Tras el éxito de «La chica del tren», la escritora británica vuelve con «Escrito en el agua»

Paula Hawkins: «No soy una persona de finales felices ni de historias alegres»

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Matt Dunham, AP Photo Gtres.

En una época de crisis económica como la actual, la edición de libros en papel suma a este global viacrucis el de una revolución tecnológica que lleva años profetizando la extinción del libro impreso. Por eso, cuando uno lee que más de dos librerías han tenido que cerrar cada día en España por cese de negocios, aún sorprende más encontrarse con fenómenos como el de Paula Hawkins, con más de veinte millones de ejemplares vendidos de su anterior novela, La chica del tren, y que amenaza ahora con volver a repetir éxito internacional con su última obra, Escrito en el agua (Planeta, 2017).

«La chica del tren fue todo un fenómeno y yo creo que ni yo ni nadie más esperaba que este éxito sucediera otra vez. Creo que esto es una cosa que pasa una vez en la vida», admitió sin complejos la escritora británica este viernes en Madrid, durante la presentación de la novela, enfundada en un vestido azul portada de libro (su libro) y que viene a constatar que los extenuantes procesos de promoción comienzan por uno mismo.

Para esta ocasión, Hawkins retoma la fórmula del thriller psicológico para escarbar en los oscuros rincones de los recuerdos. «Siempre me ha atraído la manera en que confiamos en nuestra memoria para construir la historia de nuestra vida, aunque no necesariamente se ciña a la realidad», aclara la escritora. «Me interesan las estrategias que utilizamos para que nuestras vidas tengan sentido».

Bajo esta premisa, y de la mano de Jules Abbot, el lector será transportado a un pueblecito del norte de Inglaterra del que Jules creía haber escapado, tras un traumático episodio de adolescencia, y al que juró que nunca más volvería. Ahora, tras el suicidio de su hermana en un río de la localidad donde otras mujeres corrieron idéntica suerte y que no por casualidad se conoce como La Poza de las Ahogadas, Jules deberá hacerse cargo de su sobrina Lena, una conflictiva chica de 15 años que rechaza a su tía y que parece conocer secretos incómodos de algunos de sus vecinos.

Esta obsesión de Hawkins por el thriller hunde sus raíces en su infancia, cuando, con 12 años, ya había leído casi todo de Agatha Christie. «Fue mi primer enamoramiento con el thriller», reconoce, lo que conjugado con su anterior labor como periodista da como resultado su ya popular y adictivo estilo narrativo: directo, despojado de lo innecesario, observador y presto a escuchar a las personas, lo que dice la gente y, aún más, lo que no dicen.

Serena, como si conociera el secreto de todos los crímenes de la historia, Hawkins admite que el camino al éxito no fue fácil y encontrar su tono, tampoco: «Antes escribí cuatro novelas románticas sin ningún éxito, pero descubrí que deseaba meter oscuridad en mis historias y que les sucedieran cosas terribles a los personajes. No soy una persona de finales felices ni de historias alegres. Lo que voy buscando tiene que ver más con la oscuridad y cómo reaccionan las personas cuando se las pone en situaciones extremas».

Aunque también aclara que, pese a esa oscuridad de sus novelas, no hay tanta oscuridad en ella: «Yo no he sufrido tanto como mis personajes. La mayoría de cosas las saco de la observación y la imaginación».

Alisa Connan.

Sí parece evidente que esa formación periodística y su capacidad observadora la obligan a posicionarse respecto a determinados problemas sociales de nuestro tiempo, en el que la violencia de género ocupa un papel primordial en sus historias: «Claramente, la violencia doméstica es un problema persistente. Creo que es necesario priorizar el enfoque que le damos al problema y gran parte de él reside en cómo los medios de comunicación retratan muchas veces a las mujeres como posibles responsables de esa violencia», apunta sin tapujos Hawkins, para quien las vidas de los adolescentes y su vulnerabilidad, presentes igualmente en Escrito en el agua, resultan igualmente «fascinantes». «Hay que ser muy cautelosos en cómo hablamos y escribimos sobre estos temas», concluye.

Dentro de ese noir doméstico en boga, que permite situar a la mujer y sus disputas en el centro de la trama de una manera seria (familia, matrimonio, fertilidad, crianza de hijos…), y con la posibilidad de que esta nueva obra pueda ser llevada a la gran pantalla, como ya se hiciera con La chica del tren, Hawkins avanza que no parece que vaya a resultar tan sencillo: «Hay aspectos muy cinematográficos en esta novela: el río, la belleza del paraje… Sin embargo, parece que va a ser más difícil porque tiene una mayor cantidad de personajes y, además, la complejidad de la historia no facilita su reducción a los noventa minutos habituales», si bien, habiendo hecho ella ya su trabajo, el resto «es cosa de los guionistas».

Con todo, Hawkins se despide de la presentación del libro en un céntrico restaurante madrileño con la satisfacción del trabajo bien hecho y, sobre todo, «por haber intentado escribir un libro ambicioso». «Soy consciente de que a muchos críticos no les ha gustado, pero me quedo con que he sido fiel a mis deseos y con no haber escrito La chica del tren.●

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