La biblioteca del Congreso: ni museo ni postal

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La biblioteca del Congreso tiene ese aire ceremonioso de los edificios históricos: paredes revestidas de maderas nobles, antiguas escaleras de caracol en las esquinas, facsímiles protegidos por vitrinas, un silencio de iglesia que apaga las voces de forma instintiva… Y en los estantes, la presencia imponente de los diarios de sesiones desde las Cortes de Cádiz. Pero la biblioteca del Congreso no es solo un testigo privilegiado de la azarosa historia democrática de España: es un ente vivo y práctico al servicio de los parlamentarios y adaptado a las demandas del siglo xxi.


[Fotografías: Javier Paredes]

 

Situada en el mismo palacio que acoge al Hemiciclo, a unos pocos metros del Salón de Plenos, la biblioteca del Congreso parece ajena al día a día de diputados, funcionarios y periodistas. Pero esta sala, al fondo del pasillo que, con alfombras en invierno y a pleno mármol en verano, acumula tantos pasos, no solo es el escenario perfecto para las fotos que ilustran las entrevistas de los parlamentarios ni un museo que guarda todos los diarios de sesiones desde las Cortes de Cádiz. Que también. La biblioteca de la Cámara Baja está viva y sigue desempeñando un papel destacado en el continuo quehacer legislativo.

Así lo sostiene el jefe del Servicio de Información Bibliográfica, Javier Plaza, que asegura incluso que la evolución de este trabajo sigue siendo positiva. Y lo ilustra con datos: en la corta xi legislatura, que no fue más allá del medio año, «su nivel de utilización se duplicó». Y «no solo por el número de usuarios, sino también por el número de peticiones: en seis meses se realizó más o menos el mismo trabajo que en un año», explica en una conversación con Cuatro Ojos Magacín. En total, hubo 4458 peticiones de información, que incluyeron búsqueda de libros, elaboración de bibliografías y peticiones de compras.

Con estos datos, Plaza defiende que, «sin ninguna duda», el rejuvenecimiento generacional de los partidos ha sido positivo para la biblioteca, porque «muchos nuevos parlamentarios han roto las fronteras que podían existir con las nuevas tecnologías». En general, su valoración del uso de este centro documental es muy favorable.

Los diputados y todo el personal que trabaja en torno a los grupos parlamentarios son, junto a los letrados de la Cámara, los usuarios para los que está pensada esta biblioteca, que contribuye a la elaboración de las leyes con todo el material bibliográfico que pueda necesitarse. Y es que no todo está en los buscadores de internet. «En Google puedes encontrar un dato concreto, pero no una elaboración de la información», subraya Plaza. En la biblioteca del Congreso se piensa constantemente «en las necesidades que va a tener el parlamentario» y en su demanda continua de documentación.

El salón de lectura está ocupado en su mayor parte por los diarios de sesiones desde las Cortes de Cádiz

En esta tarea se enmarcan las bibliografías específicas de las leyes en tramitación y para cada una de las comisiones legislativas (de libre disposición a través de la web), pero también sobre asuntos de actualidad: el brexit, los paraísos fiscales, los refugiados, Venezuela y la violencia de género son algunos de los temas para los que la biblioteca propone y dispone de documentos, que incluso son utilizados por Parlamentos de otros países.

«La nuestra es una biblioteca viva, no solo histórica, que va creciendo de una forma constante para que sea útil. Esta no es una biblioteca para que vengan eruditos o historiadores, que también, y a quienes acogemos como a cualquiera, sino que es una biblioteca, sobre todo, práctica», señala Plaza.

Todo este trabajo se traduce en una cantidad enorme de volúmenes que agrava la falta de espacio de la que adolece el edificio. La biblioteca del Congreso de los Diputados cuenta, aproximadamente, con unos 280 000 volúmenes distribuidos en 5863 metros de estanterías, y cada mes recibe alrededor de 300 volúmenes más.

Durante el golpe de Estado del 23F, los militares casi ignoraron la biblioteca, ni siquiera llegaron a entrar. Pero sí en el bar. De hecho, se bebieron todo el alcohol que encontraron.

Para tratar de solventar este problema, es frecuente que las bibliotecas recurran a empresas externas que guardan los libros en grandes naves industriales situadas a las afueras de las ciudades. La biblioteca del Congreso tiene ya externalizada la custodia de unos 35 000 volúmenes. Esta solución resuelve parte del trastorno, pero genera otro: hay que pagar el alquiler de la nave y el traslado de cada ejemplar, a lo que se añade «la pérdida de calidad del servicio», reconoce Javier Plaza, ya que la atención no es inmediata: «Hay una demora en la entrega del libro, normalmente de un día. Existe la posibilidad de un envío exprés, pero cobran más. Pero esto ahora es algo muy común en las bibliotecas y en los archivos».

Además, la tendencia es que cada vez se lleven más libros, pues los kilómetros de estanterías están en «salas muy golosas que quieren utilizar otros departamentos o los propios parlamentarios».

A pesar de su vocación eminentemente utilitaria, la biblioteca sí cuenta con un buen número de volúmenes para deleite de bibliófilos: en la actualidad, custodia 24 824 títulos anteriores a 1900 (lo que significa muchos más volúmenes), entre los que se encuentran dos libros de horas miniados de estilo flamenco del siglo xv (un facsímil de uno de ellos se expone en la sala de lectura), ocho incunables, medio centenar de manuscritos y cerca de trescientos libros raros de los siglos xvi y xvii, 1645 títulos del siglo xvii y 21 645 del siglo xix.

De este tesoro, la bibliotecaria Mercedes Herrero de Padura destaca también la colección de folletos políticos del siglo xix, muchos procedentes de las Cortes de Cádiz o de la época del trienio liberal (1820-1823), además de colecciones de mapas y de atlas. Y, por supuesto, ejemplares de las Constituciones. «Los originales se custodian en el archivo, aunque se sacan para exposiciones, como la que se organizó para celebrar los veinte años de la Constitución de 1978», explica.

Diputados morosos
Como decíamos, los usuarios de la biblioteca son, fundamentalmente, los diputados, pero también los senadores, los funcionarios, el personal de servicio de los grupos, la prensa acreditada… Todos los que trabajan en el Congreso. Además, y al tratarse de una biblioteca de carácter semipúblico, también pueden acceder los usuarios externos con carné de investigador. Se hace así porque la sala de lecturas es muy pequeña y porque el horario está sujeto al régimen de los Plenos (si hay Pleno, el investigador no puede acceder a la biblioteca).

Como en todas las bibliotecas, hay usuarios que no devuelven los documentos

Como en todas las bibliotecas, Javier Plaza confirma que siempre hay algún usuario que no devuelve el documento que se lleva. «Aunque me gustaría mucho dar nombres y apellidos y mandar a la Guardia Civil a sus casas, no puedo [risas]». Y, como en todas las bibliotecas, la del Congreso también envía advertencias a estos usuarios insolidarios: cada semana les llega una carta a su casa. «De todos modos ―aclara Plaza―, son muy pocos los que lo hacen. En la mayoría de las ocasiones son despistes que se solucionan inmediatamente, aunque siempre hay casos de ladrones compulsivos, tanto en esta como en todas las bibliotecas, incluida la Biblioteca Nacional, que ha sufrido expolios incluso por exministros de todos conocidos».

Adquisiciones
Algunos de los parlamentarios que en la pasada legislatura estrenaron escaño ya tenían cierta presencia en el Congreso, y probablemente sin siquiera saberlo , como Pablo Iglesias, ya que la biblioteca contaba con varios libros suyos.

Por falta de espacio, durante la Segunda República la importantísima colección de publicaciones periódicas (españolas y extranjeras) que tenía el Congreso se entregó en depósito a la hemeroteca municipal de Madrid, donde sigue en la actualidad.

La crisis, cómo no, ha frenado el ritmo en las adquisiciones, aunque el crecimiento de la colección se ha mantenido en los 3000-3500 documentos anuales en las épocas más difíciles. Lo que la crisis sí se llevó por delante fue la tradición de adquirir las obras de los premios Nobel, prácticamente las únicas de ficción que compraba la institución, y que con las restricciones presupuestarias se detuvo. En cualquier caso, Javer Plaza admite que se hace «alguna excepción» con obras solicitadas por algún parlamentario.

Donaciones
Además de las adquisiciones, la biblioteca del Congreso, como institución pública, sigue recibiendo muchas donaciones que, de nuevo, tropiezan con el problema del espacio, lo que fuerza a limitarlas a aquellas que sean «pertinentes». «Traducimos cada donación, cuando se trata de bibliotecas completas, en cuántos cientos de metros de estanterías necesitamos», aunque siempre hay concesiones para casos singulares. «Lo primero que hay que valorar es el gesto de la persona que quiere donar algo que ha estado recopilando durante toda su vida. A mí me daría mucha pena», reconoce Plaza.

Un poco de historia: 1811-1936
La historia de la biblioteca del Congreso es la azarosa historia de España en el siglo xix. Ha cambiado de nombre (biblioteca de Cortes, de la Asamblea Nacional, biblioteca de las Cortes Españolas, biblioteca del Congreso…), de sede, ha sido desmantelada, expoliada, olvidada… Un espejo del traumático y largo camino de la democracia en nuestro país.

Sus pasos (como los de la del Senado) comienzan con las Cortes de Cádiz. En enero de 1811 se decidió formar una biblioteca para ayudar al trabajo parlamentario, labor que se encargó a Bartolomé José Gallardo (Campanario, Badajoz, 1776–Alcoy, Alicante, 1852), un erudito y bibliófilo controvertido que, por sus ideas republicanas y anticlericales, tuvo que huir de España y al que se acusó en varias ocasiones de robar libros.

el Teatro Cómico de la Real Villa de la Isla de León (Cádiz) fue su primera sede

La nueva biblioteca se nutrió de los fondos de otras que ya existían, como la de los guardiamarinas de la Isla de León, que estaba depositada en el Colegio de Cirugía de Cádiz, además de las que procedían de requisamientos o de conventos destruidos.

El afán de Gallardo fue que la nueva institución tuviera carácter de Biblioteca Nacional, por lo que en marzo de 1813 las Cortes acordaron crear el precedente de lo que hoy conocemos como depósito legal: todos los impresores de España debían enviar a la biblioteca dos ejemplares de cada libro. Esta «batalla», sin embargo, la perdería definitivamente en 1836, cuando fue la Biblioteca Real la que pasó a tener categoría de Biblioteca Nacional, con lo que muchos de sus fondos acabaron allí, además de en otras bibliotecas, como la de la Academia de la Historia o la del Senado.

La primera sede de la biblioteca fue el Teatro Cómico de la Real Villa de la Isla de León (la actual San Fernando, en Cádiz), ya que era un edificio con espacio suficiente, pero a lo largo de los siguientes años se hicieron muchos traslados forzados por la peste, la guerra contra los franceses y otros percances, que provocaron, a su vez, saqueos, pérdidas, dispersiones…

El primer catálogo de la biblioteca data de 1857, y fue obra de Clemente Arias, quien anotó: «Pequeños restos que quedaban de la antigua Biblioteca de Cortes, que se encontraban en mayor desorden, en lastimoso estado, y sin un catálogo que facilitara el conocimiento de los mismos y su uso». Arias apunta que hay 1045 obras correspondientes a 4433 volúmenes, más una cantidad considerable de folletos, varias atlas y mapas.

Desde 1838 y hasta 1936, la biblioteca vive un periodo de estabilidad: la institución crece con donaciones (como la de Ángel Fernández de los Ríos), compras (como la biblioteca de Andrés Borrego) o canjes, se sistematizan los fondos, se hacen diez catálogos…

Democracia
Mercedes Herrero de Padura confirma que durante la guerra civil los fondos no sufrieron «demasiado», y en los años posteriores de régimen franquista, y a pesar de la parálisis del Parlamento, la actividad en las Cortes fue incrementándose lentamente, y también la de la biblioteca. De hecho, en 1966 la institución se pone por primera vez a cargo de profesionales del Estado.

En cualquier caso, hay que esperar hasta 1975 para superar este periodo de estancamiento y, sobre todo, a la llegada de la Constitución. Comienza entonces el desarrollo de la biblioteca en línea con la de los Parlamentos de otros países, en un crecimiento lento pero ininterrumpido de medios materiales y humanos.●

El palacio de las Cortes se inauguró el 31 de octubre de 1850. Diseñado por el arquitecto Narciso Pascual y Colomer (Valencia, 1808–Madrid, 1870), se levantó sobre el solar que había ocupado el antiguo convento del Espíritu Santo, donde se había instalado el Estamento de Procuradores hasta que el edificio se declaró en ruina, en 1841. Las obras arrancaron el 10 de octubre de 1843 y, hasta su finalización, los diputados se reunieron en el Salón de Baile del Teatro Real.

El salón de lectura de la biblioteca se construyó en dos fases por Manuel Sánchez Blanco, carpintero-ensamblador de maderas finas del Congreso, entre 1853 y 1857. La primera corresponde a la planta principal, que incluye los dos primeros pisos, comunicados por dos escaleras de caracol. De estilo neoclásico con capiteles de estilo corintio compuesto y balaustrada de bronce y madera, para los exteriores se eligió madera de caoba y para los interiores, de cedro. Las pilastras se construyeron con maderas distintas para dar contraste.

La segunda fase en la construcción, que le da su aspecto actual, se inició por falta de espacio, por lo que se decidió abrir un óvalo en el techo para unr las dos plantas y crear así una unidad «muy armónica». Para esta ampliación ya no se utilizaron maderas nobles, sino de pino, pero pintadas de modo que imitaran maderas nobles. «Lo curioso ―cuenta Mercedes Herrero― es que los capiteles dorados del segundo nivel se habían hecho para la planta baja, pero cuando se terminaron se tomó la decisión de no ponerlos. Se guardaron y, finalmente, se colocaron en el segundo nivel, cuando se construyó».●

Cuatro Ojos Magacín agradece a Mercedes Herrero de Padura y a Javier Plaza su atención, paciencia y amabilidad.

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