Elena Fortún y todas las Celias

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Elena Fortún

De las dieciséis bibliotecas públicas de la Comunidad de Madrid, solo dos llevan nombre de mujer: una es la de Villaverde, bautizada en honor de María Moliner, y la segunda, desde el pasado 24 de octubre, la del distrito de Retiro, ahora llamada Biblioteca Elena Fortún.


En 2016 se cumplieron 130 años del nacimiento de Elena Fortún, y, al calor de la reedición de Celia en la revolución y de la publicación de su novela inédita Oculto sendero, considerada trasunto de su homosexualidad, muchos han descubierto a esta autora conocida hasta ahora, si acaso, por haber sido la creadora de Celia, exitosa colección de libros infantiles en los años treinta y cuarenta.

Como lectora compulsiva de Celia que fui en mi infancia, a todos ellos he tenido la tentación de responderles: «Yo la vi primero». Mi abuela Concha leyó a Celia cuando era, como ella, una niña de la República, y en algún momento de los años ochenta me regaló el primer tomo de la colección, con el peculiar título Celia lo que dice, reeditado entonces por Aguilar. Yo debía de tener poco más de «siete años, la edad de la razón», como la protagonista en la primera página del libro. Así que arrugué la nariz y le di a entender que no me interesaba ese libro con esa pinta tan antigua. Menos mal que mi abuela insistió.

Desde entonces y durante años reí y lloré con las aventuras de la saga familiar de los Gálvez, releía capítulos sueltos de libros sacados al azar de la estantería y saltaba sin transición de la irreverente Celia que vuelve locas a las monjas del internado a su resignación de huérfana adolescente que debe dejar los estudios para hacerse cargo de sus hermanas pequeñas; de ahí a su peripecia de institutriz en Argentina y de vuelta a sus veranos de niña en Francia y a sus diálogos con el rey Baltasar en el balcón de su piso en la calle Serrano de Madrid, donde comienza toda la historia.

La asociación de mujeres Lyceum Club Femenino se propuso «adelantar el reloj de España» con una herramienta: la educación.

Sin embargo, con los años, el universo mágico de Celia quedó, junto al de mi abuela, refugiado en el rincón cálido de la memoria, donde viven los recuerdos de infancia. Y ahí estuvo hasta que cayó en mis manos La conspiración de las lectoras (Anagrama, 2009), un intento de José Antonio Marina y María Teresa Rodríguez de Castro por rescatar del olvido a las mujeres del Lyceum Club Femenino, una asociación de mujeres, vinculadas muchas de ellas a la Residencia de Señoritas y la Institución Libre de Enseñanza, que se propuso «adelantar el reloj de España» con una herramienta: la educación.

Creado durante la dictadura de Primo de Rivera, terminó fracasando por la tensión política española y las diferencias entre sus propias integrantes, pero durante unos años  allí estuvieron juntas jóvenes como las sin sombrero Concha Méndez y Ernestina de Champourcin; Victoria Kent y Clara Campoamor; pioneras como María de Maeztu y María Lejárraga, y mujeres que llegaron al ámbito cultural por sus relaciones familiares, como Carmen Baroja y, para mi sorpresa, una tal Encarnación Aragoneses, que entonces aún no había adoptado el seudónimo que la haría famosa: Elena Fortún.

Encarnación Aragoneses Urquijo, nacida en Madrid en 1886, era una mujer sin estudios casada infelizmente con un militar con aspiraciones de dramaturgo, Eusebio Gorbea, que participaba en las obras de teatro amateur que se representaban en la casa de los Baroja.

Aragoneses estudió Biblioteconomía en la Residencia y se hizo socia del Lyceum, donde conoció a María Lejárraga (considerada la verdadera autora de los textos firmados por su esposo, Gregorio Martínez Sierra), quien la animó a escribir literatura infantil. Así nació Celia para el suplemento de ABC Gente Menuda, con ilustraciones a cargo de Serny, que, casualmente, ahora pueden verse hasta el 16 de abril en el Museo de Dibujo del Diario, en Madrid.

Encarnación Aragoneses Urquijo era una mujer sin estudios casada infelizmente con un militar con aspiraciones de dramaturgo

Desde ese momento, Fortún no ha cesado de reaparecer en mi vida, la última vez al pasar por delante de la biblioteca de Retiro, otro retazo de mi infancia, y encontrar en ella su nombre y su rostro. «Solo podía ser ella», pensé.

Por mucho valor sentimental que yo le otorgue a esa conexión, el bautizo de la biblioteca surgió por una necesidad más bien prosaica: las constantes confusiones del público entre esta biblioteca del distrito de Retiro, en la calle Doctor Esquerdo 189, y la municipal, situada dentro del Parque del Retiro. Así lo explica su directora, Pilar Salgado. Ella y la subdirectora, Míriam Ristori, fueron las que insistieron en que el nombre elegido fuese el seudónimo de Encarnación Aragoneses.
Fortún tenía a su favor el ser una escritora madrileña y el haber sido bibliotecaria (en la Biblioteca Municipal de Buenos Aires). Además, antes de la Guerra Civil, en un viaje a París, conoció lo que entonces era una innovación pedagógica y hoy conocemos como «cuentacuentos», y que es una de las estrellas de la biblioteca. La propia Fortún los organizó en España y Argentina, y dio clases de Narración de Cuentos a las alumnas de los cursos de Biblioteconomía por los que ella misma había pasado.

La biblioteca Elena Fortún ha montado una pequeña exposición de obras de la autora, con algunos volúmenes de la Manuel Alvar, crónicas periodísticas facilitadas por la estudiosa María Jesús Fraga, libros y artículos sobre su obra. En la fachada cuelga un retrato de Fortún elaborado desinteresadamente por el ilustrador Fernando Vicente, usuario de la biblioteca, que, además, da nombre a su comicteca.

Ahora, algunos materiales los tiene el colegio cercano José Calvo Sotelo para una exposición con motivo del día del libro. La directora explica que el interés en Fortún es ahora más bien del público adulto, tanto en sus obras inéditas como en las reeditadas.

Los autores de libros infantiles no suelen merecer grandes atenciones académicas, pero algunas estudiosas no olvidaron a Fortún. Es el caso de Marisol Dorao, que fue su biógrafa y quien rescató de Estados Unidos el manuscrito de Celia en la revolución, publicado por primera vez en 1987. También de María Jesús Fraga, Nuria Capdevila-Argüelles (Universidad de Exeter, del Reino Unido) y de Beatriz Caamaño (Universidad Franklin y Marshall, de Lancaster, Estados Unidos).

Casi todo estaba en Celia
A su trabajo le debo el haber releído a Celia con ojos adultos y haber comprendido que todo lo fascinante de Fortún, todas sus tensiones vitales (con la notable excepción del lesbianismo) y su azarosa vida nómada estaban ya en Celia.

En la saga de Celia están su difícil relación con la maternidad, su ansia de liberación de los corsés femeninos de la época y, sobre todo, su apuesta por una educación liberadora y sin castigos y alejada del dogmatismo religioso. Pero Celia crece, y además de crecer, le toca vivir una Guerra Civil que ni entiende ni quiere entender («yo soy de lo que sea papá y de lo que seas tú»), el exilio en América y la precariedad económica.

Desde ese punto de vista, tanto Capdevila-Argüelles como Caamaño ven en la vida de Celia una historia de frustración reflejo de la que vivió la propia Fortún. Para la primera, una frustración de su vocación tardía de escritora (la propia Celia tiene ese sueño y lo abandona y deja los estudios para ser un «ángel del hogar»); para la segunda, la frustración de no haber conseguido representar una nueva feminidad, liberada y crítica, que solo transmiten los primeros libros, doblemente revolucionarios por estar destinados a un público infantil.

En la vida de Celia puede verse una historia de frustración reflejo de la que vivió la propia Fortún

Y es que los títulos no pueden entenderse sin el momento en que se publicaron. El desternillante Celia en el colegio, en el que la espontaneidad de la niña choca frontalmente con la educación religiosa del internado, vio la luz en 1934, en plena Segunda República. El libro fue prohibido tras la Guerra Civil y no volvió a editarse hasta 1968.

Otros fueron censurados incluso después de publicados, cuenta la propia Fortún a Carmen Laforet en una carta fechada en su exilio bonaerense en 1947. Para entonces, la escritora trabajaba en un volumen que sin duda le facilitaría la vuelta a España, El cuaderno de Celia, en el que la misma niña que decía que «las santas son muy raras» ahora pasa treinta días en un convento, preparándose de corazón para hacer la primera comunión y asumiendo con entusiasmo sus doctrinas.

«Parece que una de las obras que indignan a las monjitas de España es la falta de religiosidad que parecen revelar mis libros. Bueno, ahora verán. Quiero hacer algo místico, pero no ñoño, y hasta con un poquito de gracia conventual, sin asomo de burla. Necesitaré las licencias eclesiásticas», le escribe Fortún a Laforet (las cartas han sido recopiladas por las hijas de esta y publicadas este mismo año por la Fundación Banco Santander). Sin contexto histórico, cuando yo lo leí de niña no entendí nada de este libro ni reconocí en él a la Celia que adoraba.

Y aunque esta conversión al catolicismo fue oportuna (así lo señala Caamaño), lo cierto es que Fortún se convirtió genuinamente en su exilio argentino: «Aquí la Iglesia es más limpia, más filosófica, más sana. ¡Allí me ahogaba! Puedes creerme que soy católica porque he aprendido a serlo fuera de España: en España, la Iglesia es beligerante, como dijo una vez Azaña, y es un partido más que una religión», recoge la biografía de Dorao.

Fortún reconoce haber sido «espiritista, teósofa y hasta rosacruz». En la pequeña exposición montada en la biblioteca que lleva su nombre, puede verse, junto a una crónica periodística suya titulada «Cómo funcionan las máquinas electorales», fechada en febrero de 1936, otro pintoresco texto con su firma: La quiromancia al alcance de todos. Averigüe su porvenir. Le [sic] lleva escrito en las líneas de la mano.

La transgresión que representaba Celia languideció con su entrada en la adolescencia y murió del todo con el fallecimiento de su madre y el estallido de la Guerra Civil. En esa historia de frustración, Elena Fortún fue Celia, y lo fue definitivamente en el relato de la Guerra Civil contenido en Celia en la revolución. «La guerra ha matado a la Celia que nosotros conocíamos. O mejor dicho, su autora, que antes se escondía celosamente tras ella, ahora la ha suplantado para hablar de sus propias heridas», decía Carmen Martín Gaite en una de sus conferencias sobre Fortún en la Fundación Juan March.

Fortún huyó de España separada de su marido y el barco en el que viajó como refugiada a Francia naufragó y quedó a la deriva

Gracias a ella supe que Fortún huyó de España separada de su marido y que el barco en el que viajó como refugiada a Francia naufragó y quedó a la deriva. Qué irónicamente actual una vez más.

Releyendo a Fortún y a sus estudiosas, comprendí que, en esa historia de frustración, no sólo Encarnación Aragoneses fue Celia. Mi abuela murió sin que yo le preguntase muchas cosas, sin contarme hasta dónde leyó de la historia ni si leyó también el volumen de la Guerra Civil (de la que ella jamás nos hablaba) antes de regalármelo. Mi abuela fue una niña de la República que sería ser artista, una adolescente que se dio de bruces con la realidad de la contienda y llegó a la edad adulta en la oscura posguerra. Mi abuela, aunque no viviera en un piso de la calle Serrano, también fue Celia. Supongo que muchas mujeres de su generación fueron, en ese aspecto, muchas Celias.

Para colmo, el personaje pizpireto que sacó a Fortún de su vida de ama de casa y le puso en los labios la miel de ser escritora se convirtió al final de su vida en una suerte de cárcel. Tal como le relata en una de sus cartas a Carmen Conde (recopiladas por María Jesús Fraga), la editorial Aguilar solo quiere cosas de Celia. Así, Celia institutriz en América, una mezcla de novela rosa y de viajes, le resultó a su autora «un libro muy antipático» porque fue «uno de esos libros que se hacen de encargo y ¡así salen!».

En 1951, apenas un año antes de morir, Fortún andaba estudiando Puericultura, Pedagogía y Psicogénesis porque Aguilar había pensado en una nueva sección: «Cómo cría y educa Celia a sus hijos», ya que consideraba que hacía mucha falta en el mercado para las madres jóvenes «algo entretenido de divulgación divertida, como una novela» que compensase la seriedad de médicos y maestros.

Ese encargo no llegó a cumplirlo Elena Fortún, que murió el 8 de mayo de 1952. Para entonces mi abuela ya tenía dos hijos y no puedo evitar sonreír al pensar si ella sería parte de ese mercado en el que pensaba la editorial. Aunque no me lo dijera, estoy convencida de que ella prefería a la primera Celia, la que me regaló y me descubrió a mí cuando tenía poco más de siete años.●

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