El paisaje del silencio

«Mejor la ausencia», de Edurne Portela

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Foto: Lalesh Aldarwish (Pexels).

La primera incursión en la novela de la escritora Edurne Portela se titula Mejor la ausencia (Galaxia Gutenberg, 2017), y supone algo así como la versión narrativa de su ensayo El eco de los disparos (Galaxia Gutenberg, 2016), puesto que ambos textos se acercan, aunque con diferentes métodos y pretensiones, a la problemática del nacionalismo vasco. Si el ensayo colocaba en su centro el conflicto ideológico y la violencia como alimento para el imaginario ficcional, la novela que nos ocupa se apoya en una marcada voz narradora, la de Amaia, alter ego de la propia autora, para insinuar la mayor parte de lo que sucede en su entorno sin desbaratar la historia personal y familiar ni desembocar en explicaciones precisas.

Amaia es la pequeña de cuatro hermanos en una familia más o menos convencional de Bilbao. Año a año, de 1979 a 1992, se nos van desmenuzando los acontecimientos externos y las fricciones privadas que originan el paulatino desgaste entre los miembros de la unidad familiar. A través del monólogo de Amaia y constantes diálogos, conocemos parcialmente las rebeldías de Aníbal, el hermano mayor, la politización progresiva de Kepa, la introspección de Aitor y la para ella inexplicable relación de los padres, Elvira y Amadeo, con la violencia social y familiar como telón de fondo permanente:

Me acerco y veo que tiene la cara muy hinchada y de varios colores: rojo, morado, amarillo… Un ojo no se le ve. Está entre tumbado y sentado. El pijama se le abre un poco y puedo ver que tiene vendas. También tiene una mano vendada. Me sonríe y extiende la otra mano. Me da un poco de miedo acercarme.
—Jo, aita, ¿qué te ha pasado?
—No es nada, bonita. Ven, dame un beso.

Mejor la ausencia prefiere el silencio y lo sobreentendido a la aclaración directa o explícita —es mejor la ausencia, como sugiere el título—; y ahí reside su mayor atractivo. Para ello, la elección de la narradora se antoja un gran acierto. La pequeña de la familia, por su inocencia inicial, se convierte en testigo silencioso de sucesos cuya brutalidad difícilmente puede ella entender y por ende los lectores, quizá porque no tienen justificación. De manera gradual, demostrando Portela una meritoria capacidad técnica, Amaia va endureciendo su mirada, va tomando postura ante lo que ve y, por lo tanto, reaccionando ante el desmorone de lo que en su infancia era un idílico concepto familiar. Fragmentada en breves escenas, fogonazos, separadas con frecuentes elipsis que Portela usa para modificar el tiempo a su antojo, la trama fluye a ritmo de adagio ante los ojos del lector, que debe formar parte activa en la recepción de lo que lee para construir en su cabeza el paisaje de lo no dicho, de lo solo insinuado u oído por los demás.

De Kepa, ¿qué le voy a decir? Lo único que sé de él es que apenas para en casa, que en el insti está metido en todos los comités políticos y cuando me ve en los pasillos se hace el orejas, y que Gema me dijo que su hermana le ha dicho que en la última manifa en Portu le vio moviendo un coche para quemarlo. El muy idiota ni se había tapado la cara. Si le cuento esto a Aitor le va a dar algo, así que mejor me callo.

Durante toda la primera parte, Edurne Portela se afana en narrar situaciones cotidianas que reflejen, sin llegar a iluminar, la profundidad del conflicto político y social de la década a la misma vez que traza la biografía de los personajes, a la postre caracteres divergentes en la lucha por salvar sus conciencias de la quema de una sociedad devastada por una constante tensión interna. Y es que, como escribe Jordi Gracia, la novela aspira «a la autocrítica individual y colectiva, a conocer el modo de participación que cada cual y cada familia tuvo» en el asunto vasco.

La segunda parte, «El regreso (2009)», se alza como un epílogo más o menos necesario para rellenar algunos huecos que quedaron sin contar en la primera. Aquí la narración retoma a ratos el monólogo de Amaia, pero se impone una narración externa que pronto adivinamos que se trata de la misma Amaia, que años después intenta ficcionalizar sus recuerdos con el objetivo de entenderlos y entenderse. Es la voz de la Amaia periodista-escritora:

Escribo. Escribo. No quiero hacer otra cosa. Escribo y sueño con lo que escribo, que no sé si está en mi imaginación o en mi memoria. A veces me despiertan las pesadillas. Vuelvo a pasar miedo por las noches. Escribo escenas intermitentes. Algunas, las más violentas, van surgiendo casi sin esfuerzo. Todo eso que estaba dentro ahora está aquí, delante de mí. No quiero releer, no creo que lo soportara. Sólo escribo.

En esta segunda parte, Portela coquetea con la metaficción y nos aporta nuevos puntos de vista a lo ya narrado. Aunque estimables, no son las mejores páginas de Mejor la ausencia, que gana, como hemos dicho, con el enfoque tangencial de la primera, cuando Amaia expresa lo experimentado en su infancia y adolescencia, pero no cuando resume en palabras lo vivido, pues se diluye la intensidad. En la primera parte, Amaia es el agujero central que absorbe las numerosas sensibilidades que la circundan; en la segunda, el texto es un acopio de recuerdos, nostalgias o quizá deseos de un personaje que quiere erigirse en protagonista al contar la tragedia desde su punto de vista, «donde se muestra el reverso del recuerdo, el saldo vital deficitario y el recuento de daños», según la define Domingo Ródenas de Moya.

En cualquier caso, y validando el ensamble de ambos acercamientos, Edurne Portela ha construido en Mejor la ausencia un minucioso estudio del tiempo que ha vivido su protagonista, un tiempo repleto de heridas personales y sociales que da lugar a la sutil historia personal de todas aquellas personas que, como Amaia, prefieren sobre todo la ausencia.●

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