La narración susurrada de un amor postadolescente

«sylvia», de celso castro

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«Despedida». // Autor: Paula Fernández.

Si nos pusiésemos a pensar, ya no en todas las cosas que hacemos, sino en aquellas que nos parecen más reseñables, es muy posible que, en medio de la vida posmoderna de redes sociales, inmediatez y ruido mediático, ninguno de nuestros actos nos parezca excesivamente relevante; es más, podríamos verlos como un conjunto de pequeñas parcelas en las cuales anclamos nuestra identidad, una identidad netamente modesta.

De ahí que, cuando nos encontramos con novelas potentes como sylvia (Ediciones Destino, 2017), de celso castro, nos choque ese rasgo tan llamativo y que identifica al autor: firmar las obras y el título con minúscula. Evidentemente, no es un rasgo gratuito, por lo que no se queda simplemente en la portada, sino que la construcción narrativa se sostiene en ese acto que puede parecer irrelevante, pero que no lo es. Para construir una poética de la identidad tan personal como la de celso castro es necesario susurrar las palabras, una acción que provoca que las letras escritas se intercalen con la ligera brisa de la costa atlántica.

En sylvia nos encontramos con un personaje: un joven poeta que necesita contar su tortuosa relación con una mujer mayor que él y que da título a la obra. De hecho, en las primeras páginas del libro nos encontramos con los siguientes versos de Dante: «Nessum maggior dolore / che ricordarsi del tempo felice / nella miseria», que dan cuenta de cuál es el estado de ánimo en el que se encuentra el protagonista.

Haciendo un ejercicio de memoria, recordando momentos relevantes en los cuales sylvia es horizonte o epicentro, nos hace pensar en todas esos objetos que uno guarda a lo largo de su vida y que tiene encima del escritorio sin querer detenerse en los momentos que esconden. Así, mediante el acto de narrar la historia, los recuerdos, en un estilo proustiano, cobran vida, a pesar de que, en muchos casos, su destino fuese ser parte de los muertos que podemos llegar a guardar en un armario.

Pero este joven poeta enamorado de sylvia (que, por otra parte, es como todos los poetas) perfila otras proyecciones de los problemas que le sacuden en su juventud: la muerte de su padre, la relación de una proximidad lejana con su madre o los intentos de afirmación de mostrar quién es ante sus amigos y conocidos, matizados por impulsos sexuales y celosos, siempre con el telón de fondo de calles y zonas claves como los de La Coruña.

Esta historia ilustra muy claramente las tensiones vitales a las que se ve expuesto un postadolescente, los picos de felicidad y de sufrimiento que experimenta debido a su inseguridad e inexperiencia, aunque siempre articulando la existencia entre lecturas y escritura de versos.

Tal vez hacerse mayor sea darse cuenta de que las emociones no son tan intensas, o que el mundo nos supera pero ya no nos sorprende, y de ahí esa necesaria medicina que supone narrar una y otra vez. «Todos esos muertos que me paseaban periódicamente por dentro», como dice el narrador, pero siempre en una búsqueda permanente de belleza.●

1 Comentario

  1. […] De ahí que, cuando nos encontramos con novelas potentes como sylvia (Ediciones Destino, 2017), de celso castro, nos choque ese rasgo tan llamativo y que identifica al autor: firmar las obras y el título con minúscula. Evidentemente, no es un rasgo gratuito, por lo que no se queda simplemente en la portada, sino que la construcción narrativa se sostiene en ese acto que puede parecer irrelevante, pero que no lo es. Para construir una poética de la identidad tan personal como la de celso castro es necesario susurrar las palabras, una acción que provoca que las letras escritas se intercalen con la ligera brisa de la costa atlántica. (Texto completo en Cuatro Ojos Magacín) […]

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