Enseñanzas de vidas en la carretera

«El Tao del viajero», Paul Theroux

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Paul Theroux es uno de esos autores que tienen una especial habilidad para sumar adeptos a un subgénero literario, en este caso la narrativa de viajes. Con su estilo ameno, claro y cercano, a uno le apetece rodearse de atlas o tener a mano una tableta con el Google Earth abierto y consultar a cada párrafo; seguir, de algún modo, esos mismos pasos, identificar los nombres de esos lugares, recorrerlos desde sus páginas.

Para los que amamos la literatura y los viajes, y además sentimos una curiosidad irrefrenable por el modo en que transcurre la vida en otros lugares, esas historias viajeras son una tentación irresistible.

Pero El Tao del viajero no es el relato de un viaje, es «el libro» de los libros de viajes. La palabra «tao» proviene de las filosofías orientales y puede traducirse literalmente por «camino», «vía», pero también por «método» o «doctrina». Y de eso es de lo que nos habla Theroux en un recorrido a través de algunos de los mejores autores-viajeros: de sus formas de afrontar el viaje, de su modo de narrarlo, de su modo de entenderlo.

Escritores-viajeros y exploradores, desde Charles Dickens, Mark Twain, Evelyn Waugh o Ernest Hemingway hasta Cherry-Garrard o Stevenson; desde Canetti a Jan Morris, o el mismísimo Unamuno, tienen su espacio en este libro.

Sus páginas nos ofrecen incontables sugerencias sobre lecturas y autores, nos invitan a reflexionar sobre el hecho del viaje, ya sea como una gran aventura, plagada de peligros e incertidumbres, ya sea desde la perspectiva de un simple caminante que se deja llevar por algún sendero intransitado, entregado a la meditación. Desde lo más salvaje a lo más cotidiano, lo esencial es esa actitud propia de todos los amantes de los viajes, y que tiene que ver con su insaciable curiosidad, con la necesidad de conocer frente a pasar el tiempo, de encontrar más placer en un trayecto por el metro de una ciudad desconocida y observar a sus compañeros de viaje que en un tour guiado en uno de esos autobuses turísticos.

Theroux da voz a todo tipo de narradores-viajeros, solitarios y acompañados, locos y cuerdos, melancólicos o vividores y despreocupados, andarines, navegantes, pasajeros de tren o conductores de automóviles, viajeros de un día o de varios años, e incluso a viajeros imaginativos que inventaron los lugares y pueblos que describieron en sus libros.

El autor de En el gallo de hierro y Las columnas de Hércules nos incita, así, a otras muchas lecturas, y se nos acumulan las notas de citas y referencias de autores por descubrir, que prometen horas y horas de recorridos por atlas y mapas.

Resulta tentador reproducir todas esas anotaciones, pero mejor que cada lector elija las suyas. Solo dos citas, a modo de epílogo, que resumen el espíritu que destila en cada capítulo del libro. Una, de Apsley Cherry-Garrard, que viajó a la Antártida en 1912: «La exploración es la expresión física de la pasión intelectual». La otra, de Robert Louis Stevenson: «Por mi parte, no viajo para ir a un sitio, sino para ir. Si viajo es por viajar. La cuestión básica es moverse; sentir más de cerca los menesteres y las complicaciones de nuestra vida, y apearme de la cama de plumas de la civilización para pisar el granito del globo y sus cortantes guijarros».

En fin, si eres un experto en literatura de viajes quizás este libro te sobre, pero si piensas que aún te queda por descubrir alguna que otra historia viajera, es muy posible que la encuentres entre las páginas de El Tao del viajero.

[Fotografía: Riding Alone, Mariano Mantel.]

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