¿Qué le aconsejaría Maquiavelo a Mariano Rajoy?

«Una lección muy maquiavélica es que hay que ser muy bueno para ser malo»

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La política es puro presente. Pocas actividades hay que vivan en una inmediatez tan absoluta, completamente ajenas al pasado e ignorando un futuro que, con mucho optimismo, se calcula hasta las siguientes elecciones. En Maquiavelo para el siglo xxi. El príncipe en la era del populismo (Ariel, 2017), Ferrán Caballero construye un ensayo en el que imagina los consejos que el pensador florentino daría a los gobernantes de hoy para mantener el poder, ganarse el favor del pueblo y controlar a la oposición. Porque la suerte puede que sea «árbitro de la mitad de nuestras acciones», advierte Caballero, pero también nos deja controlar «la otra mitad, o casi».


¿Siguen siendo válidas las enseñanzas de Maquiavelo en las democracias occidentales contemporáneas? La naturaleza del poder no ha cambiado demasiado en quinientos años; al fin y al cabo, sigue siendo el arte de la supervivencia, por lo que escuchar a los maestros del pasado no parece un mal consejo. En este ensayo-ficción, Ferrán Caballero analiza la realidad política actual bajo los ojos de El príncipe y, en concreto, el nacimiento de los nuevos partidos en un ejercicio que no elude la polémica o los ataques directos. Provocador. Maquiavélico.

¿Tiene sentido dedicarle un libro a Mariano Rajoy, alguien que reconoce que apenas lee?
El libro pretende ser una reescritura de El príncipe, por lo que trata de imaginar cómo lo escribiría Maquiavelo si fuese un español del siglo xxi. La dedicatoria al presidente Rajoy forma parte, por lo tanto, de este mismo juego. Si Maquiavelo dedicaba su libro al príncipe Lorenzo di Médici, ahora había que dedicárselo a nuestro presidente, Mariano Rajoy.

En la actualidad política, ¿George Orwell está más presente que Maquiavelo?
En cuestiones como la verdad en política o la vigilancia y la seguridad, diría más bien que Orwell entiende la verdad que hay en Maquiavelo y la ve bajo una luz más moderna o actual. Lo ha superado temporalmente, por el simple hecho de venir después, pero no creo que le haya ganado la partida en el sentido de haber dicho verdades superiores y distintas a las que decía Maquiavelo. La posverdad o la neolengua no son más que formulaciones contemporáneas del principio de Maquiavelo según el cual los príncipes no tienen la obligación de decir la verdad ni de «guardar la palabra dada» cuando esta no conviene a sus más nobles intereses. Este principio es, a su vez, una particular formulación de la lógica política de la prioridad de la razón de Estado sobre la verdad.

Ferrán Caballero.

¿Ya no puede sorprendernos Maquiavelo, tal y como afirma Gregorio Luri en la introducción?
En su introducción, Gregorio Luri se pregunta: «¿Cómo es que no nos sorprendemos por recurrir al vocabulario de un pensador de hace quinientos años para explicarnos las singularidades del presente?». Y esta es la tan reivindicada grandeza de los clásicos, que siempre son de actualidad. Esto se ve claramente en El príncipe, pero en él se ve algo más, y es que, en realidad, y aunque no nos sorprenda su actualidad a grandes rasgos, sí nos sorprenden algunas de sus lecciones cuando las encontramos reflejadas en la política actual. Es decir, que es fácil reivindicar la actualidad de los clásicos, pero es más difícil tener realmente presentes sus enseñanzas. Decir que los clásicos son importantes porque son de actualidad es juzgar el valor de los clásicos según las modas del presente, pero libros como El príncipe contienen viejas verdades que habíamos olvidado y que nos explican mejor a nosotros y a nuestro mundo que la última columna de opinión del politólogo de moda.

En la era de internet, apartar a un periodista díscolo de un medio de comunicación, cuando puede fundar otros, ¿resulta útil? Por ejemplo, solo de El Mundo han salido El Español, El Independiente y OK Diario… ¿Tomar el control de los medios de comunicación públicos de una forma tan descarada como se ha hecho en ocasiones es una buena maniobra?
Creo que la lógica es otra, y el caso de El Mundo es un buen ejemplo, porque convirtiendo un periódico crítico en cuatro no multiplicas la crítica, sino que divides su influencia. Me parece que lo mismo se podría decir de las radios y de las televisiones. La tentación del gobernante será siempre la de querer controlar o influir seriamente en los medios y en su línea editorial, aunque esto suponga una caída de audiencia, porque cuando ya estás en el poder lo importante es evitar el crecimiento de la oposición, en fuerza y en influencia.

En el capítulo iv explicas el proceso de la Transición, pero no hay un posicionamiento explícito. ¿Cuál es tu opinión?
Mi opinión es, básicamente, que en España una transición pacífica y cuarenta años de democracia y libertad son un éxito rotundo.

En el capítulo v afirmas que «no hay camino más cierto» para mantener a las nacionalidades históricas que «el de comprar a sus élites políticas y mediáticas». Cuando estas élites se rebelan, como ha ocurrido en Cataluña, ¿cómo debe actuar el gobernante?
De entrada, dejar de pagar, por aquello de que Roma no paga a traidores, e intentar crear unas nuevas élites políticas y mediáticas a sueldo. A partir de aquí, depende, porque una de las cosas interesantes de la democracia es que estas rebeliones ya no son nunca únicamente rebeliones de las élites, sino que dependen, lógicamente, de los ciudadanos y de sus votos. Y en esto, la democracia, y el caso de Cataluña en particular, ponen en evidencia una de las cuestiones fundamentales del pensamiento político, y es que no hay recetario que pueda evitarle al político el tener que tomar decisiones entre penumbras.

Es fácil reivindicar la actualidad de los clásicos, pero es más difícil tener realmente presentes sus enseñanzas

Hablando de Cataluña, en el libro criticas con dureza a los partidos emergentes y al PSOE. En cambio, solo haces una crítica negativa a un Gobierno del PP, en relación a la foto del expresidente Aznar con Bush y Blair en las islas Azores. ¿Por qué no se menciona ningún caso de corrupción (trama Gürtel, Púnica, Fabra, Díaz Ferrán, los ERE, los Pujol…)?
Una de las particularidades de Maquiavelo es que en él las críticas y los elogios se confunden. Muchas de estas críticas que nos parecen feroces solo lo son bajo la luz de nuestra moral, pero no de la moral política que intenta defender Maquiavelo. Creo que esto sirve para entender muchas de las críticas que en mi libro hago a los partidos emergentes e incluso a la foto de las Azores, aunque no sé si también a las que hago al PSOE. Y una de las particularidades del libro es que los ejemplos de actualidad encajan, sin necesidad de forzarlos, en la reflexión general de Maquiavelo. El mérito, claro, es del florentino. Con la corrupción, en cambio, no pasa lo mismo y, en este sentido, creo que es poco interesante, que no aporta mucho al discurso maquiavélico, principalmente por algo fundamental en Maquiavelo: en el principio de que el fin justifica los medios, lo fundamental es entender que la corrupción no sirve al fin que la justificaría, que sería la gloria del gobernante y la razón de Estado, y que, por lo tanto, ni necesitamos a Maquiavelo para condenarla ni nos puede servir para defenderla.

En tu opinión, el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero llegó al poder «por fortuna» e inició la decadencia del PSOE. Afirmas que «sus frivolidades y su pusilanimidad radicalizaron al nacionalismo catalán» y provocaron el nacimiento de Podemos y de Ciudadanos. En cambio, los resultados electorales demuestran que el independentismo catalán crece cuando está el PP en el Gobierno. ¿No contradice esto esa afirmación? ¿El nacimiento de Podemos y de Ciudadanos no tuvo más que ver con un gran descontento social en un momento determinado?
Creo que el crecimiento del independentismo no se puede disociar de la sentencia contraria al Estatut de Cataluña de 2010 y, por lo tanto, del propio proceso que llevó a su redacción y aprobación. Creo que la responsabilidad de este proceso es de la frivolidad de Zapatero al prometer algo que no podía cumplir y de los socialistas catalanes por no saber imponer su criterio frente a los independentistas con los que gobernaban y frente a su partido a nivel estatal. No sé si el PSOE hubiese llevado mejor el proceso independentista que el PP, pero nunca lo sabremos porque no supieron mantener el poder. Por otra parte, Ciudadanos y Podemos nacen en momentos distintos por motivos distintos. Creo que se puede simplificar sin mentir diciendo que Ciudadanos nace en Cataluña y de un grupo de intelectuales no nacionalistas que tenían la esperanza de que Maragall gobernase de un modo sustancialmente distinto a como lo había hecho el nacionalista Pujol, y enseguida vieron frustradas estas esperanzas. Podemos, en cambio, nace a nivel estatal a raíz del 15M y, por lo tanto, de eso que llamamos «un descontento social» y que no tiene mucho que ver con el descontento del que nace Ciudadanos. Descubrir las causas de estos movimientos me parece siempre muy difícil e incluso temerario, pero lo que me interesaba es precisamente destacar que ambos partidos nacen, por la izquierda y por España, digo en el libro, en el espacio que solía ocupar el PSOE y que va viéndose incapaz de defender y conservar.

En el capítulo viii aseguras que «tanto Colau como Carmena como la práctica totalidad de los candidatos de Podemos basaron sus campañas en el insulto, la mentira, el engaño y la calumnia contra sus adversarios». Sin embargo, no pones ningún ejemplo. ¿Podrías indicarnos alguno…? ¿No crees que todos los partidos mienten y difaman al adversario en campaña?
Ejemplos hay muchos, y creo que sustancialmente distintos de las mentiras y difamaciones habituales, desde llamar criminales a los partidos tradicionales hasta acusar a políticos concretos, como al alcalde Trias, de tener cuentas en Suiza. El entorno de Podemos, y Colau en particular, han llevado la confrontación dialéctica a un nivel de violencia, hablando de miedos y odios en sus mítines, que no me parece comparable a lo que estamos acostumbrados a ver en los «partidos del Régimen». Pero aquí, de nuevo, vemos lo que decía antes sobre los ataques y los elogios en Maquiavelo. En este capítulo al que nos referimos, lo que hace Maquiavelo es precisamente explicar cómo el uso de la crueldad puede ser útil para alcanzar el poder. Aquí me parecía que esta escalada dialéctica y algunos actos, como el de la toma de investidura de Colau, eran los mejores ejemplos disponibles en la actualidad sobre las lecciones de El príncipe.

En ese capítulo también afirmas que los nuevos partidos han surgido con el favor de determinadas televisiones y de sus clientes, «amantes de la telebasura». ¿Qué opinas de la manipulación, el control y el despilfarro de medios como Telemadrid, Canal Sur o, ahora, RTVE, con denuncias constantes de manipulación por parte de los Consejos de Informativos y de periodistas?
Sobre el control de los medios de comunicación, me remito a lo que decía antes, con el añadido de que cuando estas denuncias que comentas se hacen públicas indica muy poca habilidad para la manipulación sutil que podría servir al gobernante. Una lección muy maquiavélica es que hay que ser muy bueno para ser malo. Sobre la telebasura poco tengo que decir. Es evidente que los debates políticos en muchas cadenas no tienen nada de discusión racional y sí mucho de espectáculo y de manipulación. Esto se asocia a lo que llamamos ahora «posverdad» y que solo es la vieja indiferencia de siempre de las masas ante la verdad y el debate de hechos e ideas. Pablo Iglesias, por volver al ejemplo concreto que nos ocupa, ha presumido en muchas ocasiones de su habilidad para moverse en este ambiente y para seducir a este público. Creo que su éxito es innegable.

Al llamarles «refugiados» puede darse la impresión de que ya han encontrado refugio o que van a encontrarlo, mientras que al llamarles «fugitivos» se pone el foco en el terror que dejan atrás

A las personas que huyen de Siria los denominas «fugitivos», y no «refugiados»…
Sin querer sentar cátedra sobre el asunto, me parece que al llamarles «refugiados» puede darse la impresión de que ya han encontrado refugio o que van a encontrarlo, mientras que al llamarles «fugitivos» se pone el foco en el terror que dejan atrás. Era una forma de centrar la atención en la guerra y la destrucción que no hemos sabido evitar y, por lo tanto, en nuestra responsabilidad previa para con esta gente a la que ahora no sabemos cómo acoger.

Maquiavelo. // Fondo antiguo de la biblioteca de la Universidad de Sevilla.

En el libro elogias a políticos de derechas: Angela Merkel, sobre todo, pero también a George Bush hijo o Churchill, entre otros, pero a ninguno de izquierdas… ¿No ha habido ningún buen político de izquierdas en España? Criticas a Zapatero, Pablo Iglesias, Felipe González…
Con Felipe González pasa lo mismo que decía antes: las críticas y los elogios no son tan fáciles de distinguir. A Felipe González, de hecho, lo elogio por haber sabido cambiar de posición y usar el engaño para su beneficio y, según creo, para beneficio del Estado. Eso le asegura un lugar no precisamente menor en la historia de España. Lo que me parece, eso sí, es que hace muchos años que no vemos en España a un político de izquierdas de su talla ni de la de Merkel o Churchill, por supuesto. Y creo que Zapatero y Pablo Iglesias son muy buenos ejemplos de ello.

En la página 99 afirmas: «En nuestra época no hemos visto hacer grandes cosas sino a aquellos que son tenidos por austeros». Pero Barack Obama reflotó la economía estadounidense inyectando miles de millones  de dólares de dinero público… Por otro lado, la austeridad impuesta por Bruselas ha aumentado la desigualdad, lo que, a su vez, ha sido una de las causas del nacimiento de los partidos emergentes. Algunos economistas dicen que ha sido un error y que habría otros caminos. ¿Maquiavelo sería neoliberal?
Situar a los autores clásicos dentro del espectro de nuestras divisiones ideológicas es siempre una temeridad y, por ello, terriblemente injusto. Pero sí se puede, creo, tratar de explicar por qué no encajan en ellas. En este sentido, creo que se puede decir muy tranquilamente que Maquiavelo no sería un neoliberal. En primer lugar, porque toda la reflexión política del neoliberalismo se fundamenta sobre los derechos inalienables de los individuos, que limitan o deberían limitar aquello que los Estados o los Gobiernos pueden hacer. La razón de Estado suele ser, para un neoliberal, una simple excusa que usa el poder para recortar nuestros derechos y libertades. Para Maquiavelo, el argumento parece ser justo el contrario. Lo fundamental es precisamente que el príncipe sea capaz de hacer todo aquello que sea necesario para defender al Estado. De esta defensa depende, en todo caso, la libertad y la prosperidad de sus ciudadanos. Pero la lógica es, como se ve, justo la inversa, y a un neoliberal debe escandalizarle la lectura de El príncipe tanto como a Maquiavelo le escandalizaría oír cosas como que el Estado es el problema y no la solución.

A un neoliberal debe escandalizarle la lectura de «El Príncipe» tanto como a Maquiavelo le escandalizaría oír cosas como que el Estado es el problema y no la solución

Y creo que precisamente así debe entenderse que la austeridad de la que habla Maquiavelo no tiene nada que ver con el neoliberalismo (y creo que tampoco de la que hablamos nosotros, pero eso ya es otro tema). Podríamos decir, para entendernos, que para un neoliberal la austeridad puede ser buena en sí misma, pero para Maquiavelo la austeridad solo es buena en el sentido en el que fortalezca el Estado haciéndolo menos dependiente de la deuda y del poder de sus acreedores. Así, lo que nos encontramos hoy en día es que, en vistas a este mismo fin, y sin entrar en las cuestiones técnicas, Obama podía hacer una cosa y Bruselas aconsejar otra porque sus economías y sus instituciones son distintas y porque sus necesidades en cada momento también pueden serlo.

También afirmas que la división y el equilibrio entre los distintos poderes se establecieron «para asegurar al mismo tiempo la igualdad, la libertad, la paz y el buen gobierno». Con las últimas polémicas con el ministro de Justicia y el fiscal jefe anticorrupción, ¿crees que con el Gobierno de Rajoy está garantizada esa división?
Creo que no es función del Gobierno de Rajoy garantizar esta división. Precisamente la división de poderes sirve para que la igualdad, la libertad y la paz no dependan únicamente del Gobierno de turno. Por otra parte, no creo que las últimas polémicas pongan en duda esta separación ni este Estado de derecho como no lo pusieron las penúltimas ni las de antes. Primero, porque el hecho de que haya polémica mediática y política no quiere decir que haya corrupción, pero, sobre todo, porque cuando se persiguen casos de corrupción, incluso del partido que gobierna (en el Estado, las autonomías o los ayuntamientos), lo que se hace es precisamente mostrar la fortaleza de esta división de poderes y no su debilidad.●

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