La ficción como respuesta a la vida

«Tan solo el fin del mundo», de Jean-Luc Lagarce

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«The Path». // Autor: Jérémy Lelièvre.

Desde que el Romanticismo sublimara al artista, nos resulta prácticamente imposible acercarnos a cualquier obra sin averiguar primero quién es su autor. Desde luego, no puede desligarse una obra del contexto histórico en el que fue concebida, como tampoco puede juzgarse, por ejemplo, una comedia del Siglo de Oro desde una perspectiva contemporánea (una vez escuché a un ―joven― filólogo decir que no le gustaba Lope de Vega porque lo consideraba demasiado monárquico), pero ¿es necesario conocer la vida de un artista para explicar su obra? Destacar ciertos elementos biográficos en un texto, ¿lo mejora en algo? Puede que nos acerque al autor y nos ayude a empatizar con él, pero también puede que nos aleje de la obra y limite sus interpretaciones.

Lagarce Jean-Luc_Tan solo el fin del mundoEl dramaturgo francés Jean-Luc Lagarce escribió Tan solo el fin del mundo (Dos Bigotes) el mismo mes de julio de 1990 en el que supo que había contraído el virus del VIH. A la luz de este hecho, es indudable que la obra adquiere un innegable cariz de última confesión que marca su lectura, como indudablemente marcó su concepción y su escritura.

Con esta información, el lector da por sentado que el protagonista es homosexual (como Lagarce), aunque en la obra nunca se diga, al igual que da por hecho que la enfermedad mortal que padece es sida, algo que tampoco se confirma.

En la obra, Louis vuelve a la casa familiar después de más de una década de ausencia para contar a su madre y a sus hermanos que padece una grave enfermedad y que apenas le quedan unos meses de vida. Dividida en dos partes (además de un prólogo y un epílogo), el drama se sostiene sobre los monólogos que tienen todos los personajes y que simbolizan su incapacidad para comunicarse entre ellos; «hablan pero no dialogan», como apunta con precisión Cristina Vinuesa en el estudio previo.

La alienante concepción de las relaciones familiares se subraya, además, con la utilización sucesiva y reiterada de distintos tiempos verbales en una misma frase; un recurso para representar la simultaneidad de los pensamientos que Lagarce maneja con inteligencia, intuición y soltura, ya que los monólogos, a pesar de este cariz eminentemente intelectual, no pierden su carga emotiva ni ― ya que hablamos de un drama― catártica.

Esta representación de los pensamientos es un procedimiento cuyo principal objetivo, como decíamos, es caracterizar la soledad de los personajes y su incapacidad para el diálogo; admoniciones que no esperan respuestas y que se lanzan en un espacio y en un tiempo en suspenso, como en un limbo vacío.

Así, la casa es un no-lugar del que apenas sabemos nada (no hay descripciones) y en el que los personajes a veces ni siquiera pueden encontrarse, y el tiempo del drama transcurre durante «un domingo, por supuesto» (no hay día más típicamente familiar), o «durante casi un año entero», tal y como puntualiza Lagarce en la acotación inicial (la única de toda la obra). ¿Cómo seguir midiendo de la misma forma las horas cuando las tuyas están contadas?

La (dis)funcionalidad de una familia cualquiera
La obra puede leerse como una distorsión de la parábola del hijo pródigo. Después de tantos años de ausencia, la familia ha pasado de recordar a Louis a recordar la idea que cada uno se ha hecho de él. En cualquier caso, esta veneración incorruptible también se desvanece pronto, y tanto la madre como los hermanos le reprochan en sus monólogos todo lo que no han podido decirle durante sus años de ausencia.

En este sentido, son particularmente interesantes las palabras de Suzanne (la hermana), que le echa en cara no haberles escrito más, precisamente él, que es escritor, como si no los considerase «dignos» de usar «esa cualidad» con ellos.

LA OBRA Habla de la nostalgia del futuro, la más terrible de todas, porque nos hace añorar un porvenir que nunca existirá

Esta reflexión sobre los modos de expresión del artista, que se encuentra en la génesis misma de Tan solo el fin del mundo y que está latente en todo el drama, continúa en el monólogo de la madre, que idealiza la vida de su hijo, el escritor-artista, dando por hecho que es una existencia plena en la que la familia no tiene cabida, lo que genera más insatisfacción y culpabilidad en todas las partes: en la propia madre, que no entiende a las nuevas generaciones ni su forma de relacionarse con los demás («vivís de una manera extraña», confiesa); en la hermana, que sueña con emular a Louis y «alejarse y vivir otra vida […] en otro mundo»; en el hermano, que «desearía más libertad» y que es «un chico que imagina tan poco, y sufre por ello», como si la única forma verdadera de libertad fuera la ficción, y en el propio Louis, irremediablemente distanciado de todos y volcado en su propio silencio.

Tomando como eje argumental la (dis)funcionalidad de una familia cualquiera, Tan solo el fin del mundo habla sobre ese tipo de soledad mortificante de los que no están solos pero se sienten solos, y que suman a su irresoluble paradoja existencial el sentimiento de culpa; habla de la nostalgia del futuro, la más terrible de todas, porque nos hace añorar un porvenir que nunca existirá; habla de los remordimientos de los que solo sienten desafecto hacia sus familias; habla de nuestra irresponsable indiferencia ante el paso del tiempo y, también, habla de las pequeñas felicidades perdidas, de los descuidos diarios; de esos anclajes existenciales que dan cierto significado a la vida y sirven de asidero a los que, como Louis, no creen «en nada».

Tan solo el fin del mundo es melancólica, amarga y nihilista, pero es ante todo una obra que guarda una reflexión lúcida y fatalmente serena sobre la condición humana. La ficción como respuesta a la vida.●

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