El capitalismo emocional y las nuevas tecnologías

«Perfectos desconocidos», de Álex de la Iglesia

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Foto: George Becker (Pexels Photo).

Una cena de viejos amigos y un juego atrevido: poner los móviles en la mesa con la condición de que todo lo que se reciba desde entonces tiene que ser compartido con los demás. Sin ocultar nada. En su última película, Perfectos desconocidos, Álex de la Iglesia propone una comedia en la que reflexiona sobre la nueva intimidad surgida de las redes sociales.


 

Borja Efe Eme: Hola, hola, Rubén, cuánto tiempo.

Rubén Rojas: Ha parecido poco. ¿Qué tienes que contarme?

Borja Efe Eme: Sí, en este infinito entorno virtual parece una eternidad y, sin embargo, es como si hubiéramos ido a ver ayer mismo una película juntos.

Rubén Rojas: Así fue, querido amigo. Y además una película en la que lo virtual, entendiendo por virtual las redes sociales, está en el centro del argumento.

Borja Efe Eme: Sí, así es. Estamos hablando de Perfectos desconocidos que, para quien no la haya visto aún, diremos que es la típica historia de enredo en la que un grupo de viejos amigos se reúne para celebrar una cena de imprevisibles consecuencias.

Rubén Rojas: Eso es. El muy usado guion de reencuentro en el que saldrán a relucir las miserias de cada uno, sus dudas, desconfianzas y secretos (pienso, por ejemplo, en Pequeñas mentiras sin importancia (Guillaume Canet, 2010). En este caso es una película dirigida por Álex de la Iglesia, un director siempre imprevisible. Y sin embargo la historia no es suya, sino adaptación de una peli italiana: Perfetti sconosciuti (Paolo Genovese, 2016); adaptación, al parecer, bastante fiel; pero no puedo afirmarlo de primera mano.

Borja Efe Eme: No conocía el precedente, pero hay que reconocer que un siempre hábil De la iglesia pone su habitual saber hacer detrás de la cámara al servicio de un interesante plantel de actores. Lástima que no se muestre igual de acertado en la resolución de sus guiones, como en esta ocasión.

Rubén Rojas: Creo que sé a qué te refieres por la «resolución de sus guiones», al menos en lo que respecta a esta. Pero no desvelaremos nada sobre el final. Todo eso que dices es muy cierto: buen manejo de la cámara, de la puesta en escena y del ritmo narrativo, y además un excelente trabajo de actores. Todo eso es innegable. Pero también era fácil, recordando sus anteriores films, que cayese en el exceso, y sin embargo aquí De la Iglesia está bastante recatado, muy sutil y nada grueso, ni en el humor ni en subrayar demasiado los temas. El autor que hay en él se viste de profesional y hace un trabajo muy sólido, en mi opinión.

Borja Efe Eme: Podría ser una apuesta ganadora en la carrera por el Goya al mejor director, porque me gusta esa tendencia algo suicida de Álex de la Iglesia de ponerse a prueba en cada nuevo proyecto. En esta ocasión lo hace encerrándose con todo el reparto en las escasas habitaciones del apartamento donde se desarrolla casi toda la acción, y sin embargo… la película me deja un gusto agridulce al final por esa especie de corolario moralizador. Hasta entonces, resulta una película amena, dinámica, muy recomendable para una tarde ociosa. Al menos, queda para el recuerdo, como decíamos, un delicioso plantel de actores. ¡Pero fíjate qué reparto! Eduard Fernández, Ernesto Alterio, Belén Rueda, Eduardo Noriega, Juana Acosta, Pepón Nieto y Dafne Fernández.

Rubén Rojas: Sí, el final elegido es prescindible, extrañamente ingenuo y casi diría que insultante para el espectador. Pero como dices, no puede empañar una película tan bien construida en base a ágiles y mordaces diálogos y a unos actores extraordinarios. Personalmente me quedo en Perfectos desconocidos con el saber estar de Eduard Fernández y con la chispa de Ernesto Alterio, el más cómico de todos. La tensión está diseñada al milímetro, y el análisis de los personajes hasta el patetismo resulta revelador. Es ya especialidad de Álex de la Iglesia deformar la realidad (y sus personajes) hasta volverlos esperpentos, muy en la línea valleinclaniana.

Borja Efe Eme: Me tranquiliza no ser el único escandalizado por el final de Perfectos desconocidos. Pero sí, es mejor regodearse en ese amplio reparto artístico (¡grande Ernesto Alterio en un papel cómico que recuerda al de El otro lado de la cama!) que permite a De la Iglesia pasar de puntillas por algunas de las supuestas preocupaciones de un grupo de amigos que pretende representar a la anteriormente conocida como clase media. Relaciones personales y nuevas tecnologías, celos, desempleo, secretos de pareja, homosexualidad, la inseguridad en un mismo, las amantes, la relaciones paternofiliales, operaciones estéticas, los amantes virtuales… Un variado popurrí de temas, desde luego.

Rubén Rojas: Temas, eso sí, que nos preocupan a todos, clase media, alta o baja, en mayor o menor medida. ¿Pero por qué dices que pasa de puntillas?

Borja Efe Eme: Bueno, al final, como decía, cada personaje va revelando su personalidad, sus preocupaciones y secretos inconfesables a través del «inocente» juego que ejecutan durante la cena a través de los teléfonos móviles de cada uno de ellos y que pone en cuestión, también, el modo en que se relacionan hoy día las personas. Pero son tantos los temas, algunos tan serios (¿tiene el personaje interpretado por Alterio tendencias pedófilas?), que no terminan de ser tratados debidamente en los apenas noventa minutos de metraje y acaban despachándose con unas leves pinceladas.

Rubén Rojas: Eso es cierto, sería inabarcable. Pero también es verdad que todos estos asuntos se subordinan al tema principal. Me refiero al nuevo concepto de intimidad, alterado por culpa de las nuevas tecnologías. Intimidad y exposición como un binomio perverso.

Borja Efe Eme: Sí, una vez más, el teléfono móvil es el centro de atención. Y por si fuera poco, todo ello transcurre, agárrate las trenzas, durante un eclipse de luna que coincide con el efecto conocido como luna de sangre de fondo, y en un momento en el que nuestro satélite se encuentra en su punto más cercano a la Tierra.

Rubén Rojas: Como si los humanos actuales no estuviéramos lo suficientemente alterados por el efecto de los teléfonos móviles. En este caso, la analogía sobraba por redundante. Ahora delegamos en los móviles una parte de nuestras cabezas (el propio personaje de Belén Rueda lo confirma, tu cabeza fuera de ti, a la vista de todos). Quizá ahora hay menos lunáticos; a cambio hay más locos por el móvil y las redes sociales.

Borja Efe Eme: Pero hay el mismo número de mentirosos. En Perfectos desconocidos todos tienen algo que ocultar.

Rubén Rojas: Correcto, y los mismos problemas de comunicación, por mucho que los medios de intercambio comunicativo evolucionen. Muchas cosas que ocultar, y a la vez muchas más maneras de ser descubierto. Otra reflexión anexa: hasta qué punto somos observados y controlados. El panóptico de Foucault tecnologizado.

Borja Efe Eme: Pero no deberían ser tan difíciles las relaciones, ¿no? Al final parece que el más sensato de todos los personajes es el de Blanca (Dafne Fernández). Casualmente, la más joven de todos. Parece que los mayores se hubieran quedado en fuera de juego, y algo majaras, con esto de las nuevas redes sociales.

Rubén Rojas: La película parece querer decir que las verdaderas relaciones son las que mantenemos con nuestro móvil, y no las que establecemos en la realidad real; que nuestra personalidad digital recibe más atención que nuestro yo real. O al menos que nos dirigimos a eso. Es una situación que los jóvenes, como dices, ya tienen interiorizada.

Borja Efe Eme: Que sean más verdaderas, no lo sé; que reciben más atención, parece indudable. Y sí, como decíamos, todos ocultan secretos aparentemente inconfesables, pero en qué época no. La diferencia estriba ahora en el modo en que esos secretos pueden convivir con el exhibicionismo de las nuevas tecnologías.

Rubén Rojas: Y es curioso, porque otro tema central, la confianza, aparece aquí. Parece que confiamos menos en quien tenemos al lado que en el desconocido que nos pueda leer en internet, donde a veces se muestra una sorprendente expresividad y soltura. Ese exhibicionismo en las redes resulta vertiginoso.

Borja Efe Eme: Y sentimentalmente contraproducente (el exhibicionismo, digo).

Rubén Rojas: La película lo demuestra con múltiples ejemplos: grupos de WhatsApp donde circulan fotos y vídeos de dudoso gusto, selfies procaces, expresión de todo tipo de sentimientos que en persona serían refrenados y, por supuesto, intercambios sexuales de todo tipo y color. Capitalismo emocional.

Borja Efe Eme: Sí, habría que estudiar cuál de las personalidades es la auténtica: la real o la virtual. Los que parecen apostar por la virtualidad acaban escaldados…

Rubén Rojas: En ese asunto mete el dedo Perfectos desconocidos. En la imposibilidad de poner ambas de acuerdo. Las dos son versiones de uno mismo, pero tan distintas… Y esas diferencias, expuestas a la mirada de todos, escuecen.

Borja Efe Eme: Quizá solo se salve la ingenuidad de la más joven (Dafne Fernández) y el veterano saber estar del personaje de Eduard Fernández (a quien también le apuntaría en la carrera por el Goya).

Rubén Rojas: Pues sí, aparte de cualquier reflexión, si esta película acaba teniendo relevancia va a ser por los actores, me temo, y por una habilidosa dirección. Al fin y al cabo, es una película diseñada sobre todo para el éxito, como demuestra su predecesora italiana.

Borja Efe Eme: Estaba pensando también que, por su apariencia teatral, me recordaba a la película de Roman Polanski Un dios salvaje (2011) y, claro, ahí el elenco de actores se luce (algunos más que otros ―lo siento, Noriega―).

Rubén Rojas: Dejemos que las conclusiones las saquen los propios espectadores.

Borja Efe Eme: Como también se comenta en algunos momentos de la película, «habrá que intentar ver el lado positivo de todo esto».

Rubén Rojas: Yo he visto ese lado positivo, Borjo Efe Eme.

Borja Efe Eme: Ferpecto. Pero mejor me lo cuentas en persona, no vaya a ser que haya gente espiando nuestras conversaciones.●

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