La exuberante novela del escritor cubano cumple cincuenta años

«Tres tristes tigres», de Guillermo Cabrera Infante

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«Parisienne Dancer, Havana». // Autor: Doug Kaye.

Se cumplen cincuenta años del nacimiento de Tres tristes tigres, la monumental y excesiva novela que Guillermo Cabrera Infante (Gibara, Cuba, 1929-2005) logró publicar en 1967. Aunque su gestación se inició años antes, dificultades con la censura impidieron su edición, y no fue hasta 1990 cuando salió a la luz la versión sin cortes. Seix Barral recupera ahora el texto íntegro, al que incorpora el prólogo del autor a la primera edición completa y los informes de la censura desde los primeros intentos de publicación (bajo otro nombre, con otra composición) hasta la aceptación final.

En el mencionado prólogo, Cabrera Infante confiesa que su «vida es la historia de la pelea de un escritor contra los censores», lo que da una idea de la relación de su creación con la moral de una época que reaccionaba ante todo lo «obsceno, moralmente objetable y políticamente condenable», como se lee en los documentos adjuntos. Evidentemente, esta descripción no deja de ser subjetiva, abstracta y sujeta a los valores de una época y un contexto político y moral; es por esto que el lector tiene ahora la oportunidad de cotejar aquellas afirmaciones de la censura con el texto original, y fijar, desde nuestros días, una opinión global sobre la provocativa escritura de un malabarista de la expresión como Cabrera Infante.

Y es que Tres tristes tigres «está en cubano», como se advierte al inicio del libro. «Es decir, escrito en los diferentes dialectos del español que se hablan en Cuba y la escritura no es más que un intento de atrapar la voz humana al vuelo». Cabrera Infante pone al servicio de esta idea su excelente oído, su imaginación lingüística y una memoria hiperactiva para enlazar conocimientos, pero el esfuerzo podría haber resultado infructuoso según las rebajas de la censura: «Cada vez que yo ponía tetas, palabra aceptada por la Academia y su diccionario (“pezón del pecho”), mi obseso censor la eliminaba y ponía senos, con lo que daba sinusitis a mis hembras turgentes». Tras el maquillaje, «el habla de los habaneros y en particular la jerga nocturna que, como en todas las grandes ciudades, tiende a ser un idioma secreto» perdía frescura, aunque en general los funcionarios tildaron el texto de «pornográfico a veces, irrespetuoso otras, procaz siempre». Un ejemplo:

Llegamos al Sierra, que es donde esta muchacha que ahora se abrocha la camisa muy tranquilamente enfrente del cabaré quería ir y le digo, Bueno Irenita y tiendo una mano hacia uno de los melones que nunca llegaron al mercado porque había que llevarlos, y ella que me dice, Yo no me llamo Irenita sino Raquelita, pero no me digas Raquelita sino Manolito el Toro que ése es mi nombre para mis amigos y me quitó la mano y se bajó, Voy a ver si me bautizan de nuevo, me dijo y cruzó la calle hasta la entrada del cabaret.

El narrador no deja de ser sutil, pero queda claro que el pasaje alude a determinados temas problemáticos en los años sesenta: prostitución, transexualidad… Todo ello sin contar con las pinceladas políticas y en contra del régimen de Batista, ingredientes que convirtieron la novela en un cóctel inaceptable para los censores.

Pero centrémonos en los méritos de Tres tristes tigres, que son numerosos; uno de los más notables es el rico plurilingüismo. Hay idioma español en múltiples capas, empezando por la captación del habla cubana corriente, con sus particularidades fonéticas:

La dejé hablal así na ma que pa dale coldel y cuando se cansó de metel su descaiga yo le dije no que va vieja, tu etás muy equivocada de la vida (así mimo), pero muy equivocada: yo rialmente lo que quiero e divestime y dígole, no me voy a pasal la vida como una momia aquí metía en una tumba désas en que cerraban lo farallone y esa gente, que por fin e que yo no soy una antigua, y por mi madre santa te lo juro que no me queo vestía y sin bailal, qué va.

Pasando por la pintura de La Habana con la mirada cinematográfica y el léxico cultivado de los intelectuales protagonistas: retorcida, barroca, descriptiva:

Recuerdo que miré del cuadro al escritorio, del azuloso mar procelado (¿o se dice azulado mar proceloso?) que terminaba en olas lejanas en el Malecón o donde está hoy el Malecón porque al fondo, en último término, aunque parezca increíble, se veía La Habana gris del siglo xviii, salté a la terra firma o nera de su negativa, pasé del azul marino al verde billar de la carpeta, al agresivo cortapapeles que era un colmillo largo con la encía del mango enchapada en oro, al bruñido y marrón estuche de tabacos con un monograma rococó, encima diseñado tal vez por el mismo grabador de los tiburones y los maricones, al barroco portacartas de cuero negro y presillas doradas, y subí con mis ojos trepadores por su corbata gris carbón de seda italiana, detuve mis pupilas incrédulas en la enorme perla cipollina debajo del triángulo perfecto del nudo, grabé en mi resentida retina el dibujado cuello de la camisa hecha a la medida en Mieres y vi ahora su cabeza […] de golpe, como esas lunas llenas de Okusai que salen en verano con un asombro naranja y uno cree primero que es un farol luego que es la luna y finalmente está convencido de que es una insólita bomba del alumbrado público antes de saber que es de veras la luna de los caribes y no una madura, invisiblemente suspendida fruta tropical para confundir a Newton.

Hasta la parodia del español traducido del inglés, pues el juego de idiomas —inglés, francés, español, alemán— es recurrente en la novela, una de las pasiones reconocidas de Cabrera Infante, como por ejemplo en la tronchante «Historia de un bastón y algunos reparos de Mrs. Campbell»:

Usualmente, entro primero y la Sra. Campbell me sigue, para hacerles las cosas más fáciles. Pero este gesto de imprácticas buenas maneras que la Sra. Campbell, embriagada, encontró mucho latino, me indujo a un error que nunca olvidaré. Fue entonces (del otro lado) que vi el bastón.

En el hotel, ella nuestra suerte, todavía corría bien y las reservaciones fueron encontradas válidas. Empecé a considerar el bastón un encanto de buena suerte. Subimos y nos duchamos y ordenamos una merienda rápida a servicio de cuartos.

Lo estamos viendo: el lenguaje es la base de Tres tristes tigres, y el juego con sus múltiples posibilidades dan forma al relato y su construcción. Absténganse, por tanto, lectores que busquen un sentido y un orden tradicional de la historia narrada, aquí no lo hay: «Lo que siempre me ha interesado del lenguaje son las posibles combinaciones y la enorme capacidad regenerativa de las palabras. Estoy envuelto en un juego permanente con el lenguaje, eso es lo que evita que me muera de aburrimiento ante la máquina de escribir», revela el escritor en la entrega del Premio Cervantes 1997.

Así, una sucesión de cuadros o pasajes, en diferentes géneros y tonos, pasan por delante de nuestros ojos con sorprendente agilidad —el stream of consciousness es el estilo preponderante—. Una estructura en apariencia abigarrada y confusa, que conecta cuadros y personajes, se completa al final de la lectura, una vez obtenida la visión general. En ese punto, el lector apreciará el valor de las palabras y también de los silencios —la página en blanco o en negro—, de las posibilidades visuales y metafóricas de la página —hay remedos de jeroglífico y páginas especulares, con las letras del revés— y también de los gestos físicos y gramaticales de los personajes que originan una desbordante oralidad. Todo ello «sin perder la cualidad cognitiva de su escritura», como puntualiza el crítico Sandro R. Barros. Valga como muestra el magistral ejercicio de estilo «La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después —o antes—», donde Cabrera Infante se pone en la piel de varios de sus paisanos —José Martí, José Lezama Lima o Alejo Carpentier, entre otros— para mimetizar sus estilos narrativos al contar el mismo suceso histórico.

Otro de los grandes méritos de Tres tristes tigres es el reflejo literario de la isla caribeña y su estilo de vida. Esto tiene que ver con la música, el mar, la noche, el color, la luz… Una Cuba densa y poderosa con la que Cabrera Infante pretende impregnar cada página, porque Cuba «es para los ojos lo que es Beny [Moré, trompetista] para el oído: cuando se va a verla hay que verla». Justo lo que la novela propone, una vívida inmersión en la atmósfera cubana: «El Malecón pasaba por debajo del auto hecho un plano de asfalto, a los lados en forma de casas picadas por el salitre y el muro inacabable y arriba por los cielos nublados y parte nublados y el sol que bajaba incoerciblemente, como Ícaro, hacia el mar».

En extensión, es la cubanidad lo que se dibuja en el texto como una confesión representativa de un momento histórico. Es el caso del carácter habanero, su particular idiosincrasia, muy unido al sentido del ritmo, que «es como el sexo una cosa natural», lo que da lugar a una gente desinhibida, «que no tiene ese freno y puede bailar y cantar y hasta tocar varios instrumentos de percusión a la vez». Gente sin pudor rítmico ni pudor sexual, una cubanidad que llora y que ante todo ríe, en plena búsqueda de su identidad: «¿Te ríes? Es el signo de Cuba. Aquí siempre tiene uno que dar a las verdades un aire de boutade para que sean aceptadas». Para Cabrera Infante, el humor es «una compulsiva manera de retar al mundo tal como es y de desbaratar sus certidumbres y la racionalidad en que se sostiene, sacando a luz las infinitas posibilidades de desvarío, sorpresa y disparate que esconde», en palabras del escritor peruano Mario Vargas Llosa.

El tercer rasgo, y no menos importante, ya se ha dejado intuir en párrafos precedentes. Me refiero al giro en los referentes simbólicos y culturales que se advierte en las páginas, del canon literario tradicional al multiculturalismo de la marca USA: «¿Es mi culpa si Bay City me dice más que Combrai? Sí, supongo que sí. ¿A ti también? Tú lo llamarías el Síndrome de Chandler». El fenómeno da lugar a que el cine, la televisión o los mass media tengan cabida en el imaginario de Cabrera Infante. Cuba en los años sesenta era ya una esponja de americanismos, por decirlo de alguna manera. Son los primeros pasos firmes de la literatura del siglo xxi, en opinión del también escritor Fernando Iwasaki: «Cada vez que los suplementos literarios de la prensa española celebran la aparición de un libro donde creen haber encontrado los últimos gritos de la modernidad —novelas collage, microescritura o cinenarrativa—, pienso que todo ello ya estaba en Tres tristes tigres».

En efecto, Cabrera Infante estaba gestando un universo fragmentado y ruidoso que remite al simulacro del mundo actual. «Si su obra está muy viva hoy —escribe Edmundo Paz Soldán— «es por el poder de su escritura, pero también porque el escritor cubano fue uno de los escritores latinoamericanos más interesados en la relación de la literatura con los medios de comunicación masivos». En plena omnipresencia mediática, no solo encontraremos en Tres tristes tigres una intuición ontológica sobre nuestro tiempo y un negativo presagio sobre la literatura y los escritores ante el avance de la estética audiovisual, sino además un revolucionario y excéntrico cuestionamiento de los límites de la expresión literaria y de sus posibilidades físicas, morales y políticas.

Al final, «después de esta excursión a la nada», como confiesa uno de los personajes, después «de esta estancia en el infierno, después de este descenso al Maelstrom, después de esta transculturación, ósmosis o contaminatio, que de todas esas maneras podrías tú decirlo, me voy a soñar pesadillas menos perturbadoras, más inocentes».●

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