El pueblo cuenta con una biblioteca de 4000 volúmenes para 40 habitantes

La aldea gala de los libros se llama Abelgas y está en León

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Que la gente leyera un poco más y viera un poco menos la televisión. Ese era el principal objetivo que se propuso Román Álvarez, catedrático de la Universidad de Salamanca, cuando decidió transformar la antigua panadería familiar de Abelgas, un pueblecito de la montaña leonesa, en una biblioteca para los vecinos. Un proyecto personal y altruista sin más recompensa que los mensajes que dejan los lectores en el libro de visitas.


―¿Con qué libro estás ahora?
―No leo libros de uno en uno ―dice Luis sonriendo―. Cada vez que subo, cojo prestados diez o veinte; a veces, más. Ahora en mi mesilla de noche están El Quijote y Así habló Zaratustra.

Este último ha sido el segundo invierno que Luis ha pasado en Abelgas desde que se jubiló. Trabajaba en Barcelona, aunque sostiene que no «hay diferencia» entre la capital catalana y este pequeño pueblo leonés que no llega a los cuarenta habitantes. Nos cruzamos con él nada más llegar y Román Álvarez se baja del coche y lo saluda con familiaridad. «Es el lector más entregado ―nos dice―. Aunque solo fuera por él, merece la pena traer libros».

Román Álvarez, fundador de la biblioteca.

Román Álvarez, catedrático de Filología Inglesa en la Universidad de Salamanca, nació en este pueblecito de la montaña leonesa, donde decidió transformar la antigua panadería familiar en una biblioteca para sus vecinos.

La chispa surgió hace años, pero el proyecto arrancó en agosto de 2015: «Un día se subió al tejado un rebaño de cabras ―nos cuenta Román― y, claro, acabaron por destrozarlo, aunque el paisaje lo vieron muy bien. Entonces me dije que, ya que estaba tan mal, algo tenía que hacer, y me acordé de que, en los años sesenta, el cura del pueblo había hecho en la iglesia una pequeña biblioteca». Y se puso manos a la obra: él mismo retiró uno a uno los más de ochocientos ladrillos del horno y reconstruyó por completo el edificio, abandonado desde 1958, cuando se cerró la panadería, y del que solo se han conservado las paredes. Reconoce que, en un principio, el pueblo acogió su iniciativa como «una locura», y que prefiere no calcular «los miles de euros» que ha invertido. «La gente me decía que por ese dinero podía haber puesto una casa rural, pero no quería eso».

Román explica que también le animó la tradición lectora que siempre ha tenido Abelgas debido a los larguísimos inviernos, en los que el pueblo podía estar aislado durante días a causa de la nieve. En las casas, «antes de la televisión, lógicamente», algunos leían y otros escuchaban. Inspirado por aquella biblioteca hoy desaparecida, decidió poner a disposición de sus vecinos un espacio con libros.

El propósito fue desde un principio tan encomiable como complicado: «Lo que quería es que la gente viera un poquito menos la televisión y leyera un poquito más ―confiesa Román―. Para mí eso es fundamental. Corren muy malos tiempos para la lectura». Y por eso puso las cosas fáciles: instaló una estufa para calentar la estancia en invierno, repartió llaves entre varios vecinos (no sabe exactamente cuántas hay en circulación) y llenó los estantes con libros de su biblioteca personal, sin apenas aceptar donaciones, ya que la gente se deshace de «los libros que ya no quiere», y muchas veces ofrece «chatarra que no vale para nada». «Quiero cosas útiles», dice. Para terminar, colocó junto a la ventana una lámpara que se ve desde todo el pueblo y que siempre está encendida, día y noche. Un faro para lectores.

No hay límite en «los préstamos», cada vecino puede llevarse los libros «que le dé la gana, veinte, treinta», y si los devuelven, bien; si no, Román no duda en afirmar que le da «exactamente igual». Pero lo curioso es «que todo el mundo los devuelve». «No falta absolutamente nada. No se llevan ni los adornos», asegura.

Los clásicos y la poesía, arriba
La biblioteca cuenta con un fondo muy amplio, compuesto por entre 3000 y 4000 volúmenes, en el que pueden encontrarse prácticamente todos los clásicos y muchas novedades, aunque Román admite que no está ordenado porque no tiene tiempo y, sobre todo, porque su intención es que la gente «se pierda y descubra libros».

En este disciplinado desorden, sí hay cierta metodología a la hora de colocar los clásicos y la poesía, que ocupan las zonas más altas de los estantes porque son los libros a los que la gente «les hinca menos el diente», como reconoce Román, y eso que el curioso puede encontrar hasta siete ediciones diferentes de El Quijote, una colección «muy buena y muy pedagógica» de clásicos de la literatura española de Anaya o todos los ganadores del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, del que Román es secretario del jurado.

Por supuesto, hay muchos libros sobre Castilla y León y trashumancia, «que gustan mucho por aquí», ya que fue una de las actividades principales de los pueblos de la zona hasta hace unos años. También «novelas de aeropuerto», gramáticas, un Diccionario Cultural de Estados Unidos, libros de teología, de filosofía, diccionarios enciclopédicos, una colección de teatro español del siglo xx («desde Marsillach hasta Arrabal»), un centenar de películas «en doble o triple fila», volúmenes de arte y una amplia representación de libros juveniles, desde cómics de Mortadelo y Filemón y Astérix hasta los imprescindibles libritos de Barco de Vapor o los primeros títulos de la serie Canción de hielo y fuego. En verano es cuando estos libros se mueven más: las largas vacaciones escolares pueden dar hasta para leer y siempre hay alguien con alguna asignatura pendiente y que encuentra en la biblioteca el lugar y los recursos necesarios para estudiar.

«Un libro es como un viaje: comienza con inquietud y termina con nostalgia». Esta es la única advertencia que encontrará el visitante de la biblioteca: un libro puede llevar a otro, y luego a otro, y a otro, hasta que ya no haya marcha atrás.

Ni promoción ni subvención
La biblioteca nació y se mantiene únicamente por el empeño personal de Román Álvarez, que no tuvo ningún tipo de promoción y no ha recibido subvenciones. «No le quiero pedir a nadie. Si quieren ayudarme, que me dejen en paz. No quiero entrar en esa dinámica. No tengo ayudas porque no las he pedido ni las quiero pedir, así de simple», afirma con rotundidad.

El problema de fondo, apunta, es que hay muy pocas bibliotecas rurales, porque las que existían se encontraban en las escuelas y muchas han desaparecido o los ayuntamientos han ido deshaciéndose de ellas. Para Román, las zonas rurales se encuentran con «una contradicción de corte político». Por una parte, las autoridades nacionales, y sobre todo regionales, aparentemente son muy conscientes del problema de la despoblación, pero no hacen nada para evitar que los pueblos se conviertan en zonas recreativas para domingueros y veraneantes.

Román explica que hay poblaciones que tienen garantizada su supervivencia porque cuentan con «un modo de vida», como Abelgas: hay ganaderos y en verano el pueblo recibe ingresos por el arrendamiento de los pastos para los rebaños de las ovejas merinas y es coto de caza, «pero muchos otros pueblos están condenados a la desaparición; pueblos en los que en invierno apenas viven dos personas, y Castilla y León es una zona especialmente sensible a esto».

¿Soluciones? Asegurar un mínimo de comodidad para atraer a la gente: servicios médicos, mejores infraestructuras, garantizar el acceso a los suministros básicos, máquinas quitanieves que despejen las carreteras todos los días en invierno, conexión a internet… Román critica que, mientras las autoridades hablan y teorizan pero no hacen nada, cada año las zonas rurales tienen menos habitantes. «Estoy seguro de que en las ciudades hay gente a la que no le importaría vivir en un pueblo al jubilarse, pero hay personas mayores que se marchan por miedo a ponerse enfermos, porque no tienen los servicios básicos, como un médico».

Pero Román no está preocupado por el futuro de su biblioteca. «La verdad es que no me lo he planteado ―asegura―. Supongo que alguien querrá utilizar esto. Aunque no corran los mejores tiempos para los libros, siempre habrá gente que les siga teniendo cierta devoción. Si lo coges desde pequeño, el vicio de leer perdura». ●

Queremos agradecer muy especialmente a Román Álvarez la generosa hospitalidad con la que nos recibió.

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