Una lúcida reflexión sobre la aceptación y la culpa

«Mi verdadera historia», de Juan José Millás

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«Jeremías». // Autor: Javier Cárcamo.

La última aportación de Juan José Millás al mundo literario es esta novela corta de iniciación: así podría describirla. Ya desde el título, Mi verdadera historia (Seix Barral, 2017), se nos abre la puerta a un estilo confesional, especie de autobiografía ficticia que inaugurara en Cerbero son las sombras y terminara de pulir en la premiada El mundo. Pero Mi verdadera historia no tiene ni la densidad y sordidez de aquella ni la amplitud y fantasía de esta. Muy al contrario, estamos ante un relato largo o novela breve que destaca por su fluidez, el artefacto final de lo que Millás cifraba como «la sencillez compleja, la complejidad sencilla». Aunque se le ha achacado el haber sucumbido a las reglas del mercado, no cabe duda de que su pretensión literaria está plenamente lograda en Mi verdadera historia.

El argumento, brevemente: un niño de 12 años, desvinculado de la realidad, apenas aceptado por sus propios padres que no soportan que siga meándose en la cama, decide suicidarse tirándose de un puente que pasa sobre una autopista; como avanzadilla, lanza una canica con tan mala suerte que golpea el parabrisas de un coche y provoca un accidente mortal en el que solo sobrevive una niña de su misma edad, Irene, a la que poco a poco irá acercándose a medida que avanza la historia con la culpa y el morbo como estímulos. En casa, la relación con sus padres no mejorará demasiado: su padre es crítico literario y profesor; su madre, ama de casa al uso.

Mi verdadera historia narra los intentos del protagonista para ganarse el afecto de ambos. Para conseguirlo, tomará dos vías: intentar parecer normal para complacer a su madre —«Si dices que sí a todo, la gente te toma por normal»— y lanzarse a la escritura de sus propias ficciones para encontrarse y comunicarse con su padre: «Quizá si me hubiera leído a mí como a los libros, yo jamás habría dejado caer sobre los coches aquella canica de cristal».

Ambas vías, en cualquier caso, nos remiten a la idea del antihéroe, que no pretende cambiar la cruel realidad sino adaptarse a ella como parte de su crecimiento y aprendizaje: «Me gustaba la idea de que mi padre me contemplara con el extraño hechizo, tal vez con el dolor, con el que contemplaba a los insectos». Los obstáculos a superar son tanto un estímulo para su carácter adolescente e iniciación al mundo adulto como nudos dramáticos para el lector. (Ojo a la identificación biográfica que ese niño «lleno de agujeros» establece con los títulos de la biblioteca de su padre: El idiota, Crimen y castigo, Ese dulce mal…).

La narración del protagonista acaba por solaparse con el texto que tenemos en las manos: los lectores asisten en primera fila a la unificación de un pasado traumático marcado por el accidente, un presente cambiante y por ello dubitativo y un futuro que ya se vislumbra una vez leído «este relato al que estoy a punto de echar la llave, todavía no sé si desde fuera o desde dentro».

Incluyendo todas las obsesiones típicas de Millás —inadaptación social, mundos interiores, complicada relación paterno-filial, búsqueda de identidad, sexualidad perturbada, gusto por las prótesis y los dobles, complementariedad ficción-realidad, duplicaciones, ficción como refugio y como alumbramiento…—, y el incentivo de una escritura repulida —pues, como su propio cuento interior, «está bien escrita» y «se lee bien»—, Mi verdadera historia es la perfecta síntesis de la escritura millasiana. Lectura veraniega, quizá, pero también una lúcida reflexión acerca de la culpa y la necesidad de que nos perdonen, nos entiendan y en última instancia de que nos quieran, para no quedarnos «cada uno en su sitio, cada uno en su mundo, con un secreto horrible circulando entre los tres».●

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