Una reivindicación de las mujeres

«No somos flores», de Lucía Marín

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Foto: Daniel Tafjord (Unsplash).

No somos flores (2017) es desde el mismo título la reivindicación tradicional de las mujeres, y por eso mismo el lema que engloba esta recopilación de relatos de la granadina Lucía Marín (1985), que ve la luz de la mano de la Editorial Nazarí.

Ilustrados con exquisitez por Joaquín Vila, estos doce cuentos, de diferente extensión y registro, nacen con la necesidad de dar visibilidad a las mujeres, de destacar aspectos de ellas que a simple vista tienden a obviarse, de responder y oponerse a ese «ideal agotador que no encaja con la realidad compleja y fluctuante de cualquier mujer que, al lado de semejante prototipo, es fácil que sea percibida como imperfecta, incompleta, deficiente», tal como denuncia la propia autora en la entrevista de Darío Zalgade.

Aunque esta idea es la que hila los cuentos de Lucía Marín, cada uno de ellos es un mundo en sí mismo; son diversas las voces que se alternan como variopintos los estilos narrativos que se utilizan. Si bien el relato que abre la colección, «La mujer invisible», se antoja algo débil, pues la metáfora que lo soporta es demasiado evidente  —al título súmenle una abuela recluida en una residencia de ancianos, una madre ama de casa abnegada y una hija víctima de malos tratos con empoderamiento final—, pronto las influencias literarias de Lucía Marín emergen para conformar un mosaico de lecturas bien empleadas: en «La calle desierta» asoma un apreciable sentido de la cadencia de las frases y un acercamiento al tema mucho más sutil que en el anterior. El estilo, en la línea de García Márquez, resulta en un primer momento desacorde con respecto al relato anterior, y lo es; no obstante, como decía líneas atrás, cada cuento de No somos flores merece observarse individualmente para poder apreciar la variedad como una virtud, descontando, por supuesto, los altibajos que todo escritor novel muestra en una primera obra.

Por ejemplo, en «Perro» la frase acaba resultando molesta y, aunque la narración es interesante, al cabo se impone una escritura sobreactuada. Más sugestivo es el relato «Perfecta», donde se coquetea con la ciencia ficción, género que Lucía Marín abraza de una manera algo forzada —me refiero sobre todo al principio, con abundancia de explicaciones, un defecto recurrente a lo largo de la colección—. Con una estructura en dos partes que confluyen al final, la narración se disfruta a pesar de que la voz peca a veces de cierto engolamiento:

En Saray de [sic] instaló un conglomerado ecléctico de emociones, todas ellas alternándose, debatiéndose por sobresalir una entre las demás: de la sorpresa a la envidia, de la inspiración al asco, de la rabia a un regusto de satisfacción.

«La guerra dentro» se alza como una de las mejores muestras de la capacidad literaria de Lucía Marín. La frase recargada deja paso a una transparencia y un verismo entrañable en la edificación de la voz de una niña. No por nada la autora declara en la misma entrevista antes citada que en No somos flores «hay muchas pinceladas de anécdotas propias o cercanas, y también un sustrato emocional o de percepciones que creo que puede ser común, no sólo a mi biografía, sino a muchas otras».

No puede ser. Puede ser. Que no sea, que no sea, que no sea. Dios, por favor… No quiero decir que nunca me venga pero ahora no. Aún no. No quiero. No quiero convertirme en una señorita y decir las pavadas que dice mi hermana. Soy muy pequeña. No quiero ser una mujer. Pero ahora no. Jolín. ¿Por qué me han tenido que dejar mis padres aquí sola con los abuelos? Se me suben las ganas de llorar a los ojos.

«Te espero y tardas», texto epistolar algo tópico, y quizás prescindible, es la antesala de «Ocurrido en Santa Cruz de Retamar», un simpático cuento a medio camino entre el costumbrismo español y la sensualidad de Laura Esquivel. Siguen apareciendo las referencias literarias: en «Convertirse en Monstruo (To Become a Monster)», «Marín se transforma en Lucia Berlin», como bien señala Santi Fernández Patón, y nos deja una curiosa viñeta de realismo sucio. Aunque la trama es algo precipitada, demasiado esquemática, se advierte una escritora con intuición y mucho respeto por sus predecesores: «Homenaje» es una muestra aún más palpable; el sentido lúdico y el idioma glíglico de Cortázar traídos al presente.

«Epigenética» es un simpático historial de amores apenas empañado por alguna frase fuera de tono como «Cuán fue mi abatimiento, qué lacerante desengaño, cuando el lunes, a la hora del recreo, Gonzalo se acercó a hablarme», poco creíble en una niña de 6-7 años. No obstante, los dos siguientes relatos, los últimos de la colección, se quedan en la memoria del lector como los de mayor mérito. En «Carrilleras con pimientos» se advierte un logrado estilo coloquial en la adopción del fluir de conciencia, máximo exponente de lo que apunta Miguel Ángel Carmona del Barco sobre los relatos de No somos flores: «Hay en ellos mucho de tradición oral, de impermeabilidad a las modas narrativas hueras, de honestidad rayana en la ingenuidad —en la forma, nunca en el fondo—: las cosas se cuentan como son, como ocurren». De igual forma ocurre en «Flores en el balcón», pese a que el empleo de la frase larga y reflexiva se vuelve en ocasiones ruidoso:

Pero la culpa, reina de las infecciones, se propaga veleidosa por cuanto atraviesa la mente; desde el yo más opaco, al prójimo fluctuante; pasando por el azar, el destino y Dios. Y de nuevo el Yo, por esto y por aquello, la irremediable muerte, el superfluo placer, y ¿qué es vivir, si no se goza? ¿Y qué es morir, sino haber vivido? El juicio de no ser nunca bastante y el hastío de no saber para qué ser. Hasta que en algún momento, la culpa se rindió al silencio, y se quedó dormida.

Y sin embargo el texto se sostiene en una fluida narración sobre la construcción de uno mismo en base a la antología de recuerdos. Pese a lo obvio del viaje como metáfora, «Flores en el balcón» no es por casualidad el último relato del libro, pues aquí confluyen el oficio narrativo de la autora, el estilo en el que debiera abrirse camino en adelante y la defensa de un mensaje que podría servir para englobar No somos flores, la primera y estimable colección de relatos de Lucía Marín:

Las plantas son otro cantar, ellas están por encima de nuestras miserias terrenales. Todo eso de la fotosíntesis y limpian el aire, encima… ¡Vamos! ¡Es que son mucho más evolucionadas que nosotras! ¿No te parece?●

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