De madres y (malos) hijos

«En el vientre de la Yihad», de Alexandra Gil

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«Avond». // Autor: Stijn Hüwels.

Entre 2014 y 2016, 208 españoles viajaron a Siria e Irak para hacer la guerra en las filas del Daesh. Una cifra pequeña si se piensa en los 470 que salieron de Bélgica o los 1700 desde Francia. Hombres jóvenes, en su mayoría, y mujeres que dejaron detrás familias destrozadas, en muchos casos sorprendidas y aterrorizadas, convertidos automáticamente en madres, padres, hermanos y novios de yihadistas, una losa, exterior e interior, con la que deben seguir viviendo.

Alexandra Gil ha hablado durante ciento treinta horas con nueve de estas personas que han vivido pegadas a un teléfono esperando noticias desde el infierno, que siguen preguntándose qué pasó en esas cabezas, quién y cómo lo provocó. La periodista ha ido a sus casas y ha escuchado sus historias, narradas con la libertad de quien se sabe no juzgado y con el objetivo, que es una esperanza, de que sirvan para evitar que se repitan.

El resultado es En el vientre de la Yihad, un grito de ocho familias que «viven encerradas entre el sentimiento de culpa, la incomprensión y el miedo al estigma» y que, ya que no pueden salvar a sus hijos, advierten de que ellos tampoco habrían pensado nunca que esos muchachos iban a acabar en una guerra: «Si se llevaron al Pierre, se pueden llevar a cualquiera».

Él es uno de los ocho jóvenes cuyas historias protagonizan este libro que se lee como un reportaje largo. Siete hombres y una mujer de entre 18 y 26 años que salieron de Francia o Bélgica entre 2013 y 2015 sin avisar a sus familias. Pierre es uno de los cuatro que, con origen católico, se convirtió al islam durante su adolescencia o postadolescencia. Sus padres, como los de los cuatro de origen magrebí, no tuvieron sospechas de esa radicalización, aunque algunos sí detectaron cambios en su comportamiento que, entonces, no supieron leer.

Las historias de los ocho están construidas a base de mentiras y silencios, como los que han seguido a su marcha. En algunos casos, definitivos: cuatro de estos jóvenes perdieron la vida en Siria o en Irak, muertes que sus padres conocieron a través de esos teléfonos móviles a los que viven pegados, aunque no suenen durante meses. Esperas que a veces se imponen después de intentar aprovechar la comunicación para tratar de convencerles de que regresen. «Yo ya no le digo que vuelva. Me da pavor que corte el contacto conmigo, que deje de enviarme fotografías de mis nietas, que desaparezca».

Así que la mayoría de esas familias se limita a pasar los días esperando que no llegue ese mensaje anunciando una muerte que, sin más pruebas, se resisten a creer; que sus hijos no irrumpan en sus televisiones como autores de actos que jamás creyeron que podrían cometer. «Pero es que esos otros también tienen madres y sus madres también los creían incapaces de matar», admite la madre de Paul, un francés que murió en Irak. Eso fue lo que le dijeron a Nathalie, a través de una llamada por WhatsApp.

En este caso, la captación fue posible gracias a «la ecuación cárcel más mezquita» radical, aunque la madre sigue carcomiéndose en la búsqueda del «hilo conductor» de esa transformación que en otros casos no tuvo factores tan evidentes.

Pero hubo madres que sí tuvieron sospechas o, más bien, dudas. A Véronique le asaltaron después de que su hijo Quentin le anunciara con 21 años que se había convertido al islam e, inmediatamente, empezó a cambiar sus hábitos: dejó de tocar el piano, se negó a entrar en la iglesia en el funeral de su abuela, dudó sobre si podía pasar la Nochebuena en familia. La madre acudió a la Gran Mezquita de París en busca de respuestas, pero allí le tranquilizaron, sin «un consejo concreto», sin pistas, sin ofrecerle apoyo para combatir esa radicalización que pendía de un hilo. Y tampoco le ofrecieron consuelo cuando volvió a ellos, con Quentin ya en Siria. Ni le contestaron al correo electrónico en el que les pedía ayuda para hablar con él en el idioma de versículos y suras.

Esta es una de las críticas/advertencias/ruegos que destilan los testimonios de estas familias: la falta de información para detectar (y atajar) la radicalización de los jóvenes. Y miran a las autoridades religiosas y políticas. La segunda se dirige ya directamente a las fuerzas de seguridad y a un Estado que «ha dejado que todo esto se vaya cocinando» en sus barrios. Las madres se quejan de la falta de control en las mezquitas, en las cárceles; de la impunidad con la que se mueven los reclutadores y la libertad con la que se propagan los mensajes de odio; de la impotencia de saber que algunas huidas se intuían y no se frenaron.

Pero en el reparto de culpas, las madres empiezan mirándose a ellas mismas. Y a este castigo añaden el de no saber en qué acabará la transformación de sus hijos. «Quizá mi hijo violó a mujeres. Quizá mi hijo torturó. Quizá mi hijo mató a inocentes». Quizá aparezca un día en un informativo como autor de estas barbaridades; quizá vuelva a su país para inmolarse y matar a sus vecinos. «Es horrible sentirse aliviada porque no has visto la foto de tu hijo, pero es el hijo de otra madre». Aunque todas esperan que no sean los suyos. «Una puede divorciarse de un hombre, pero jamás de un hijo».●

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