Relato de un desamor cursi y estomagante

«Con un par de alas», de Alba Saskia

0
«Jump». // Autor: @mptoyama.

Gómez de la Serna distinguió en Ensayo sobre lo cursi (1934) una diferencia entre lo cursi bueno y lo cursi malo. En su opinión, lo cursi bueno hace que la ternura funcione en «ondas puras, sin dejar que caiga el alma en perezas deleznables», mientras que lo cursi malo abusa de la ternura, con lo que «coacciona, adormece, inmoviliza, recarga, suprime vuelo al espíritu». ¿Qué pretendía con esta reflexión? Sin duda, librarnos del mal gusto, estética que nos invade en «momentos de gran preocupación social, de fuerte involucro de los valores y los sentimientos, aprovechando que las gentes no están para nada» y que como resultado «esteriliza la vida y evita la comprensión». ¿Les suena todo esto de algo?

En mitad de este debate es donde quiero situar la presente reseña al primer y hasta ahora único libro de la escritora gerundense Alba Saskia, Con un par de alas (2017, Planeta de Libros), finalista del Premio Planeta de 2016. Mucho se ha escrito en prensa acerca del paralelismo biográfico existente entre Lía, protagonista de la novela, y la autora en lo referente al ejemplo de superación que las enlaza: la lucha por sobreponerse a una enfermedad crónica. Como creo que este asunto diluye en parte el sentido de toda crítica que se pretenda objetiva, no voy a ponerlo en valor más allá de la mera mención. En cualquier caso, es innegable que Con un par de alas es una historia de superación: sobre todo, de una relación amorosa; pero también, y solo subrayado en el texto, de una enfermedad.

El argumento es fácil de resumir: Lía se va a casar con Hugo, pero meses antes de la boda la cosa se tuerce y rompen; Lía trata de olvidar a Hugo, recluida en casa de su mejor amiga y sin el apoyo de su madre, de viaje por Francia. «Con un par de alas» se convertirá en el lema que abandere Lía para superar todos sus problemas vitales, a los cuales pondrá palabras, densos meandros mentales y emocionales que se filtran sin pudor sobre las páginas, arranques poéticos incluidos. ¿Literatura confesional? ¿Diario? ¿Supuración sentimental propia de la adolescencia? ¿Cursilería? He aquí la cuestión.

Es evidente que cada lector podrá soportar un grado diferente de sentimentalismo estético —ternura e intimidad, si seguimos a don Ramón—: un discurso que emocione a una persona puede chirriar a otra por su apabullante cursilería. No es fácil, y ya la discusión se presentó en la Poética (1737) de Luzán en relación a los conceptos de belleza y dulzura poética. No es nada fácil, decía, por cuanto, como escribe Vicente Molina Foix, «lo cursi se lleva en el alma o se detecta a flor de piel». Debe ser que quien esto escribe tiene la piel especialmente sensible, pues al leer frases como «A mí me gustaría tener dos alas en la espalda, o en el corazón, para hacer de lo cotidiano un vuelo», no puedo evitar sentir «calambres en el espíritu», uno de los síntomas que Gómez de la Serna detectó.

De 1869 es la tercera de las definiciones de cursi del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: «Dícese de los artistas y escritores, o de sus obras, cuando en vano pretenden mostrar refinamiento expresivo o sentimientos elevados». La clave aquí reside en la expresión en vano, pues tal pretensión artística puede ser ridícula para unos y conmovedora, y por tanto de provecho, para otros. De acuerdo, espinoso asunto a dilucidar; aportaré entonces algunos ejemplos. ¿Qué entendemos por refinamiento expresivo? «Esmero, cuidado» en la expresión, según el DRAE. También el ejercicio de embellecer el lenguaje literario, por ejemplo, mediante alegorías, metáforas consecutivas. Toma la palabra Lía:

Me derrito como un helado de stracciatela en pleno agosto. Y cuando estoy ahí, que se me va la vida en derretirme por el cucurucho, en vez de quedarme dentro del cono, que es lo normal, pues yo no. Me vuelco sin importarme si el helado se queda hueco o no. En este caso, yo sería el anodino helado, y el amor el que me chuperretea a su antojo.

¿Cursi sensitivo o cursi sensiblero, se preguntaba Ramón Gómez de la Serna? Lo uno es provechoso para el hombre y tiende a perpetuarse; lo otro, deleznable. Cuando las formas románticas asociadas a la burguesía se hicieron mayoritarias, estudia Calinescu en Cinco caras de la modernidad (1987), al mismo tiempo se empezaron a vulgarizar. El pretendido refinamiento no puede sobrevivir a la masificación, parece querernos decir. Una imagen poética que esté al alcance y sea estimada por el público en general, es decir, popular, corre el peligro de perder sutileza y por tanto de recargarse de adorno:

Si en algo nos pusimos de acuerdo fue en envidiar el flamante sol que dejaba verse tras el ventanal. Como una ristra de besos dorados que unían el espacio sideral entre tu índice y mi pulgar.

Lo mismo sucede con ciertos paralelismos:

Recordarte, con un latido, lo que fue verte por primera vez.
Enseñarte, con un suspiro, todo lo que nos quedaba por recorrer.
Maravillarte, con una sacudida, por las noches que ya te regalaré.
Amanecerte, con-migo y con-tigo, tras tu silueta desnuda de apabullada indiferencia.

Considerando los ejemplos anteriores, resulta paradójico que el estilo mayoritario de escritura se acerque al desparpajo oral: «Siempre he sido yo más de merluza que de merluzos, de gatas domesticadas que de zonas asilvestradas». En ese sentido, es una limpidez de estilo que no engaña; el contenido de la historia narrada es igualmente diáfano, un mundo previsible y sin sombras, pese a la estomagante aflicción de Lía, que acaba por percibirse artificial y forzadamente dramática, como sus arranques retóricos.

Con un par de alas somete todo asunto a una superficialidad desesperante, desfilando uno tras otro los tópicos modernos sobre el amor «verdadero e incondicional» —«Danzar por el mundo y dejarlo todo por amor, eso no lo hace cualquiera»—, sobre la relación sentimental —«Me voy apoyando en ti, en esto que nos une y que hace de puente, que acorta la distancia, el tiempo, y mide nuestro baremo de sufrimiento»—, sobre la autonomía personal —«Y pienso yo que, si el sol y la luna conviven sin verse, ¿Hugo y yo podremos ser sin vivirnos?»— o sobre el hombre ideal, más conocido como príncipe azul —«Me saca una cabeza, de tez morena, ojos aguamarina, sonrisa enigmática, de manos anchas y pies grandes. Debe de dedicarse a algo de deporte […] porque su constitución lo delata, o modelo, y se da sus palizas en el gimnasio. Pero no, opto por el deporte»—. Son conceptos del ámbito amoroso muy manidos los que se mueven en el subconsciente de la historia, quizá de buena parte de la sociedad actual, y que, algunos por su obviedad y otros por su mojigatería, producen sonrojo: «Es caca pura mentir a la persona que amas. Es un mojón pinchado en un palo ocultar cosas a quien vela tus sueños».

En ese hábitat, Lía se alza como una antiheroína moderna, una figura alejada por sus ideas de la mujer nueva y contemporánea. Intelectualmente perezosa, en ningún momento da la sensación de que quiera despegarse de los estereotipos, apenas dotada del más mínimo encanto literario y sí de una palpable e indignante para el lector inconsciencia de sí misma. Su pasión amorosa, pues, está acorde a sus convicciones y madurez intelectual, pues Lía es más una niña que una mujer, con lo que, al cabo, al lector acaba por no extrañarle la espantada de su prometido. El gran recurso de la novela para convencer no es de índole literaria: toma la forma de un reto en el que el amor y la voluntad pueden vencer al desamor y a la enfermedad. «Una novela luminosa que te invita a soñar con lo imposible», reza la faja del libro: puro coaching de positividad, psicología aplicada a la eficiencia.

Por si fuera poco, en Con un par de alas también hay lugar para la cultura del todo vale, materializada en breves textos que cierran los capítulos a modo de epílogo poético. Valgan como muestra un par de ellos para no irritar al lector:

No me temas a mí por quererte,
Por adularte, por aguantarte.
No tengas miedo de mí contigo,
No tengas miedo de ti conmigo.

Relativamente,
Siempre tu boca.
Enteramente, a veces yo.

No es mi intención contribuir con palabra alguna al linchamiento de la llamada Nueva poesía. Juzguen ustedes mismos. Estamos de todas formas ante lo que Gómez de la Serna consideraría una oratoria cursi, lo que se revela, como razona  Molina Foix, en una «ñoñez inocua» —«He lavado la ropa con Coca-Cola y ponerme las bragas ha sido como comer Peta Zetas»— y «solo tenuemente espectacular» —«Hoy, en otra ciudad, / En otro pensamiento, en otra locura, / me encontré con una sonrisa pirómana / que incendió hectáreas de bendita soledad, / Bordeada de carmesí»—.

En última instancia, se trata de una cursilería que cae del lado de la afectación, de la misma forma que se regodea en el exhibicionismo sentimental tan en boga en los tiempos actuales. Si tal estética literaria es más o menos indigna, pomposa u ordinaria es un juicio que va a depender en exclusiva de la sensibilidad del lector.●

Dejar respuesta