El escritor madrileño alcanza su madurez narrativa con un conjunto de relatos sin apenas fisuras

«Ya no estaremos aquí», de Matías Candeira

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«Behind You». // Autor: Tom Waterhouse.

La lectura de los relatos de Matías Candeira produce sensaciones extrañas. Una tras otra, las nueve historias de Ya no estaremos aquí (Salto de Página, 2017) golpean al lector sin permitirle un respiro. Siempre y cuando se las lea así, sin dejar mucho tiempo entre ellas, hacia el final uno empieza a sentir que se acumulan los impactos de esta forma de narrar, oscura e implacable; una forma que va más allá del sentido conocido de las palabras y que se adentra sin pudor en pesadillas mentales anexas. Una vez cerrado el libro, muchas de las imágenes se resisten a escapar, tal es el vigor con que están construidas. Es el efecto que producen unos relatos sin apenas fisuras narrativas y que persiguen la sugestión: «Se me da bien preguntarme cosas para las que no tengo verdaderas respuestas» («Casa de nieve»).

Ya no estaremos aquí es el cuarto libro de relatos de Matías Candeira, amén de la novela Fiebre, y me atrevería a decir que es del que puede sentirse más satisfecho. El poder sugestivo de su voz no se rebaja en ninguna de estas páginas. Pero además, narrativamente, si se analiza relato a relato, puede corroborarse una autosuficiencia imaginativa y estética que, tópicos mediante, lo sitúan en su madurez como narrador: «No me cuesta imaginar otros universos en los que también vivo y en los que también hay hielo acumulándose silenciosamente sobre esta casa» («Casa de nieve»).

Si de algo puede presumir Candeira es de haber logrado en sus cuentos un mundo propio, exclusivo, cerrado herméticamente a lo que conocemos como realidad exterior y de leyes indescifrables: «¿Quién ha seleccionado con su mano y con su guante quién de ellos moría y quién se quedaba aquí?» («Las estrellas no miran hacia abajo»). He aquí uno de los principales atractivos de Ya no estaremos aquí en particular y de su obra narrativa en general: el diseño de distopías, valga la moda posmoderna. Su singularidad creativa reside en que las más de las veces estos mundos están apenas esbozados o directamente son inexplicables, todo lo cual garantiza una mayor trascendencia de sus personajes. Así, Candeira se afana en delinear personalidades ya de por sí huidizas, en las que escarba para extraer fragmentos de pasado y de intimidad perturbada, a menudo malsana, que podrían llevar a explicar algunos de los comportamientos, muchas veces imprevisibles, que estos personaje muestran: «Al pasado lo quemamos en una hoguera. Casi siempre es un amigo gordo, atado a un potro de tortura. Bajamos allí y nos lo pasamos bien con él» («Casa de nieve»). En este punto me vienen recuerdos de las películas del cineasta griego Yorgos Lanthimos.

Su discurso literario actúa como alternativa a lo establecido y legitimado, en contra de las más penosas patologías del ser humano y la vida moderna: el egoísmo, la individualización, el miedo a lo desconocido o la insatisfacción personal. La creación de Matías Candeira, pues, nace de la necesidad de respuestas —«Quizás esas vísceras también serían negras. ¿Y ellos? ¿De qué color es ahora lo que tienen estos niños debajo de la piel?» («Las estrellas no miran hacia abajo»)—, porque su pretensión narrativa es siempre abrir la puerta de clase y llevar «a los niños hacia la salida» («Las estrellas no miran hacia abajo»). En este sentido, son los niños los que tienen la llave de las cosas, la vía para desactivar amenazas inconcretas: «Hay cerraduras en mi hija», se lee en «Las profundidades», uno de los textos más crípticos del conjunto.

Y todo esto con un estudiado peso en el estilo y en el lenguaje de la ausencia. La escritura de Candeira exige al lector de una manera muy intensa, pues insinúa diferentes capas semánticas que deben ser reconstruidas a posteriori si se quiere llegar al fondo de las historias. El mismo título de la antología en confrontación con los textos es ya un ejemplo excelente. Se ha comentado mucho acerca del valor poético de su escritura, que lo tiene, pero sus relatos son fuentes de las que brotan conocimientos de estética literaria, como escribí más arriba, de retórica, con un fino oído para los sonidos de las palabras, de cultura popular y de teoría narrativa, sin que el clasicismo pese en demasía. No es casual que el narrador de «Casa de nieve» afirme «a veces sustituyo los verbos voluntariamente», pues «también los verbos hay que calentarlos», lo que podría tomarse como una poética de la escritura del autor. En estos ámbitos se podría marcar la diferencia real respecto de otros proyectos literarios de su generación.

Si alguna pega cabe poner a la colección sería que, aunque casi todos los relatos son finalmente logrados, hay pasajes en los que adolecen de cierta solemnidad o rigidez, de cierto hieratismo narrativo, que puede retrasar o entorpecer una lectura satisfactoria. O más que entorpecer, dispersar a aquel lector que no esté habituado a escrituras que tiendan a lo contemplativo: pienso por ejemplo en «Detrás de la tormenta». En mi opinión, la relación con la lectura mejora cuando Candeira relaja el tono y permite la presencia de la ironía, lo que provoca una paradoja tragicómica que enriquece de matices el terrorífico contexto: «Desde luego, mi padre no es un yeti. No puede serlo porque apenas desprende majestad y sí muchos olores. Para imaginarme en los brazos del yeti ya tengo a Olivia. Hay un silencio en el centro de su nombre» («Casa de nieve»).

Ironía burlona en el terror y en la desesperación y frialdad irónica en el sentimentalismo: esta es la estrategia más productiva de las que se ensayan en Ya no estaremos aquí, cuyos ejemplos más esclarecedores son los tres relatos finales: «Bosques tranquilos», «La instalación» e «Hija pródiga». En cualquier caso, son nueve cuentos fabricados con un tiento portentoso, admirable, que dejan al lector una fuerte impresión de haberse relacionado durante un tiempo con lo desconocido.●

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