Relatos para urbanitas o el ocaso de los afectos

«Una playa de septiembre», de Sofía González Gómez

0
«Río Calle-Calle, Valdivia». // Autor: Rodrigo.

Ha llegado hasta mí el último volumen publicado por la editorial La Isla de Siltolá para su colección Nouvelle. Se trata de Una playa de septiembre, de la autora ciudadrealeña Sofía González Gómez, una colección de 19 relatos breves. El título, según reza la contraportada, «es la metáfora de la que Miguel D’Ors se vale para comparar el corazón de una mujer a la que nunca llegó a amar en el poema “Carta”, perteneciente a Curso superior de la ignorancia (1987)», y a continuación se reproduce el citado poema. A nivel global la autora busca la mayor claridad expresiva; parece querer así incorporarse al tránsito urbano y a determinadas corrientes de pensamiento para tratar de perfilar nuestra sociedad actual, que, como decía Jameson, vive instalada en el ocaso de los afectos.

«Compra-venta de identidad» es el relato que abre el libro y el que podría servir al lector para calibrar lo que está por venir, pues en él concluyen los defectos y virtudes de la escritura de González Gómez, las constantes temáticas, el tono y el estilo narrativo. La historia tiene lugar entre un vendedor de libros a través de Wallapop y su compradora. Tras apuntarnos su profesión y la razón de que Marcos quiera vender sus libros, el relato avanza mediante conversaciones de WhatsApp sobre autores y títulos. Marcos pretende usar la estrategia de compra-venta para flirtear con sus compradoras, lo que en el caso de Marina, la otra protagonista del cuento, acaba en casi nada o en nada.

Por un lado, González Gómez capta con acierto el lenguaje fluido de las redes en sus diálogos, al tiempo que dibuja personajes erráticos y contradictorios, una personalidad muy acorde a los tiempos actuales. Por otro lado, no puedo dejar de mencionar lo que me ha parecido un pronunciado esquematismo, tanto de los caracteres psicológicos (Cfr. «Estatua de sal») como de las mismas bases argumentales de los relatos. Quizá achacable a la brevedad o al academicismo, este texto y otros de la colección desoyen a menudo el mantra del Show, don’t tell y caen en el recurrido compendio argumentativo, casi siempre molesto, unas veces por subrayar lo ya leído (o asumido) y otras por escamotear soluciones más bellas, elaboradas o por lo menos propias: «La sensación que tenía Silvia era la de estar protagonizando algo similar a la película Her, solo que sin sentimientos amorosos de por medio» («El enemigo de los pájaros»).

Torpes por obvias resultan líneas que pretenden ser claves del argumento como «aprovecho esta web para construir identidades» o «aquel día tomó consciencia de que necesitaba ser otro para sentirse pleno», pues hoy en día ya estamos familiarizados con el doble o imagen social virtual que nos representa en red sin llegar a ser nosotros mismos y sabemos de la importancia de la autoficción como creadora de identidades (desde Don Quijote). Pero es que en el mismo vicio se incurre en el clímax del cuento:

Su propósito inicial era invitar a la compradora a tomar algo. Por eso, proponía quedar a partir de las siete, de manera que, según él, la noche contribuyera a crear ambiente. Pero desconectó completamente y, aunque a Marina le parecía sumamente atractivo, la dejó marchar y cada uno recorrió el camino inverso.

En esta tesitura, el relato parece reducirse a una cadena de referencias literarias y de la cultura pop, pues no son pocas en un relato tan breve. Cuenten: El segundo sexo de Simone de Beauvoir, las revistas Esquire y GQ Magazine, Los desengaños de Antonio Lucas, Hecho en falta de Juan Bonilla, Nicanor Parra, Claudio Rodríguez, Chantal Maillard, Gil de Biedma, Juan José Millás, Mario Vargas Llosa y otra vez la revista Esquire. La buena noticia es que no es necesario haber leído estos títulos ni ayudarse de la Wikipedia para saber de los autores porque en ningún momento ese conocimiento le aportará luz a la lectura del relato, ni siquiera como juego intertextual (de nuevo Don Quijote, el capítulo de la biblioteca, como contrapunto). La mayoría de las veces estas referencias podrían calificarse de gratuitas, datos que al cabo no generan información útil ni por supuesto literatura.

La fiebre referencial se expande sobre todo por la primera parte del libro, con especial mención para «Fila 8, asiento 4» y «Vértigo», donde los cinéfilos se sentirán especialmente reconfortados entre tanto nombre y concepto reconocible. En el segundo de estos relatos, con motivo de una exposición de Alfred Hitchcock, la narradora sorprende a un chico que informa de la fecha de nacimiento del director a su acompañante, una chica. Esta es la reacción de la narradora: «Gracias por el apunte, sin duda esencial para comprender el sentido de la muestra; a punto estoy de seguirte para que nos sigas ilustrando», para a continuación describirlo como «otro ejemplo de mansplaining», obra de «un iluminado». No obstante, en otro relato posterior, «Vida de provincias», por poner un ejemplo concreto, la voz narrativa describe a Ana como «una lánguida profesora de literatura cuyo libro favorito era El libro del desasosiego de Fernando Pessoa». Valiéndome de la intratextualidad e idéntico sarcasmo debería dar las gracias a la narradora por este apunte sin duda esencial para comprender el sentido del relato. Discúlpenme la pedantería, en este caso procedente.

No en vano, pues Una playa de septiembre se adapta a nuestros tiempos, en los textos se observa un intento por apegarse al fluir contemporáneo, eso es innegable, aunque más bien debería decir a la vida urbanita y tecnologizada, y también a lo trending: de la misma forma que estudian la soledad, la incomunicación o el desapego, los cuentos se someten a la inercia de la sociedad de consumo. Así, si los productos culturales se cosifican, el discurso intelectual resulta vacío: otra coartada más del capitalismo cultural. Esnobismo o no, lo cierto es que si esta era la intención de la autora: chapeau, objetivo logrado.

Porque, pese a todo, en buena parte de la narración sobrevive una postura de no pasividad moral. La idea se observa con acierto en «Congreso» y en «Las tres gracias», donde desaparecen las referencias superfluas para dar paso a las que se ponen al servicio de la historia. En estos ejemplos, sí hay distancia crítica con respecto a lo que se ve y se describe, sí hay interpretación, y el resultado es más limpio y quizá valiente: «Reparé en un chico que me miraba, y que también miraba a mi libro. Supuse que le interesaría la lectura, aunque solo llevaba consigo el Marca y ni siquiera lo había abierto» («Congreso»). En todo caso, el lector encontrará igualmente frases como «Yo me estaba divirtiendo contemplando a Áglaga, Talia y Eufrósine escenificar su cuadro» o «Fue una tarde bucólica para todos» (ambas de «Las tres gracias»), que unos pueden recibir como acertadas y bellas y otros como un gesto de pedantería.

Considerado el esquematismo y la continua referencialidad de los textos de Una playa de septiembre, no puedo dejar de destacar el correcto trabajo estructural de relatos como «Todos los novios de mi vida», de historias encadenadas, o como «Una vida de provincias», quizá el más elaborado en la creación de tiempos y distintos personajes, y donde además se pone de manifiesto la esencia narrativa de Sofía González Gómez: frescura expresiva, cercanía con sus personajes y vívida observación de la realidad circundante, muy bien amparada en la noción de no-lugar, algo que apunta José Carlos Rodrigo. En efecto, son relatos que, como apuntó Manuel Gutiérrez Aragón, «parecen que han pasado la prueba de fuego de haberlos vivido».

Sin embargo, en este su primer libro de relatos, los defectos de su escritura se me han impuesto sobre las virtudes. Las narraciones pierden fuelle en confusas introducciones, a veces innecesariamente enrevesadas, desordenadas o repletas de datos que muchas veces no armonizan con la claridad del resto de la historia («Una playa de septiembre», «Compañeros I», «Curso de primeros auxilios», «Compañeros II» o «Clases» son buenas muestras al respecto) ni con finales a menudo precipitados o efectistas (allí donde José Carlos Rodrigo, sin embargo, aprecia «un certero impacto de amargura»). Otras veces, es el discurso mismo el que da la sensación de que se trastabilla:

El sábado por la mañana di un paseo, dirección Ventas. Quería comprar fruta en el mercado. Al esperar el semáforo de un paso de peatones, lo vi, con su mano izquierda sujetando la que lo acariciaría después de coger las llaves del piso y antes de partir hacia el trabajo. Me miró y vi decepción, tal vez porque el azar no le dejó tiempo suficiente para construir lo real. («Consuma, una vez abierto, antes de tres días»)

La voz narrativa es menos dubitativa y por lo tanto más eficaz cuando abraza la sencillez en relatos como «Los anticuchos», pero mi sensación general sobre Una playa de septiembre es de mucho ruido y pocas nueces, un estilo narrativo en el que el conocimiento sobrepasa con mucho a la práctica. Una escritura de su tiempo, de eso no hay duda, pero a la que no he podido entrar, quizá porque nunca he llegado a amarla.●

Dejar respuesta