«A Virginia le gustaba Vita», Pilar Bellver

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No busquéis en ninguna novela de Virginia Woolf estas palabras. Sí encontraréis que «A Chloe le gustaba Olivia» (en Una habitación propia), pero, aunque nunca lo hiciera público, el amor real fue el suyo con la poeta y aristócrata, nieta de una bailaora gitana, Vita Sackville-West. Fueron primero amigas, se entregaron a una pasión alimentada a través de cartas y mantuvieron hasta el final una «amistad cierta, durable, casta y tibia» que soportó distancia y celos y que tuvo como fruto la sexta novela de Woolf, Orlando, dedicada a Vita: «La más larga y encantadora carta de amor de la literatura», como la definió el hijo de la aristócrata.

bellver-pilar_a-virginia-le-gustaba-vitaPero antes de esa hubo otras muchas que sí pasaron por el correo y de las que Pilar Bellver se ha servido para tejer esta novela, cosida con anécdotas y pensamientos reales con los que la escritora jienense recrea su amor y la primera noche que, después de mucho desearlo, pasaron juntas: la madrugada del 17 al 18 de diciembre de 1928.

Esa fecha es real, como lo fue la cena en la que, tres años antes, ambas coincidieron por primera vez y la advertencia que le hizo a Woolf el celestino en la velada, probablemente su cuñado, Clive Bell: «Vita es una lesbiana declarada, ten cuidado, ha puesto sus ojos en ti». «Pues con lo esnob que soy, no sabré resistirme», fue la respuesta de Virginia que, como ya había intuido, se marchó con ganas de más. «Me hace sentir como una virgen, tímida, colegiala», apuntó en su diario.

vita-sackville-westA ese encuentro, que Vita propició porque quería conocer a la escritora que tanto admiraba, le siguieron otros, y la atracción se consumó en la casa de la aristócrata. Bellver traslada unos cinco kilómetros esa noche de pasión: de la casa de campo donde ocurrió a Knole, su gran mansión, mayor que el Palacio de Buckingham, que después perdería a merced de las machistas leyes de sucesión y con cuya visión comienza Orlando. Nos gusta más así.

Y también nos gusta creer que es verdad que sus primeros besos tuvieron como testigo a la actriz española María Tabau; mejor dicho, al cuadro que está en el Teatro de Almagro (Ciudad Real) y que no sabemos si alguna vez colgó de las paredes de Knole, como tampoco tenemos la certeza de que fue la primera boca que rozó Virginia con la suya, en un viaje ―real, sí, real― a Granada.

Y es verdad que es inevitable la punzada de ¿desilusión? al leer esa nota a pie de página que fija los límites de una noche en la que Virginia sí disfrutó del sexo.

«Pues que tus manos recorrieron mis telas; que las mías notaron tus sedas, que tus manos desenterraron mi piel de entre la ropa, que mis manos te despojaron de lujos y de interiores falsos hasta que mis ojos vieron aparecer tus pechos sin montura, tus pezones sin escudos y tu verdadera respiración. Me desnudaste y te desnudé».

De esta manera hace Bellver evocar a Virginia después esa noche en una carta a su amante, quien días después emprendió un viaje a Teherán para acompañar a su marido, diplomático, al tanto de esta relación.

Las dos estaban casadas y así siguieron. Felizmente, hay que añadir: «En todo Londres, solo a ti y a mí nos gusta estar casadas», admitió Woolf en una misiva a Sakville-West. Ambas eran conscientes de que esos matrimonios les impedían embarcarse en una relación más excluyente, pero no solo por las dificultades de la época, sino porque no quisieron abandonar a unos hombres que eran compañeros de vida, que no de cama. Aunque las circunstancias de sus matrimonios eran distintas (sir Harold Nicolson, diplomático y escritor, era homosexual y no se ocultaban sus relaciones), las dos amaron a sus esposos y vivieron en libertad.

Así, las dos mujeres se quisieron, se entendieron y se admiraron, en una relación de la que trascendía la vitalidad de Vita y la profundidad intelectual y literaria de Virginia. Esta sabía que no había corsés para la pasión de su amante y la otra, que podría tener amores más explosivos, pero ninguna mujer podría escribirle Orlando. No son palabras de Vita, sino de Irene Chikiar, en una reciente y completísima biografía de Virginia, aunque no hay más que leer una carta para entender lo que este regalo supuso para su amante: «Estaba literalmente desheredada y me has devuelto mi dote. Tesoro mío, tesoro, estoy abrumada. ¿Cómo has podido colgar a un perchero tan mísero un traje tan maravilloso? Quería decir: estaba desnuda y me has vestido». Vita recuperó para siempre Knole.

Bellver anima así a (re)leer Orlando, pero también La señora Dalloway y Las olas, obras que ve influidas por esta historia de amor, y Retrato de un matrimonio, el recuerdo que escribió el hijo de Vita y Harold de la pareja que fueron sus padres y que ha sido imprescindible para recrear este amor convertido en novela.

Una obra que se podría degustar en dos tiempos: una primera lectura de corrido, sin bajar la vista al pie de página, y una segunda más didáctica, que va más allá de las cartas noveladas, cien páginas más, con un rico apéndice documental que deja (aún) más datos (y más ganas de seguir ahondando) sobre Woolf y Sackville-West y quienes les rodearon: el grupo de Bloomsbury, una clínica-refugio para sufragistas perseguidas, Rodin… y hasta Jack el Destripador.

Al cerrar sus páginas, sigue sonando El dúo de las flores, que Vita tarareó a Virginia en una carta. Escuchadlo, pero no miréis los comentarios. O sí. No creo que Virginia y Vita estuvieran muy cómodas con un tal Christian Grey.●

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