Bajo el peso de la influencia

«Blade Runner 2049», de Denis Villeneuve

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Cuando todavía hoy, veinticinco años después, se puede encontrar a quienes debaten sobre si Blade Runner (Ridley Scott, 1982) es o no una película de culto (para quien suscribe, hay muy pocas cosas que merezcan ningún tipo de culto… salvo alguna cosa), llega a la cartelera Blade Runner 2049, la continuación de la película de Scott que pretende inseminar algo de luz en el oscuro y sinuoso argumento de una película original que nos había dejado con no pocas incertidumbres (¿era también el agente Deckard un replicante?) a la salida de los cines.

Pese a esta evidente carga que supone tratar de ampliar o dar sentido a un universo argumental ya de por sí complejo, no sería justo hablar de Blade Runner 2049 tan solo en relación a aquella, por lo que vamos a tratar de dar «un poco de piel» a lo que esta nueva película propone (ya tendremos tiempo para los palos un poco más abajo).

Blade Runner 2049 nos lleva de vuelta a un futurista Los Ángeles, el del año del título, para relatarnos las peripecias del ciudadano K: un nuevo blade runner «pellejudo» (Ryan Gosling, sin duda, la mejor opción de todo Hollywood si lo que se quiere es hacer una película cuyo protagonista pretenda pasar por un ser inerte, lo que, felizmente, lo equipara al blade runner original encarnado por el omnipresente Harrison Ford) encargado de «retirar» replicantes a su pesar e investigar un raro hallazgo entre los restos de un replicante que podría significar el fin de un mundo estratificado hasta ese momento en dos clases: arriba, los humanos; abajo, los replicantes.

Si logramos escarbar en la película más allá de la impecable fotografía de un futuro color gris contaminación patrocinado por Sony y de sus largas, largas, largas justificaciones que todos los personajes creen estar obligados a darnos, lo que tenemos delante es un thriller futurista en el que las pesquisas que origina el hallazgo de los restos del replicante mencionado desembocará en una búsqueda interior por parte de K (nada nuevo).

Se agradece, sin embargo, la voluntad de su director, Denis Villeneuve, por retomar con acierto la historia que quedó en suspenso al final de Blade Runner con la fuga de Deckard y la replicante Rachel, abriendo una nueva vía narrativa al plantear el temor que podría infundir en la humanidad la posibilidad de que los androides fueran capaces de procrear.

Si, como explicaba el Dr. Tyrell a una de sus criaturas en la película de 1982, «la luz que brilla el doble dura la mitad», podemos decir que esta nueva producción, a la postre, dura demasiado. Pero si lo que se pretendía en sus 163 minutos de metraje era dar vuelo al distópico universo imaginario de Philip K. Dick depositando el proyecto en manos de un apropiado Villeneuve, aficionado a los protagonistas desnortados (Enemy, 2013) y experto en relaciones interplanetarias (La llegada, 2016), lo que se consigue es, precisamente, lo contrario: Blade Runner 2049 deambula entre constantes referencias a su predecesora y un exceso de locuacidad que, solo para cuando transcurre la primera hora de película, señala al espectador por dónde van a ir los tiros.

Como indicaba el capitán Bryant a Deckard en la película original respecto de las similitudes entre humanos y los novísimos androides Nexus 6, la película de Villeneuve parece «diseñada para imitar a su antecesora en todo… menos en las emociones». Escalofriante, ¿verdad?

Porque Blade Runner 2049 es el triunfo de lo explícito: lo que en la película de Scott eran dudas existenciales (la idea de frontera y sus defensores (los blade runners), la finitud del tiempo, la muerte/asesinato de las personas/máquinas, la relación control-poder), en la de Villeneuve son todo certezas sobreexpuesta: la posibilidad de reproducción de los replicantes, las relaciones sentimentales humanos/máquinas, el concepto de identidad… Lamentando, además, el desatino en las escasas ocasiones en que 2049 goza para desarrollar cuestiones interesantes, como la relación de K con Joi (Ana de Armas), que termina oscurecida por la necesidad del guion de incluir una historia de amor a la fuerza finalmente marcada por lo que dicta el bajo vientre de nuestro protagonista.

Puestos a referenciar, uno hubiera querido rescatar para esta película, al menos, el acompañamiento musical de aquella banda sonora elástica e infinita de Vangelis.

Por si fuera poco, el tufillo a secuela inminente que deja entrever el final de la película nos hace preguntarnos si la necesidad de esta producción era una cuestión artística o pura rentabilidad económica (mejor no responder).

Si algo aprendemos al final de la película es que los recuerdos son necesarios para formar la propia identidad y que estos provienen de las emociones. En Blade Runner 2049 tanta explicitud imposibilita cualquier tipo de emoción, por previsible, lo que nos lleva a la conclusión de que cualquier recuerdo de la película se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia.●

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