Un traficante de sueños; de los suyos

«La vida negociable», de Luis Landero

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Hugo Bayo podría ser el alter ego de Lino. Me explico: si antes de adentrarte en La vida negociable (Tusquets, 2017), lo último de Luis Landero, has leído Absolución (2012), su anterior ficción, es probable que los protagonistas de las dos novelas se te parezcan, que los dos te desesperen en determinados momentos cuando huelas el drama que les acecha, de manera tan clara como una tormenta en verano, y te muerdas el labio inferior al entender que van directitos hacia el ojo del huracán. Conscientes y serenos, incluso.

«No hay pena que no se acobarde ante el empuje de la acción». Esta sentencia, que pertenece a la mente de Lino, podría encontrar acomodo perfectamente entre las 333 páginas de La vida negociable. Como el treinteañero infeliz que no deja de huir en Absolución, entre pensar y actuar, Hugo acaba siempre optando por el segundo verbo. Siempre hacia adelante, como el agua que se filtra buscando siempre avanzar, sin importar lo que se lleva consigo.

Y así es desde que es un crío, cuando un secreto compartido le saca de la infancia de un bofetón y convierte a su madre, tan dulce y bella que se podría haber «enamorado locamente de ella», en una mujer pérfida a sus ojos, con la que entabla una relación antinatural sobre la que pivotará su vida de ahí en adelante.

Esa confidencia, que le hace descubrir «el poder que otorgan los secretos», le llevará también a una nueva dimensión de la amistad, del amor y del sexo, a su manera, sobre la que va construyendo su existencia, apoyada también en la enseñanza moral que trata de inculcarle su padre para autojustificarse: «En la vida todo es negociable».

Con esta máxima crece Hugo, empujado por las contradicciones permanentes en las que vive, en negociación constante con su pasado y su presente, con una idea del futuro que no se sostiene. Como si hablara ante un psicólogo, cuyo juramento hipocrático le permite mostrarse tal cual es, sin paños calientes, el protagonista es sincero consigo mismo y, por tanto, con el lector, aunque a veces caiga en el autoengaño y en la justificación. «¿Pena? Ellos son los que tienen que sentir pena por mí, por haberme criado entre el vicio y la mentira. Ellos son los corruptos».

En esta vida justificada, trata de ser franco consigo mismo y con el relato que nos ofrece en primera persona, excepto cuando, ¡ay!, se deja embargar por una nueva ilusión y piensa que esta vez, sí que sí, es auténtica y verdadera y definitiva. Así es cuando se imagina en un casa en el campo rodeado de animales, como un empresario de éxito o un agente de seguridad, aunque al final acabe entre tijeras y peines, resignado a la profesión que aprende en el servicio militar, la etapa más placentera, que nos regala alguna escena berlanguiana.

La paz, como antesala del drama
Pero no, cuando llega la paz a su vida, solo lo hace como antesala del drama. Es solo la calma, el descanso, antes de la tormenta, que se huele, que llega. Y solo al final (no os hago ningún spoiler) el labio mordido se convierte en una tímida sonrisa. Joder, Hugo, lo has entendido. O eso parece.

En La vida negociable, Luis Landero vuelve a desplegar un catálogo de personajes extravagantes, con defectos tan patentes que llegan a ser odiosos, amorales o, al menos, con una moral relajada, que se mueven en micromundos desde los que contemplan escépticos al resto. Y el conjunto sirve al escritor extremeño para hilvanar una teoría existencial que, contra todo pronóstico, tiene una moraleja optimista.

El resultado es una novela amarga pero divertida. Triste, dura y descarnada por momentos, pero ágil en su paso del drama a la comedia, la novela policíaca e incluso el folletín. Como la vida misma de este Hugo, del que, al final, no sabemos si tiene remedio.●

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