El cineasta austriaco fija su objetivo en los ricos europeos de caza en África

«Safari», de Ulrich Seidl

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Después de la controvertida En el sótano (2014), Ulrich Seidl se va a África para retratar, con su peculiar estilo, a europeos ricos y aburridos ansiosos de matar a grandes mamíferos, pero sin ganas de correr ningún riesgo. Un cuadro de caza mayor con selfie final incluido y nativo exótico al fondo.


Borja Efe Eme: Pues ya hemos visto Safari, la última película del polémico Ulrich Seidl. Me consta que tú eres buen conocedor de su filmografía.

Rubén Rojas: Bueno, he visto sus películas y documentales, sí. Un tipo peculiar, en la elección de los temas y en el tratamiento. No se casa con nadie y le gusta meter el dedo en el ojo del primer mundo.

Borja Efe Eme: Sin duda. Películas como En el sótano o su trilogía Paraíso (todas ellas recomendables) van en esa dirección. Y, desde luego, en esta ocasión no se queda atrás: con Safari nos presenta, sin apenas intermediación por su parte, el ocio de las élites europeas (¿alemanas?, ¿austriacas?) en la cada vez más prescrita práctica de la caza mayor en un indeterminado país de África.

Rubén Rojas: La trilogía quizá pecaba de cierto exhibicionismo y algo de manipulación (aunque siempre era «divertida» la risa ante sus semejantes), pero en En el sótano (documental) salió un Seidl más aséptico y punzante. Safari va en esta misma línea. Pero lo que allí era un muestrario de perversiones íntimas, aquí es una denuncia monotemática y excesivamente subrayada, en mi opinión.

Borja Efe Eme: A mí no me ha parecido recalcado en exceso. Es evidente que en los aproximadamente noventa minutos de metraje el tema está claro: cómo las clases adineradas europeas se aprovechan de su posición económica para dar rienda suelta a sus perversiones (cinegéticas en este caso) en países que necesitan del capital extranjero. Pero a partir de ahí, lo único que hace Seidl es dejar hablar a los protagonistas. Son ellos mismos y sus acciones los que los ponen en entredicho. Seidl llega allí, planta la cámara, dará (supongo) determinadas indicaciones y, sin apenas más intermediación, consigue extraer una evidente lectura del mundo. Sin comentarios, puesto que es la cámara la que habla por él. Es el poder del documental.

Rubén Rojas: Planta la cámara, sí, pero con una diferencia. Los europeos están respondiendo unas preguntas previas, con lo que ellos mismos se exponen. Los africanos, simples peones para los turistas, no hablan (no se les pregunta nada, da la impresión), tan solo trabajan, comen o miran a la cámara fija de Seidl. La información que se recibe, de uno y otro lado, es diferente. La intención queda clara desde el principio en esa escena en la que dos de los turistas enumeran las piezas de caza y su precio. A partir de ahí, se van añadiendo matices, pero no situaciones que profundicen en el asunto.

Borja Efe Eme: Lo que quiero decir es que, habiendo una intención por parte de Seidl (¿qué actividad de la vida no la tiene?), me parece más «limpia» que, por ejemplo, En el sótano. Y cuando digo «limpia» quiero decir que sus personajes me parecen menos mediatizados, más expuestos en sus acciones y comentarios per se en una sociedad que ya no tolera este tipo de comportamientos.

Rubén Rojas: Yo pienso que Seidl los deja hablar con una intención, lo mismo que a los africanos los retrata en silencio. La decisión no es gratuita, tiene un fin, desemboca en un retrato moral del personaje. Cuando uno de los blancos afirma que «la naturaleza ya no existe» y que «el problema es la superpoblación», está exponiéndose brutalmente. Seidl busca explicitar este tipo de pensamientos para incomodar a la opinión pública, y como lo busca, en cierto modo, está mediatizando el mensaje del documental. Y además de esto, y en comparación con En el sótano, la revelación de determinadas interioridades de ciertos seres humanos es menos intensa y sorprendente para el espectador. Uno ya imagina desde el principio qué argumentos van a usar los cazadores.

Borja Efe Eme: El objetivo del cronista debe ser difundir información por más que sea de conocimiento general. La «intensidad» ya la pone cada cual. Que el protagonista se exponga más o menos es cosa suya y de sus actos.

Rubén Rojas: Ahí pienso que radica el principal problema de Safari como documental, que esa información es redundante y hasta cierto punto previsible. Ni fans de Seidl ni neófitos en su obra van a observar especial aliciente, me parece. El punto fuerte, creo, sigue estando en ese extraño magnetismo que genera el plano fijo frontal, el estatismo de las figuras, el silencio a veces. Que Seidl pretende ponernos un espejo como sociedad es evidente con este mecanismo visual. Pero su documental no deja de ser eso, un reflejo de lo que somos, un simulacro intervenido sabiamente por el creador.

Borja Efe Eme: Así es. Me ha gustado cómo presenta Seidl a los lugareños ante la cámara: el hombre pobre negro contemplando al hombre blanco en sus excesos, posando sin voz ni trofeos. Creo que ahí el documental deriva, precisamente, hacia la histórica lucha «blancos frente a negros», «amos frente a criados». Y sí, estoy de acuerdo en destacar la precisa composición visual, geométrica, inexpresiva de Safari (me recuerda, por momentos, a la forma de filmar de Wes Anderson —en otro campo de acción distinto, por supuesto—). Esa vista frontal parece querer exponer a los protagonistas al juicio del espectador, lo que, alternada con la cámara en mano de los momentos de caza, nos sumerge a nosotros también en parte de la persecución y posterior ejecución de algunos de los animales, haciéndonos cómplices de los protagonistas.

Rubén Rojas: Pues yo creo que la sola posición de la cámara, del por qué unos datos y no otros, ya denota esa mediatización de la que hablábamos. En todas sus decisiones, a mí Seidl me parece un engañador, pero en el buen sentido, me gustan sus creaciones. Creo que nos engaña con una pretendida objetividad y asepsia, cuando en el fondo hay una absoluta mala leche en su mirada, dicho siempre en el mejor sentido, porque la mala leche es muy creativa.

Borja Efe Eme: ¿Y qué me dices del lenguaje que utilizan los propios cazadores? Hablan de «lucha» contra el animal (siempre ventajosa para ellos, claro, pues son quienes tienes las armas; de gran calibre, por cierto), del «no uso la palabra matar», sino cobrarse una «pieza», entre otras. Ese deliberado uso de eufemismos para construir su realidad, más cómoda, sin culpa, me recuerda, por momentos, al lenguaje utilizado por los nazis durante el holocausto. Justificaciones injustificables.

Rubén Rojas: Por supuesto, se puede trasladar al movimiento nazi. Pero ese uso sesgado del lenguaje sigue vigente en nuestros días en otras formas de periodismo y política. Creo que Seidl ataca las ideas que están al fondo, el «todo vale» en nombre de una supuesta superioridad biológica y económica. El debate sigue estando de actualidad.

Borja Efe Eme: Bueno, es como dice el filósofo: «Estos son los datos, suyas son las conclusiones», ¿no? También me parece de actualidad ese momento de fotografiarse con «la pieza cobrada». Me recuerda a esta cosa tan actual del fenómeno «yo estuve aquí» y la necesidad de retratarse en cualquier faceta de la vida diaria…Y, aún peor, tener que compartirlo con todo el mundo.

Rubén Rojas: Ya podemos decir que nosotros vimos el documental Safari

Borja Efe Eme: Sí, nosotros estuvimos allí… Solo que, en nuestro caso, no lo sabrá nadie. Solo espero que, en su próxima película, Seidl retrate el mundo de los animales mientras cazan hombres en alguna reserva del centro de Europa. He dicho.

Rubén Rojas: Esa no me la pierdo…

Borja Efe Eme: Y bueno, Patricio, y qué pasa con esas cañas.

Rubén Rojas: Vamos a ello. Cuelga tú.

Borja Efe Eme: No, no, no, no, no, no, no… Cuelga tú.●

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