La maldad, la memoria y la nostalgia protagonizan «Informe sobre la víctima»

Marina Sanmartín: «Hay mil razones por las que uno puede volverse malvado»

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Fotografía: Javier Paredes.

En su nueva novela, Informe sobre la víctima, Marina Sanmartín (Valencia, 1977) aborda  la maldad desde uno de sus aspectos más inquietantes: la cotidianeidad. Todos podemos volvernos repentinamente malvados; solo hace falta esa pequeña chispa que despierte al psicópata que llevamos dentro. Pero Informe sobre la víctima también es una novela sobre la memoria, la incomunicación y la nostalgia. Sobre esos acontecimientos que, aparentemente banales, acaban lastrando toda una vida.


[Fotografías: Javier Paredes]

 

Lo primero qutake5e llama la atención en Informe sobre la víctima es su estructura. Los capítulos parecen muy estudiados y medidos. ¿Cómo fue el proceso de construcción de la novela?
Suelen preguntarme siempre por la estructura de mis novelas, y es algo que me llama la atención. La anterior (El amor que nos vuelve malvados) también tenía una estructura, no diría que complicada, sino elaborada, cuando en realidad la novela sale sola. Sí es cierto que desde el primer momento tenía claros las voces y los tiempos de la novela por una razón muy sencilla: uno de los temas fundamentales de la novela es las formas diferentes de ver la realidad dependiendo de quién y cuándo la ve. No vemos las cosas del mismo modo en el momento en el que nos suceden que si se valoran 350 años después.  Yo suelo escribir con unas pautas mínimas de voces y de tiempos, o de capítulos, pero te confieso que luego me las salto. En mis novelas siempre hay mucho de improvisación, me dejo llevar. También me preocupa mucho que las novelas se entiendan, y esto es algo que me ha sucedido especialmente con Informe sobre la víctima. Me gusta mucho la literatura cubista, porque cambias mucho de perspectiva y de espacio, pero lo fundamental es que la novela se entienda, por eso leo muchas veces lo que escribo antes de darlo por terminado.

¿Tenías claros los personajes?
Tenía claros los personajes que tienen voz y Marcelo. Lo curioso es que la víctima, que da nombre a la novela, es el único personaje que no tiene voz, es al que analizan todos los demás, y eso es lo que tenía claro desde el principio: la historia de los tres amigos en la que irrumpe el matrimonio de ancianos.

¿Por qué precisaInforme sobre la víctima_Marina Sanmartínmente no le diste voz a la víctima?
Porque en realidad la víctima es el objeto de análisis. En el fondo me interesaba mucho más cómo construyen la historia de un tercer sujeto los demás personajes y hasta qué punto esa historia puede ser diferente y cómo se va conformando a través de fragmentos que en apariencia no tienen nada que ver entre sí. Se trataba de mirar a Marcelo a través de un microscopio.

Los personajes no reaccionan ante la tragedia, sobre todo Marcelo, que se deja llevar por los acontecimientos, pero no hace nada por cambiarlos o evitarlos. Adopta un comportamiento pasivo. ¿Se trata de una especie de suicidio prolongado? ¿Una lucidez anticipada ante la tragedia?
Marcelo es un personaje desahuciado; en primer lugar, por él mismo. No me gusta trascender la novela, pero creo que ahora mismo hay muchos Marcelos a nuestro alrededor. Hay mucha gente que se siente así, que tiene 40 años y siente que no le queda nada por hacer en la vida. En el fondo, Marcelo, como se da cuenta de que nadie le va a hacer caso, la única manera que tiene de conseguir que le presten atención y se descubra la situación es quedándose en la casa, porque él sabe que si se va, entrará un inquilino nuevo. Él es consciente de que ahí pasa algo, pero no sabe el qué, y se da cuenta de que solo puede llamar la atención de sus amigos si insiste en ser él la víctima, ya que a los amigos no les importan ni la casa ni los abuelos, les importa él. Creo que en Marcelo se mezcla la intuición de que siente que ya no tiene nada más que hacer ni ofrecer y la necesidad de denunciar lo que está pasando en ese piso.

En relación al hijo de la pareja de ancianos, Sebastián, se dice que su existencia ha sido válida solo por haber descubierto lo que pasa en la casa, aunque sea de forma indirecta. ¿Eso también le pasa a Marcelo? ¿Siente que tiene que darle un sentido a su vida?
Cuando escribí la novela no pensé en nada de esto. En la novela no hay ningún tipo de intención, y eso me parece bien, porque yo soy la primera que piensa en la historia a posteriori. Por eso, lo que tú pienses de la novela, o lo que piense yo, es posible, porque lo que yo hago es contar la historia, y creo que es importante señalar esto, pero intento no juzgarla ni juzgar ninguno de los elementos que la componen. En este sentido, Sebastián está en el momento adecuado y en el sitio justo, aunque ni siquiera él es consciente de ello. Creo que hay muchas personas a nuestro alrededor que cumplen esa función.

Sebastián es el único personaje que no tiene nada que ocultar. Un bobalicón inocente, sin maldad, y, sin embargo, es el detonante para que se descubra todo. ¿Esta inocencia casi pura que al final descubre la maldad es algo intencionado?
No. Sebastián es un personaje en el que no profundizo mucho en la novela, pero creo que, como todos lo demás, debe llevar una vida bastante sórdida, aunque sea una turbiedad sin intención, pero fea, húmeda, como una calle en ruinas.

Me ha llamado lMarina Sanmartína atención que las lecturas preferidas de Sebastián sean los libros de Ruiz Zafón…
¡No me acordaba! [Risas] No, no. El pobre Ruiz Zafón no tiene nada que ver con él. No hay ninguna maldad en eso, de verdad. Una vez entrevisté a Guelbenzu y me dijo que cuando escribía sobre sus personajes solo veía sus valores. Yo soy incapaz de escribir sin ponerle cara a los personajes y, en el caso de Sebastián, también tiene su referente real: un chico al que, con 36 años, le encantaban todos los libros juveniles que Ruiz Zafón escribió antes de La sombra del viento. Es algo que se me quedó grabado y, cuando creé a Sebastián, decidí que leyera a Ruiz Zafón. Yo lo vi como un rasgo infantil en alguien ya adulto, nada más.

Para mí, la incomunicación es uno de los grandes temas del libro. ¿Estás de acuerdo?
No lo había pensado, pero es posible. Sí, es uno de los grandes temas del libro. Nadie es capaz de ser sincero del todo. Solo Cruz cuando escribe el informe. Ningún personaje dice la verdad, y creo que eso pasa mucho en la vida real y que es una cuestión de pura supervivencia: si todos dijésemos la verdad, la convivencia sería imposible. Pero no sé hasta qué punto llevamos la insinceridad.

Hasta en la escena de sexo no hay emoción. Es casi como un trámite.
Esa escena es bastante dura. Ella no se siente bien consigo misma, porque en el fondo no deja de ser una violación. Él no puede decidir, simplemente se deja llevar. Todos somos malos. Ese es otro tema de la novela. La maldad está en todo el mundo y estoy convencida de que está latente en todos nosotros. Solemos verlo al revés, como si cualquiera pudiera ser un héroe, pero todos podemos ser también malos.

Me ha sorprendido mucho la ausencia de remordimientos en Lucrecia.
En la novela no se aclara si ellos se vuelven así de malos por culpa del moho o si realmente son así. A mí me gusta pensar que Lucrecia es más mala que un dolor y que siempre ha sido así, que solo necesitaba un aliciente para dar rienda suelta a todo ese sadismo que llevaba dentro. No es solo que sea una asesina, sino que disfruta con los crímenes, prolongando la agonía.

Su marido, Manuel, también.
Sí, pero él intenta engañarse a sí mismo con cierto sentimiento de culpa. Ella es mucho más consciente de que ha elegido ser mala y ya está. Yo estoy segura de que todos podemos  ser muy malos.

¿Y qué nos frena?
No es tanto qué nos frena, sino que no encontramos algo que ponga en marcha esa maldad. No creo que la maldad esté frenada, es que no ha arrancado. No es que queramos ser malos y algo nos pare, que haya contención o coerción social, no tiene nada que ver con eso, porque entonces no habría asesinos. Todos tenemos nuestro moho que hace arrancar ese mal: un fracaso laboral, malas relaciones… Hay mil razones por las que uno puede volverse malvado.

¿Y la edad?
Sí, también. Además, la edad parece que te hace impune. Manuel y Lucrecia, por edad, parece que ya no tienen nada que perder, pero al mismo tiempo sí, porque tienen claro que no quieren sentirse humillados. Prefieren ser vistos como unos asesinos muy crueles, como unos verdugos, antes que convertirse en los que salen en la televisión porque los han desahuciado.

En la novela se dice que «al final no es nada más que una cuestión de fuerza de voluntad lo que separa a los pecadores de los jodidos santos».
Exacto, sí. Hay clics extraños en nuestras cabezas que pueden hacerte cruzar la línea, y ese es un tema que me interesa en general. Ver cómo todo el mundo tiene sus extremos, solo que no solemos tocarlos, y eso es peligroso, porque por la misma razón puedes tocarlos sin querer.

La memoria es otro de los elementos fundamentales, casi otro personaje.
Sí, la memoria es uno de los temas principales del libro, y creo que los otros dos son el miedo y la infancia. En realidad, y siendo absolutamente sincera, esta novela está escrita así porque yo no me podía conformar con estar en la piel de un solo personaje. Para eso ya vivo mi vida cotidiana todos los días. Lo que hago con la literatura, fundamentalmente, es pasármelo bien. Si yo no me lo paso bien escribiendo el libro, el lector tampoco va a disfrutar cuando lo lea. En este caso, yo necesitaba experimentar, estar en la piel de todos los personajes, como asomarme a la misma calle desde diferentes balcones, y jugar a la vez con el tiempo, porque las decisiones que se toman en frío no son las mismas que tomamos en caliente. Es decir, reflexionar sobre cómo el tiempo cambia nuestra percepción de las cosas y el lugar que ocupamos en la historia. De hecho, mientras escribía la novela, el personaje de El Eslavo, que desde luego no era el fundamental, fue ganando peso y creciendo.

«Crecer literariamente implica esconder lo mejor de ti»

También se dice que «hay una razón para cada recuerdo».
Efectivamente. Es muy curioso las cosas que se quedan con nosotros y las cosas que no. Son como armas que de repente nos devuelve la memoria. Los recuerdos están ahí preparados y, cuando los necesitamos, vuelven. De hecho, estoy segura de que nuestra memoria tiene archivadas muchas más cosas de las que nosotros conscientemente creemos que existen. Lo curioso es cuáles salen a relucir y cuáles no. Qué mecanismos hacen que tengamos un determinado recuerdo preparado para salir cuando estamos charlando o escribiendo y otros se quedan ahogados para siempre. Lo que hace El Eslavo es un esfuerzo de reconstrucción, pero también está viciado.

De hecho, es el último testigo. Hay un momento en el que se afirma que «el papel más difícil siempre es el del último superviviente».
Claro. El papel de superviviente es terrible, es a quien cargan con toda la responsabilidad de la memoria, de mantener viva la historia, y mientras escribía el libro me di cuenta de que El Eslavo, en el fondo, para mí, era el personaje principal, porque es el que queda y el que conoce de primera mano todo lo que pasó, el que tiene que contarlo. Cuando fui consciente de eso, lo dejé crecer. Podría haberme controlado un poco más, porque, de hecho, el diario de Cruz Cardenal, ese informe sobre la víctima, era lo que justificaba el libro, pero luego me supuso mucho más trabajo avanzar en ese diario que con la voz de El Eslavo en el año 2059, que me salía sola. Estaba como poseída por él. Antes de empezar a escribir, siempre pensé que iba a sentirme mucho más identificada con Cruz, porque, además, es la voz que más se parece a mi voz literaria habitual. Sin embargo, según avanzaba en la historia, me sentía más El Eslavo, el que está detrás de la puerta, que, en el fondo, creo que es también la función del escritor.

Hay muchas referencias al cine.
Sí, muchas. Me gustan mucho las novelas visuales. Hay una historia en la novela que es real (y que no he contado nunca), cuando Cruz, de adolescente, empieza a ir al cine con Marcelo, que es algo que me pasó a mí. Cuando tenía diez o doce años, tenía una afición fuera de lo normal por el cine que mis padres supieron reconducir muy bien matriculándome en la escuela de cine de Valencia. Iba después del colegio y era la pequeña, claro. Ahí conocí a un chico que tendría 20 ó 21 años. Nunca pasó nada, pero fue la persona con la que empecé a ir al cine. Es decir, todas esas referencias cinematográficas tienen mucho que ver con quién soy, y es una constante, porque, para bien o para mal, yo vivo mucho como en una película, y casi con cuarenta años me asusta pensar que las cosas no son así. Siempre encuentro como una especie de espejo. Hay muchas cosas de mí en la novela.

Madame BovaMarina Sanmartínry eres tú.
Sí, es cierto, pero también creo que, según uno avanza en su propia literatura, profundiza en ella y la va mejorando, reconocerte en los personajes es más complicado. Es decir, si lees mi primera novela, sabes perfectamente que lo que le está pasando al personaje le ha pasado a la autora. Eso no significa que lo que pasa en esta novela me haya pasado menos a mí, pero hay una historia más construida. Es decir, aunque hay mucho de mí, crecer literariamente implica esconder lo mejor de ti, porque eso significa que te estás acercando más a quien te lee, y eres menos tú sin dejar de serlo.

Las referencias musicales del libro, ¿son personales?
Cada vez que escribo una novela, creo una lista de canciones para mí, y es con la que escribo. Siempre escucho la misma música, en bucle. La lista la conformo cuando voy avanzando en la novela. Con la que estoy escribiendo ahora, por ejemplo, ya tengo la lista terminada y no creo que entren más canciones. Para mí, estas canciones son la banda sonora de la novela, por lo que los personajes, inevitablemente, tienen mucho que ver con esta música, ya que marca mi tono de escritura.

También incluyes varias autorreferencias a la novela y, en cierto, modo, Informe sobre la víctima es una novela negra. ¿Qué influencia ha tenido este género en tu formación como lectora y escritora?
Me encanta la novela negra, igual que me encanta la ciencia ficción, y te voy a contar por qué. Yo trabajé como librera siete años, y empecé en la FNAC de Callao. Cuando llegaba alguien nuevo, lo mandaban a la sección de bolsillo porque era lo más fácil, ya que estaba ordenada por orden alfabético. Pero bolsillo es una minilibrería, porque también hay géneros, y enseguida me di cuenta de que la gente despreciaba los géneros. El primer libro que leí cuando llegué allí fue Solaris, que me parece una obra maestra de la literatura, y a partir de ahí empecé a acercarme a los géneros.

Pero seguramente Solaris no tenga el desprestigio que puedan tener otras obras de ciencia ficción
Sí, pero mi padre, por ejemplo, no se acercaría a leerlo. Es un género demasiado estigmatizado, como la novela negra. La novela es una forma de contar cosas que, en una realidad más templada, no son tan evidentes. Por ejemplo, esta es una novela sobre el miedo. Todos los personajes, de alguna u otra forma, están paralizados, no actúan. Yo no creo que sea, para nada, una novela de la crisis, pero sí creo que es una novela que refleja la parálisis de un par de generaciones que no se han movido, muchas veces, por el miedo. En ningún momento la novela pretende ser metafórica ni trascendente. Es una historia para pasárselo bien, y eso es algo que yo siempre he tenido claro, aunque es cierto que el moho negro de la novela refleja esa podredumbre que, en el fondo, sí existe en el día a día y que nos negamos a ver. Porque todos los personajes saben que hay algo horrible detrás de la cómoda, Marcelo lo dice miles de veces, pero nadie la mueve.

«Es una novela que refleja la parálisis de un par de generaciones que no se han movido, muchas veces, por el miedo»

Sí hay una crítica sutil al periodismo, por ejemplo, o una referencia a las consecuencias del cambio climático. ¿Funcionan mejor las críticas camufladas en novelas de entretenimiento, como tú la has definido?
Cuando escribo esta novela no lo hago pensando en esas cosas, pero sí es cierto que, volviendo a la cuestión de antes, las preguntas que yo pueda tener, o la realidad tal y como yo la veo, se cuelan en mis novelas. Nunca escribiría una novela motivada por una necesidad de denuncia, aunque en todas  mis novelas haya reflexiones o quejas, que son las mías habituales.

¿Por qué decides incluir esas reflexiones o esas críticas tuyas? Podrías haber decidido eliminarlas, finalmente.
No me censuro, ni cuando escribo ni en la vida real. Me considero una persona que no tiene prejuicios con la gente y, además, tengo pocos prejuicios hacia mí misma. No me corto. Cuando escribo, siempre parto de la base de que, en el fondo, estoy escribiendo una historia que se supone que es mentira, y que los que están hablando son mis personajes. Creo que es un gran error, en general, a la hora de abordar una ficción, intentar descubrir qué parte coincide con la opinión del autor, aunque en este caso la crítica al periodismo sea cierta [risas].

¿Estás de acuerdo en que la novela negra es el género ideal para sacar a relucir todos los defectos de la sociedad?
Yo creo que la gente, cuando tiene vidas desgraciadas y no les pasan las cosas que realmente quieren, busca la mentira. Y es mucho más divertido leer Los hombres que no amaban a las mujeres (que para mí, en su género, ha hecho mucho bien) que En busca del tiempo perdido. Creo que, en tiempos de crisis, aumentan las lecturas de la novela más ágil y más ligera, que no significa que sea peor literatura. Creo que Informe sobre la víctima, siendo una novela negra, tiene su complicación por todo lo que hablábamos antes (la estructura, las voces…), pero esa parte de divertimento es lo que ha hecho que la gente se haya volcado con la novela de género y de ciencia ficción. La evasión.

El libro, en cualquier caso, tiene muchos niveles de lectura.
Sí, estoy de acuerdo, pero el reto para mí era que el juego de voces y tiempos fuera comprensible. Y creo, sinceramente, que alguien que no lea habitualmente puede enfrentarse con esa pequeña barrera; que enseguida se salva, por otro lado. Es el trabajo en el que más tiempo he invertido: que la novela se entendiese sin perder ese juego.

Como novela negra, desde la primera página sabemos quiénes son los asesinos…
Sí, eso me gustaba.

¿No es un riesgo?
Sí, pero en esta novela no importa quiénes son los asesinos y quién es la víctima. Lo que importa es qué hay detrás de la cómoda.

Pensando en ese lector no habitual del que hablábamos antes, ¿desvelar desde el principio esas cartas no es renunciar a esa parte del juego?
Fue una elección bastante consciente. De hecho, lo primero que escribí de esta novela (algo que no he contado nunca) fue la primera conversación de los ancianos. Los primeros personajes que se me presentaron fueron ellos, y a partir de ahí construí el resto. Yo sabía que la incógnita no iba a ser quiénes eran los asesinos, porque tenían que estar presentes. Hay un trío protagonista y, luego, la pareja de ancianos, y los necesitaba para poder contar la historia desde todos los puntos de vista posibles y, evidentemente, en una historia de crímenes, el punto de vista del asesino es fundamental.

«Los sentimientos puros no existen»

¿De dónde vienen los nombres de las ciudades, Caveilan y Árbacos?
Caveilan es un anagrama de Valencia, y tiene un porqué: la mayor parte de los escenarios de la novela pertenecen a Valencia. La calle de los Tres Dientes existe, aunque no se llama así, y también tiene un retablo del beato, aunque allí no pasó nada tan truculento y ni siquiera se ajusta exactamente a la realidad. La Valencia que aparece en la novela no es la real, es la mía. De hecho, no es la Valencia de ahora, sino la que yo recuerdo de mis años de infancia.

Como les ocurre a los personajes.
Exactamente. No está pasando en Valencia, sino en la ciudad que yo tengo presente en mi memoria. Es mi mundo, una ciudad en la que puede haber cosas que me gustan de Madrid, o del tiempo que pasé en Zaragoza. Me gustó tanto el experimento que la novela que estoy escribiendo ahora también transcurre en Caivelan.

¿Y Árbaco?
Árbaco no es un anagrama, me lo inventé, pero es una mezcla de todos los pueblos donde yo he pasado los veranos. El Camping de La Luna, por ejemplo, existe.

¿La infancia es el único momento que tienen los personajes, o que tenemos todos, de apariencia de libertad?
Yo creo que la infancia, cualquier infancia, ya sea feliz o infeliz, es una huella para todo el mundo. Para los personajes, es un sitio al que siempre tienen que volver porque se quedaron ahí. Para mí, es el sitio en el que se frenaron. Ninguno de los tres supo seguir bien adelante y, como tampoco han creado lazos con otras personas, vuelven a estar juntos, al punto donde se quedaron. En el caso de estos tres personajes, la infancia los marca tanto que, en cierto modo, los destruye, ya que no les deja avanzar en la vida. Pero mi reflexión cuando escribía el libro no era tanto la felicidad que perdemos cuando abandonamos la infancia, sino el hecho de que nunca nos abandona del todo. La infancia es una especie de lastre que nos hace como somos.

¿La nostalgia es inevitable?
Es inevitable cuando no eres feliz o vas a morirte siendo un anciano, lo que le pasa al Eslavo, por ejemplo. El Eslavo siente nostalgia porque ya no le queda nadie y Cruz añora esa época porque no ha sabido ser feliz después. Ella vuelve a habitar los espacios que habitaba de niña y se siente nostálgica porque es infeliz. La nostalgia del Eslavo, como decía, no tiene nada que ver con la infelicidad, sino que surge por la certeza de que tus días se están acabando. Pero cuando él recuerda ese momento de su vida, y aunque es algo muy trágico, no deja de ser el momento de su vida. Algo que me llama mucho la atención de la realidad, y que trato de incluir en mi literatura, es que los sentimientos puros no existen. Tú puedes estar atravesando una época tremendamente dura y, aunque no quieras, no puedes evitar tener ciertos momentos de felicidad.

«La infancia es una especie de lastre que nos hace como somos»

Esto me lleva a un momento en el que un personaje se pregunta: «¿Es el acontecimiento por sí solo importante o banal, o depende de las facultades del narrador para perpetuarse?».
Sí, lo dicen los estudiantes en referencia al Informe sobre la víctima, que le da categoría universal a un acontecimiento que, si no hubiera tenido esa voz para contarlo, no hubiera pasado de la página de sucesos de los periódicos. ¿Cuántas A sangre fría hay en el periódico de hoy? Es la importancia del testigo, del que cuenta las cosas, ya que, en realidad, es muy importante el papel de quien transforma el hecho al contarlo. Y esto es algo que trasciende la literatura: cualquier disciplina artística tiene que ver con este tema.

La novela ofrece una visión bastante amMarina Sanmartínarga de la vejez, pero también de la madurez. ¿Estás de acuerdo?
Sí, pero es algo específico de estos personajes, porque creo que es una novela de personajes infelices. Otra cuestión, y que sí es verdad, es que la vejez es un tema que me perturba mucho y en el que pienso con frecuencia. Y precisamente por eso también me atrae. Aquello que odias o que te produce aprensión al mismo tiempo también puede producirte cierto morbo.

¿Cómo crees que  te contarán a ti?
Desgraciadamente, creo que ni a mí ni a nadie nos van a contar. Las nuevas tecnologías han hecho que dejemos de sacar de dentro las cosas que realmente nos preocupan, que, estoy convencida, son las cosas sencillas y cotidianas. Los grandes acontecimientos, en el fondo, no cuentan a nadie, porque, para empezar, nadie es del todo él mismo ante un gran acontecimiento o una circunstancia excepcional. Tú eres tú mismo en el día a día. Son como los pequeños ladrillos que construyen un edificio, solo que ahora nos estamos quedando sin ladrillos. Sinceramente, creo que no me van a contar, y también que es muy peligroso socialmente perder la costumbre de dejar de contar las cosas. Ya nadie escribe cartas ni apenas diarios, por ejemplo. Es como si todas las piezas pequeñas que nos construyen estuvieran despareciendo.

Pero si dentro de cincuenta años dos estudiantes quieren escribir una tesis sobre ti, como ocurre en Informe sobre la víctima, buscarán información en internet. Quizá no puedan contarte, pero sí construirán una Marina Sanmartín a partir de lo que han encontrado de ti. ¿Te parece inquietante?
Sí, pero en el fondo no podrán contarme a mí. Nadie sabrá qué me gustaba desayunar, cuántas parejas tuve, cuál era mi color favorito, qué palabras me hacían llorar, qué palabra pronuncié mal toda mi vida… De las cosas pequeñas, esos ladrillos, no va a quedar constancia, ni en Google ni en ningún sitio. Eso es lo peligroso. Le damos importancia a unas cosas que, para pintar la realidad, no la tienen tanto. Para conocer a una persona, para dibujarla, esos grandes acontecimientos no sirven. De hecho, cuando construyes un personaje para una novela, lo haces desde su cotidianeidad, no desde hechos fundamentales, y eso es lo que va a desaparecer, sea un personaje público o no.

¿Y cómo te ves con la edad de Lucrecia?
¡Yo quiero llegar! Le tengo un miedo terrible a la muerte; más bien, al proceso, a la conciencia de la muerte, a la agonía. Me molesta imaginarme cómo voy a morirme, porque además me imagino muchas catástrofes, algo que creo que se intuye en el libro. Me imagino mil formas de muerte, es algo en lo que pienso muy a menudo. Imagino situaciones extremas en las que yo estoy a punto de morir, me las he inventado todas. Pero, por otro lado, me encantaría ser una anciana venerable en perfectas facultades. Lo único que me agobia un poco es quedarme la última.

Cuéntanos algo sobre la novela en la que estás trabajando.
Se llama El jardín de los sospechosos y ya está muy avanzada. Como te he contado, transcurre en Caivelan y mi intención es que sea la segunda novela de una trilogía que transcurra en la ciudad. Es la historia de una niña en un colegio el día de la jornada de padres. Lo que tiene de peculiar para mí la historia es que hay una sola voz, que es la del protagonista, que se enfrente al asesinato casi por casualidad y que se queda en el colegio hasta que se descubre al asesino. Parecía que me iba a resultar más sencillo, pero al final no ha sido así. Aunque es una sola voz, se despliega: por un lado está la tercera persona que habla de ese personaje y, por otro, el monólogo interior. Me lo estoy pasando muy bien.

¿Va a haber referencias a Informe sobre la víctima?
Sí. De hecho, la novela transcurre después de los asesinatos de Informe sobre la víctima. No tienen nada que ver con ellos, pero los personajes de El jardín de los sospechosos  han sido habitantes de Caivelan mientras se producían los hechos de la calle de los Tres Dientes. Podrán leerse de forma independiente, claro, y de las referencias solo van a darse cuenta los que se hayan leído ya Informe sobre la víctima.● 

«La gente de mi generación se toma la literatura demasiado en serio»

Para Marina Sanmartín, la literatura «pasa por no tomársela demasiado en serio». Escribe, sobre todo, porque se divierte. Pero matiza: «Quien diga que el hecho de escribir historias divertidas, o divertirse escribiendo, significa que esas historias carecen de mensaje, que no son sesudas o que no aportan nada, se equivoca.  Cuando cuentas una historia, y la cuentas bien, lo importante es lo que dices sin querer, porque la historia acaba teniendo entidad propia. Y esto los escritores de mi generación no sabemos hacerlo. Creo que la gente de mi generación se toma la literatura demasiado en serio. Eso es perjudicial y yo procuro no hacerlo».

En este sentido, y aunque se pone a escribir con los temas de la novela «claros», apunta que «el mensaje de una obra de arte sale solo»: «Me parece mucho más interesante lo que la novela puede provocar después, más allá de lo que yo objetivamente haya querido decir, porque si provoca sensaciones que yo no tenía previstas, o con las que yo no coincido, es positivo porque significa que la novela es autónoma, tiene entidad propia».

Una carrera
Marina Sanmartín explica que su proceso creativo es la ausencia de proceso: no tiene horario, no se impone escribir todos los días y no necesariamente escribe en el ordenador. «Es más, me gusta mucho escribir a mano. De hecho, creo que las mejores partes de mis novelas están escritas así», confiesa. Eso sí: según avanza en la historia, aumenta también su necesidad de escribir, «como una carrera en la que empiezo muy lenta y, conforme me voy acercando al final, corro más rápido, porque llega un punto en el que no puedo soltarla. Yo vivo con la novela. Sé que suena pretencioso, porque no deja de ser algo bastante frívolo, pero yo ahora mismo llevo a los personajes en la cabeza todo el rato».●


 

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