Las miserias del largo viaje de los refugiados

«Kuebiko», de Miguel Ángel Carmona del Barco

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Person behind mesh fence. // Foto: Mitch Lensink on Unsplash.

El debut en la novela del extremeño Miguel Ángel Carmona (1979) se titula Kuebiko (Pre-Textos, 2018), libro que nos llega avalado por el XXXV Premio Vicente Blasco Ibáñez de Narrativa 2017. Dos años antes, Carmona había logrado colar su Manual de autoayuda (2016) entre los finalistas del prestigioso Premio Setenil al mejor libro de relatos del año, y además se había alzado con el XXVIII Premio de Narrativa Camilo José Cela. Un currículum envidiable, sin ninguna duda.

El libro que aquí nos une es al mismo tiempo una novela de aventuras (del subgénero odiseico) y un relato de ciencia ficción, como también un epistolario de confesiones (expurgaciones) y un retrato socio-político de la Europa actual. Todo lo cual subsumido en el sentimiento que da nombre al libro: kuebiko, una palabra japonesa que viene a significar «cansancio o aburrimiento que se genera ante la violencia sin sentido».

Según consta en la contraportada, estamos a «mediados del siglo XXI»: dos familias españolas se disponen a huir de una interna guerra civil que no parece tener fin y «emprenden el viaje del exilio hacia el norte del continente». En el trayecto se pone en entredicho el proyecto europeo, «devorado por los populismos, erizado de muros y alambradas». Al infierno exterior se irá superponiendo el interior; Ulises, voz principal de gran parte del relato, llevará con él las espinosas relaciones con su padre, Elías, y con Isabella, su exnovia, que no dejarán en ningún momento de mezclarse con las miserias del largo viaje de los refugiados. Estas tres voces se repartirán el foco narrativo, sin olvidar la parte de Tin, la visión infantil del conflicto, el hilo común de los personajes.

La parte de Ulises es una narración tirante, trasunto de lo que está aconteciendo: «Camino hasta la garita con la lección recién aprendida: debo acostumbrarme al expolio y a la humillación si quiero sobrevivir al viaje». Carmona no se permite dejes retóricos y lleva la historia a un terreno árido y malsano, acaso es la única forma de contar el desastre de la pérdida y el sinsentido:

En un tiempo no muy lejano esta fue la avenida principal de la ciudad, llena de tiendas con sus dependientas atractivas y mal pagadas, donde era difícil encontrar un taxi libre. Hoy puedo ver, literalmente, a través de los edificios, una ciudad habitada por el eco y el polvo, con sábanas cosidas unas a otras y extendidas de esquina a esquina para estorbar a los francotiradores.

A fogonazos, mediante escenas cinematográficas que permiten dar una mayor agilidad, el dramático fresco se va dibujando ante los ojos del lector. El estilo puede volverse aséptico, casi periodístico:

Ahora estamos todos juntos en la puerta de enfermería, una carpa rígida con suelo de madera y tres camillas que, según parece, sirve también de almacén de comida y material de papelería. Estamos esperando para que atiendan a Isabella, y también a Manuel, que sigue con fiebre y no anda muy fino de la pierna izquierda.

Poco a poco, y a pesar de que muchas de las atmósferas y situaciones puedan sonarnos a ya vistas, a ya leídas, Carmona va construyendo un mundo propio en el que tanto importan la suciedad y la violencia física como el dolor que se infringe uno mismo a partir de su pasado:

La infancia son quince o veinte días recordados de manera aleatoria. Alrededor de esos días no hay nada en mi memoria. Es más importante lo que olvidamos que lo que recordamos, porque gracias a ese vacío emerge el recuerdo y se convierte en atolón, en faro.

Y es que en este permanente estado de excepción los personajes tienden a cuestionar los lazos que los mantienen unidos a los demás, a los objetos y a los conceptos. Los valores son puestos en entredicho, así como la idea de progreso o el sentimiento de pertenencia. Kuebiko es casi una tesis en este sentido:

Yo sé que tú te refieres a morir por una causa, y yo creo que es suficiente sacrificio huir por una causa, que ya es morir casi del todo. Piensas que así ganan ellos porque son ellos los que se quedan, y yo me pregunto qué ganan, papá, si nuestro país ya no existe; si nuestro barrio y nuestra calle ya no existen.

En el vestíbulo «los nuestros» estáis comiendo galletas y pan con queso. Ahora que me he separado de vosotros unos minutos, os veo como nos habrán visto a Isabella y a mí el viejo y la tal Hélène. Necesitamos bañarnos y descansar, solo eso. Después, quizá podamos volver a ser de los suyos, de los de todos.

En situaciones de emergencia, la jerarquía de valores se invierte, parece querer decirnos Carmona. Pero entonces no hay sentimiento de culpa, no hay «pena, ni tristeza», solo aceptación y vacío. El suceso nos excede y nos surge de dentro el ansia de supervivencia, «algo animal, un lenguaje atávico y salvaje», reflexiona Ulises:

Por detrás oímos gritos de quienes ya están siendo golpeados por el otro escuadrón. No podemos respirar. No tenemos constancia de los otros. No me importas tú. No me importa Carol ni el bebé. Ni siquiera me importa Isabella. Solo sé que no quiero morir aplastado contra esta verja. Y entonces la verja cede. Y los que no caemos pisamos a los que sí caen. Y si alguien se detiene a ayudar a alguien, ese alguien no soy yo.

Roto cualquier vestigio de humanidad, Ulises se vale del texto que leemos como un intento desesperado por buscar sentido, por curar heridas, por encontrar y encontrarse: «Supongo que redacto mentalmente este engendro discursivo dirigido a ti, padre, porque no tengo valor suficiente para hablarte, aunque seguramente no encuentre una oportunidad mejor que esta».

Nada más perder el hilo de Ulises, retomamos la historia a través de Tin, un niño que sobrevive junto a las familias. Carmona emplea aquí un estilo bien diferente. El lenguaje de Tin comienza siendo sencillo e inocente, casi telegramático, para paulatinamente convertirse en un excepcional cronista de mirada limpia: «Ahora me fijo más en las cosas para poder escribirlas aquí. Estaba releyendo lo de ayer, y creo que yo antes no me hubiera fijado en que Elías entraba y sacaba el pie de la babucha. ¿Qué importancia tiene ese detalle?». De la misma manera que vamos obteniendo una visión más cercana del resto de personajes y las relaciones entre ellos («Carol me da siempre un beso en la frente. Carol me gusta porque quiere mucho a Pablo, aunque ella le llama Mauro en bajito, y porque es muy guapa. Isabella también, pero ella no quiere a Pablo y no me gusta nada»), Tin nos proporciona un esquema del conflicto bélico sutil pero muy ilustrativo:

Yo no entendía nada. No sabía por qué los soldados nos trataban así de bien. No sabía de quién huíamos entonces. Quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Ahora sí lo sé. En la guerra no hay buenos, por lo menos en la de ahora. A lo mejor al principio sí los había.

Bruno dijo un día que son como los nazis, pero yo no sé qué son los nazis y él tampoco lo sabía, y también que son los terroristas que ponen bombas en la Unión, y que por culpa de ellos nos odian en todos lados.

Al igual que en el caso de los adultos, Tin también sufre las consecuencias de la situación. En mi opinión, Carmona nos entrega las páginas de mayor valor en el relato de las situaciones límite y la impotencia que experimenta el niño:

Me preguntó mi nombre. Casi no era capaz de hablar. Tenía hipo, frío, sueño y hambre, todo junto. Me dieron de comer y pude lavarme con agua caliente. Después me preguntó qué quería tener. Me dijo que le pidiera cualquier cosa. Me cogió por sorpresa. Le pedí un cepillo de dientes. Nunca había estado tanto tiempo sin lavármelos. Mamá no me dejaba ir a la cama si no me los lavaba.

El viejo está en el centro del salón, sobre un laguito rojo. Le digo vamos. Él me dice no tengo ningún sitio a dónde ir. Le digo que vamos, que ya encontraremos uno. Me responde: es por dentro. Ya no tengo ningún sitio a dónde ir. Se escuchan pasos por la escalera y voces. Pueden ser ellos. El viejo me hace así con la mano.

La tercera parte, la de Isabella, personaje hosco y escurridizo, hasta entonces prácticamente oculto, se compone de una serie de cartas dirigidas a Ulises, en ese momento desaparecido. De breve extensión, este fragmento se nos presenta como el más farragoso, de naturaleza más bien estática, pues no hay acción sino solo un monólogo interior cuanto menos abstruso, denso. Estamos esperando noticias de Ulises, pero Carmona se enfanga en una narración demasiado solemne, con lo que consigue que el interés del lector vaya languideciendo, pues la parte de Elías se queda en anecdótica.

Lo siento. Mi odio es la prueba de mi amor emboscado. Todos los renglones que no te escribo, que te escribo, pero no te mando, van a parar al dique de mi llanto, al rompeolas de mi vagina desértica, al espigón de mi aurícula inflada con el aire de los manguitos que usabas en la piscina de la parcela.

Mantenemos la esperanza porque nos hacemos la pregunta correcta y no entramos a juzgar si elegimos esa pregunta para engañarnos, para seguir teniendo esperanza.

Nos levantamos cada mañana porque olvidamos las respuestas a todas las demás preguntas; porque olvidamos incluso esa pregunta correcta y nos quedamos solo con la respuesta y nos repetimos, en silencio, palabras, sin mirarnos, con pánico a añadir una coma (no digo ya un pero): volveré a ser feliz.

Pese a su final deshilachado, Kuebiko supone un más que meritorio primer acercamiento a la novela para Miguel Ángel Carmona del Barco. En ella no solo se vislumbra una trabajada documentación, sino que además se tocan asuntos importantes, con mayor o menor acierto; se advierte un cuidado esqueleto narrativo, nada convencional, tensión argumental, un eficaz enfoque oblicuo sobre temas de calado y un esmerado proceso de construcción de los personajes, con la ansiedad de los recuerdos planeando continuamente sobre los perfiles psicológicos. ●

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