Cinco mujeres y sus cárceles, dentro y fuera de los barrotes

«Los días iguales de cuando fuimos malas», de Inma López Silva

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«Alcatraz prison». // Autor: Alexander C. Kafka.

«Cualquiera puede acabar aquí. Cualquiera». «Aquí» es la cárcel de mujeres de A Lama (Pontevedra), el escenario con el que esta escritora gallega se incorpora al catálogo de Lumen, una novela en la que bucea en los límites de la maldad y los confines de la libertad.

Lo hace a través de las historias de cinco mujeres que cruzan sus vidas entre barrotes, aunque algunas de ellas entraron en la cárcel antes de hacerlo en esas cuatro paredes. Una prostituta gitana desterrada injustamente, hasta para el canon calé; una colombiana detenida en el aeropuerto con un bebé a la espalda y unas cápsulas en el recto; una monja erigida en justiciera divina entre madres e hijos; una escritora acusada de homicidio en grado de tentativa y una funcionaria de prisiones que colgó las zapatillas de ballet para calzarse un uniforme gris.

Protagonizada por mujeres y escrita por una mujer, no es una novela exclusivamente femenina: los hombres son protagonistas en la sombra. Son clave en (casi) todas sus historias y en las reflexiones que provocan su lectura.

¿Raquel habría acabado siendo Margot y en la cárcel si parir un niño rubio no la hubiera dejado apaleada a las puertas de un hospital? ¿Valentina Carabonita se la habría jugado como mula si antes no la hubieran tratado como tal contra una tapia, de la que salió embarazada? ¿Inma habría desarrollado esos instintos violentos sin «la boca llena de saliva, con aliento a muela picada» de su tío, que intentaba meterse entre sus bragas?

Ellas nunca lo sabrían, y ni se lo plantean. Solo tratan de sobrevivir e incluso siguen soñando, como lo hace la colombiana, que hasta que no llega a la cárcel no descubre que lo que le hizo El Negro tiene nombre y es violación, y convierte ese descubrimiento del Código Penal en el anhelo por convertirse en abogada.

Y tampoco lo justifican. No lo hace Inma, la escritora-personaje, que contradice a su psiquiatra y su empeño en relacionar su bipolaridad con lo que le hizo el tío Pepe. «No creo que la cosa tenga tanto que ver», piensa y niega así un trauma, con un crudo pensamiento: «Imagínate si todas las que vivimos una experiencia de ese tipo fuéramos homicidas en grado de tentativa inacabada. Demasiada loca asesina». No habría cárceles suficientes.

La novela gira también en torno a los grados de maldad y, aunque plantea, en la mente de la funcionaria, que «todo el mundo puede ser asquerosamente malo si se tercia», conduce a la pregunta de si el nivel extremo es territorio exclusivamente masculino: son una excepción las mujeres en régimen de aislamiento. Sus inquilinos lo son por motivos que una mujer no está «dispuesta a hacer a no ser que le metan testosterona en vena».

Pero hay un tercer elemento que, junto a la maldad y la (ausencia de) libertad, une a todas las mujeres que pisan los pasillos de A Lama: la maternidad. «En esta historia todos mis personajes están obsesionadas con los hijos», llega a escribir Inma, la presa, que ejerce de hilo conductor de la historia, y que se resiste a acabar hablar de eso, de madres huérfanas de hijos; no-madres que se obsesionan con la maternidad ajena porque nunca fueron hijas; mujeres que se niegan a serlo y otras que fían sus días a conseguirlo. «Hay penas que las mujeres siempre vivimos sentadas al váter».

«Los días iguales de cuando fuimos malas» no es (solo) una novela carcelaria o una novela para mujeres, es una buena carta de presentación en castellano de esta escritora gallega que invita a estar muy atento a sus próximos pasos, aunque solo sea por sus capítulos dedicados al arranque de la historia de Raquel. Y de Valentina Carabonita, que «tiene esa clase de belleza que también conservan algunos hombres indígenas, cuyos pueblos se han mezclado a lo largo de generaciones desde la conquista, y que generan estupor en quien los mira. Solo que a los hombres no les violan por eso». Las mujeres y sus cárceles.●

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