De la aceptación de la derrota

«Tierra de campos», de David Trueba

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«Castilla». // Autor: Santiago S.V.

«Todos conocemos el final». Esa es la primera frase de la nueva novela de David Trueba, Tierra de campos (Anagrama, 2017), y quizá también su mejor resumen. Al autor no le interesa contar una historia. Al menos no es su principal objetivo. Como ya sabemos cuál es el desenlace y no es bueno, asegura, prefiere mirar dentro de sus personajes, centrarse en los sentimientos que van surgiendo en el trayecto y, por eso, para que el lector no se distraiga, lo deja claro al comenzar la lectura. Pero, por supuesto, si de trayectorias personales es de lo que trata, el final (y no quiero desvelar nada) no puede ser otro que un nuevo inicio, porque el cierre de cualquier proceso es la apertura de otro. Así de agotadora y apasionante es la vida.

«Siempre escribo sobre personajes tan insignificantes que cuando la gente me pregunta de qué va el libro me da vergüenza contestar». A pesar de esta confesión de Trueba, la historia de Dani Mosca ha tardado nueve años en gestarse y ver la luz. El autor peca con esa declaración de exceso de humildad porque uno de sus mayores talentos es, sin duda, el de crear personajes con los que el lector termina por identificarse, quién sabe si porque, efectivamente, son tan insignificantes como cualquiera de nosotros. Mientras el protagonista repasa su vida para tratar de averiguar a sus 45 años quién es, el lector se pregunta por qué ese cantante se parece tanto a él. La intimidad del personaje y el lector parecen fundirse.

Y es en ese punto donde el argumento queda en un segundo plano porque, al sentir esa cercanía, lo que se termina buscando entre las páginas son respuestas, frases que expresen, por fin, lo que nunca hemos sido capaces y entendernos mejor. El autor, además, tiene la enorme capacidad de hacerlo de una forma directa y, aparentemente fácil. Dan Brown dijo aquello de que no hay nada más difícil que escribir un libro de lectura fácil. No entraré ahora a juzgar su obra, pero sí creo que esa afirmación encaja perfectamente en el estilo literario de Trueba.

Las (digamos) reflexiones de la novela las intercala, una vez más y con maestría, con una narrativa fluida, unos diálogos de sabia ligereza y una gran capacidad para crear y describir escenas y personajes. Al escritor le gusta escuchar y eso se nota, porque describe con la misma precisión y autenticidad el mundo de la música que el ambiente rural de nuestra España profunda y retrata con igual precisión a un cantante que se ha dejado llevar por los excesos que al alcalde de ese pueblito de Tierra de campos en el que va a enterrar a su padre.

Es su quinta novela y todas tienen estos rasgos en común, así como también la mezcla entre humor y tragedia. Eso sí, debe ser que los años pesan, porque en Tierra de campos vemos a un Trueba quizá más maduro y melancólico. La carcajada, como en el resto de sus trabajos, termina llegando, pero en esta ocasión nace más como un suspiro de alivio que como una explosión de alegría, surge casi de la congoja. A pesar de esa evolución, el autor conserva su personalidad narrativa y, el hecho de que la tenga, ya es mucho.

Y dicho todo esto, hablemos de cosas menos importantes: el argumento y la estructura. Tierra de campos es la vida de Daniel Mosca, un tipo «que hace canciones»; el balance que él mismo hace de su trayectoria vital teniendo como catarsis el traslado que se obliga a hacer del cadáver de su padre a su pueblo natal. De nuevo el viaje, tanto metáforico como real. Una constante más en su obra. El libro se divide en las dos caras de un disco. En la A repasa su infancia y adolescencia y recorre esa Tierra de campos en un coche fúnebre, y en la B llega al pueblo donde enterrará a su padre y a su madurez. Dentro de esos dos grandes bloques, la novela se divide en pequeños capítulos que comienzan con versos de los éxitos de Dani Mosca, algunos incluso buenos y con los que Trueba parece quitarse la frustración de no haber tenido un grupo propio.

«Nos hacemos mayores, pero no nos hacemos mejores». «Hacerse adulto puede que signifique aceptar el caos o al menos aprender a vivir con él». En ese trayecto, a Trueba le da tiempo a hablar del paso del tiempo y de cómo cargar con él sin que anule el presente, de las relaciones con el padre, tan recurrentes en la literatura, del amor, por supuesto, y también, claro, de la muerte. Del ciclo vital visto desde los ojos de una persona que ya ha agotado, más o menos, la mitad del suyo y sigue preguntándose: «¿Qué tengo que hacer para ser yo? ¿Qué tendría que hacer si yo fuera yo?».

«En el fondo es una novela sobre ideales, sobre cómo seguir viviendo cuando han quebrado esas ideas que te impusiste cuando eras adolescente y decidiste qué tipo de vida querías llevar». Nada nuevo tampoco en su literatura. Una vez más, el autor habla de la inevitable derrota y su aceptación. Por eso, en Tierra de campos nos deja una última reflexión: después de todo lo vivido y sabiendo que no puedes sostener tus ideales, ¿quieres mantenerlos?

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