Los premios son un asco

«Moonlight», de Barry Jenkins

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Sorprendemos a nuestros dos críticos cinematográficos a la salida del cine para que nos cuenten qué les ha parecido Moonlight, el drama de Barry Jenkins que se ha alzado con el Óscar a la mejor película. Un premio excesivo, dicen…


Borja Efe Eme: Creo que ya sé para qué sirven los Óscar: para ir a ver películas que no quiero ver.

Rubén Rojas: No sé por qué no ibas a querer ver esta película, con Óscar o sin él.

Borja Efe Eme: Porque me parece que Moonlight no encierra ninguna película singular, diferente, como hace suponer el hecho de ser designada como la mejor película de 2016 para la academia de cine americana. Si no fuera por eso, no hubiera ido a verla.

Rubén Rojas: No le daría tanta importancia a un premio, porque solo es eso. A mí sí me parece que la película tiene cosas que la hacen única: para empezar, el tema.

Borja Efe Eme:¿Qué quieres decir, Patronio?

Rubén Rojas: Es evidente que los temas de la homofobia y de la homosexualidad reprimida tienen muchos antecedentes. La novedad aquí es el entorno social en el que se produce: comunidad negra y contexto del trapicheo.

Borja Efe Eme: Efectivamente. Pero creo que el cine vuelve a llegar tarde a un tema que ya se viene trabajando desde hace tiempo en la televisión (ahí está el ejemplo de The Wire) y, sin embargo, pretenden venderlo como algo novedoso. Al fin y al cabo, no es más que otra historia de maduración, con los ya manidos problemas de orientación sexual dentro de un ambiente intolerante.

Rubén Rojas: Buf, es que temas novedosos en cine o literatura hay pocos o ninguno. Y se pueden reducir a un puñado. Sí es un tratamiento novedoso, que no ocurrió con Omar Little (The Wire): el desarrollo de una personalidad de un chico gay desde su infancia hasta verlo convertido en gánster callejero. El entorno (gueto) e idiosincrasia de jerarquías es lo que genera un enfoque diferente al argumento: como historia de aprendizaje clásica y como exploración de la propia sexualidad.

Borja Efe Eme: Tengo la sensación de que si esta película sobre la minoría negra como protagonista, con la, a su vez, minoría homosexual como motor de la historia, no se hubiera realizado en el contexto actual de enfrentamientos urbanos entre negros y la policía estadounidense (mayoritariamente blanca) de los últimos tiempos, no habría ganado el premio a la mejor película. A los académicos les gustan más banalidades tipo La La Land…

Rubén Rojas: Lo mismo tienes razón, pero reflexionar sobre los premios y los motivos socio-políticos daría para otra conversación en exclusiva. Lo que digo es que un director o una película no tienen la culpa de ser premiados. Quiero decir que el peso de la responsabilidad se la pone el público. Jenkins ha intentado acercarse a un problema minoritario de una minoría racial estadounidense. Y en ese marco, además, se ha centrado en un personaje concreto, Chiron, diseccionando su psicología en tres etapas de su vida. En mi opinión, una labor meritoria por complicada, sobre todo si esta personalidad es poco habladora y tendente al hermetismo, como no puede ser de otro manera conociendo sus situación familiar y social.

Borja Efe Eme: Los premios son un asco y, desde luego, Moonlight no tiene la culpa de recibirlos. Solo quería hacer notar mi recelo al respecto. Volviendo a la película, tengo que decir que, por supuesto, tiene cosas buenas, pero creo que no han sabido o querido desarrollar de forma adecuada, precisamente por esa estructura en tres actos que divide la historia. Me refiero, por ejemplo, a la primera parte, la de la infancia de Chiron (Little), donde un niño de apenas siete años se cuestiona su orientación sexual (concretamente, cuando le pregunta a un adulto: «¿Qué es un maricón?»). Pero cuando eso sucede, nos topamos con una elipsis que nos lleva a su segundo bloque, el de la adolescencia. Mal, Barry Jenkins, mal.

Rubén Rojas: Es un hecho la marginación de sexualidades que no coinciden con la institución familiar o de ciudadanía, en la línea de la economía capitalista y la reproducción cristiana. En su infancia, Chiron se enfrenta a todos los elementos de una vez: padre ausente, madre drogadicta, entorno jerarquizado en roles y géneros, pobreza, falta de trabajos «legales»… No veo inverosímil que un niño de siete años se pregunte estas cosas. Además, no es que se cuestione su sexualidad, solo quiere saber si es «maricón», que es lo que le dicen habitualmente. Pero yo no lo sacaría del ámbito de las palabras ni lo llevaría a un problema de conciencia.

Borja Efe Eme: A eso me refería, excelente amigo. Me parece fascinante que el director nos introduzca en ese momento íntimo en el que el muchacho nos revela una de sus preocupaciones: compañeros de colegio que le agreden verbalmente (hete aquí también el tema de la homofobia), pero me resulta frustrante que, en ese momento, el director decida llevarnos unos años adelante en la narración. Me da la sensación de que Jenkins tenía demasiada prisa por hacer avanzar la película hasta el siguiente capítulo: un Chiron adolescente que se topará con nuevos ritos de paso (peleas, apodos como reflejo de búsqueda de esa identidad, contactos con chicas, etc.). Visualmente, tampoco me parece innovadora. Parece evidente que bebe mucho del formato televisivo, con esa cámara al hombro que trata de sumergirnos en la vida diaria de los personajes y desenfoques que subrayan el sentimiento de desconcierto. Aunque sí destacaría el uso del sonido: esos momentos en los que el protagonista se queda absorto en su mundo mientras su madre «colocada» o la psicóloga del colegio se dirigen a él. Me parecen muy sugerentes.

Rubén Rojas: Por supuesto, no es solo la elección del tema y el punto de vista, la película también tiene una serie de méritos técnicos y narrativos. En esa línea está una de mis escenas favoritas, que además creo que es la idea central de la película. Me refiero a la escena en la playa, cuando el camello que lo apadrina, Juan, enseña a nadar a Little (Chiron). El niño se tumba sobre el mar, Juan le sujeta la cabeza y le dice que se relaje, y solo entonces le ofrece la libertad del mundo. Es una escena sutilmente poética, muy bien rodada con la cámara junto a ellos, en el mar. Justo después, sentados en la arena, le habla de la luz de la luna cuando incide sobre los negros, que los hace parecer de color azul (blue), o de color tristeza, que también se podría decir. He ahí el primer rito de paso de los que hablas: el bautismo.

Borja Efe Eme: Sí, estoy de acuerdo. La película tiene algunos momentos simbólicos interesantes. Uno es este que comentas del bautismo, que vincula desde ese momento al niño sin padre con su nuevo padre adoptivo, quien será, a su vez, reflejo del devenir de un Chiron adulto y que se hará llamar Black.

Rubén Rojas: Claro, es imagen especular, incluso en el pañuelo negro de la cabeza. Y Black es el primer nombre que elige para sí mismo. Chiron aprende a usar el lenguaje para darse identidad. Y curiosamente elige un color como apodo, el color de su raza, con lo que hay una aceptación de su posición desde dentro. No hay dominación exterior, sino autoconsciencia, me parece.

Borja Efe Eme: Pero como te decía, esos logros de Jenkins se alternan con otros, en mi opinión, bastante forzados, como la pelea entre Juan y la madre de Chiron cuando este descubre que ella es drogadicta. O la reconversión en gánster de medio pelo de Chiron a partir de que se lo lleve la policía a un centro de menores tras enfrentarse a los abusones del instituto. Me parece que hay una búsqueda premeditada de dramatismo que no le hace bien al relato.

Rubén Rojas: Sobre lo primero que dices, yo no lo veo forzado, la verdad. Juan tiene un dilema moral: por primera vez tiene delante el problema derivado de su profesión de camello. Una elección de vida que le lleva a tener un estatus económico asentado, pero que provoca desajustes y daños en otras personas y familias. Little está al final de esa cadena de relaciones. Por un lado, Juan cree poder defender a su apadrinado; por otro, se enfrenta a la hipocresía intrínseca de su trabajo. No sé si me explico. La elipsis de la que hablas quizá resulte radical: del Chiron callado y endeble al gánster de barrio con músculos y dientes de oro. Entiendo que el director no ve necesario narrar este salto, sino centrarse en lo esencial que nunca cambia: la sensibilidad, la fidelidad y la memoria de aquel niño

Borja Efe Eme: Esas dos peleas entre Juan y la madre y el salto del apocado destino de Chiron al mundo de las drogas me suenan a la fórmula habitual de «si no hay conflicto, la narración no avanza».

Rubén Rojas: Juan es el «padrino» de Little y el camello de su madre: no es fácil su problemática. Creo que se solventa bien con una actuación contenida de Mahershala Ali. Se ve la rabia, pero sin dramatismos y sin agresividad. En general, creo que todas las decisiones del director están marcadas por la sensibilidad y una sólida concepción moral sin prejuicios ni maniqueísmos. El director se ha acercado mucho a la historia, y se nota.

Borja Efe Eme: Es probable que la haya vivido de cerca, sí.

Rubén Rojas: Yo no veo efectismos ni dramatismos. Al contrario: si de algo me parece que peca la película es de rigidez o frialdad en algunos momentos que deberían ser algo más sentidos. Por ejemplo, el momento en que se reencuentran Black (ya adulto) y Kevin, el antiguo compañero de clase con quien perdió la virginidad y ahora, cocinero en un bar de carretera. Esa escena en la casa de Kevin podría haber dado más de sí. Hay excesivo silencio, no siempre elocuente, y una intención difusa. Quizá la gente deba saber al acercarse a ver Moonlight que en realidad es una película más pequeña y sencilla (y callada) de lo que su Óscar a la mejor película se supone que dice.

Borja Efe Eme: Por otro lado, como ciudadano «de secano» que soy (esto es, de Madrid), me gusta también la importancia que el mar, el agua, tiene en la película, como ya antes comentaste: la escena del bautismo como iniciación a la vida, pero también a su primer encuentro sexual en la playa, así como la idea no puesta en palabras del suicidio que le ronda permanentemente en la cabeza al protagonista y que tiene precisamente en el mar su posible medio para lograrlo.

Rubén Rojas: Desde luego, símbolo de su bautizo pero también de su (re)nacimiento. Y símbolo de la libertad: el mar es la salida a su opresión.

Borja Efe Eme: Por terminar, que mi principal crítica a la película sea la que el propio Chiron le hace a su amigo de la infancia, Kevin: «Si tú no me conoces». Y es cierto. En realidad, no parece que nadie se conozca y, sin embargo, todo es siempre tan sufrido… Como queriendo contar mucho sin decir nada, tanto el director como los personajes. Para mí, que la Academia ha querido decirnos algo así como que «lo bueno, si negro, dos veces bueno».

Rubén Rojas: Yo creo que el sufrimiento y el dolor son sentimientos difíciles de expresar. El director lo fía casi todo a la expresividad de sus actores, y ahí unos están más inspirados que otros. Me parece, y con esto acabo, una película de personajes, con todo lo que ello conlleva, para bien y para mal. Y en este caso, debo decirte, mi interlocutor y sin embargo amigo, que ha sido para bien.

Borja Efe Eme: Bueno, pues ahora lo mejor será que nos tomemos unas cañas para olvidarlo todo… Pero contigo no, bicho.●

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