente romántica. Si eres un hombre y tienes un elemento romántico, tu novela es profunda», se queja Andrea Tomé. Efectivamente, que la portada sea rosa «no significa que todo se resuma en eso», advierte Mónica Baños.

La diversidad, la inclusión social
Curiosamente, las obras de literatura infantil y juvenil «son las que más están metiendo baza en esto, y las que más se están atreviendo a mostrar tus puntos de vista», señala Andrea Tomé. Ya no se trata de cumplir una agenda de temas y puntos de vista, como se hacía en las obras canónicas propuestas para su estudio académico; ahora se hace «porque realmente la sociedad es así». Estas autoras han encontrado un lugar en el que pueden hablar de sus realidades cercanas: «No te voy a contar un libro que es el manual de la ansiedad, te voy a contar un libro de personajes que viven una vida como la de cualquier lector, con los que te puedas identificar y que te sirva de algo», comenta Clara Cortés.

Es por esto que este tipo de literatura tiene una «determinada responsabilidad» a la hora de transmitir ideas a los lectores, jóvenes sobre todo, pero no solo. Para Jara Santamaría (Zaragoza, 1990), «hay que tener mucho cuidado con los mensajes que mandamos», y en especial con la escritura de los personajes femeninos, sobre los que conviene hacer una reflexión previa: «¿Realmente son todo lo fuertes que yo creo que puede ser un personaje femenino o estoy plasmando todos esos clichés que llevo leyendo desde pequeña?». Y es que, como recuerda Alexandra Roma, «tú eres una voz que hay gente que va a escuchar», con lo que cobra mayor importancia el hecho de dar cabida a la diversidad de roles y perspectivas: «Se ha centrado mucho la literatura durante muchos años en pareja, blanco, heterosexual, etc. Y todo el mundo se merece tener un libro en el que se sienta protagonista».

Hay un tratamiento novedoso de la cuestión sexual pero también de las preocupaciones, las enfermedades y los trastornos contemporáneos; el objetivo es dar voz a toda esa gente «que no aparece en las historias», dice Clara Cortés. Pero «hablar desde ellos, no hablar de ellos como un medio para contar otra cosa». Es decir, que «hay muchas formas de abordar el problema, pero hazlo bien». De igual forma, la escritora madrileña tiene muy claro que «hay cosas que no me corresponde contar a mí». La clave, para Andrea Tomé, es intentar «mantenerte en lo que tú sí que controlas y en lo que sabes que vas a saber representar»; no sin dejar de arriesgar, sin transitar otros universos que están fuera de tu zona de confort, apunta Alexandra Roma.

La interacción con los lectores
En un punto importante coinciden las seis jóvenes novelistas: se sienten mucho más cercanas a los lectores, lo que, según estima Laia Soler, «está haciendo que se lea mucho más literatura nacional». Es indudable que las redes sociales virtuales han intervenido para potenciar la relación entre emisores y receptores: «Se han creado comunidades y puedes ver, reseñar, compartir opiniones. Conoces un abanico mucho más grande de libros», comenta Alexandra Roma. Lo confirma Andrea Tomé: ahora «es muchísimo más fácil saber lo que piensa cualquier lector»; esto es, puedes conocer «realmente el impacto que tienes con tus novelas».

Tan directo es el canal de interacción con los lectores que «tienes que aprender a filtrar» las opiniones y comentarios negativos, porque, según Alexandra Roma, «al final somos muy inseguros»; «y si emocionalmente no eres fuerte, te puedes hundir». No obstante, Clara Cortés tiene claro que «es imposible gustar a todo el mundo».

El futuro
Siempre es difícil predecir, pero Laia Soler se conforma con la literatura juvenil estuviera, en los próximos años, «más valorada», y también con «que los adultos se hubieran adentrado» en ella y «que hablaran sabiendo de qué hablan». Para que esto suceda, Andrea Tomé considera que antes habría que desterrar esa idea que tienen los adultos de que «los problemas son más pequeños porque una persona sea más joven». De esta forma se daría un primer paso importante. Porque, en el fondo, nos recuerda Laia Soler, «bebemos de lo que consumimos a nivel cultural». Y cada vez más se está consumiendo literatura juvenil, por lo que aún resulta más esencial que los jóvenes lean libros que incluyan «referentes válidos» y no aquellos «donde el chico le dé órdenes a la chica sobre cómo vestir y eso sea percibido como algo normal».

Así pues, advertidas de su responsabilidad, estas seis jóvenes novelistas siguen trabajando en la construcción de nuevos valores para un público joven. Aunque no estaría de más que muchos adultos empezaran a tomar nota.●

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