«La isla del viento», de Manuel Menchón

El ingenioso hidalgo don Miguel de Unamuno

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Sucede que las películas, como los hijos, son víctimas de su tiempo, por ello, cuando contemplamos La isla del viento (2015), resulta difícil no atisbar entre los propósitos de su director el del ensalzamiento de la pétrea y clarividente figura de don Miguel de Unamuno, protagonista absoluto del filme, «en estos tiempos tan carentes de voces independientes que se enfrenten al poder», según reconocía el propio director, Manuel Menchón, en una entrevista a Días de cine. Tal es la falta de figuras referentes y grande el legado del escritor, que la figura de Unamuno acabará cobrando en esta producción hechuras quijotescas frente a los gigantes molinos de un fascismo en auge.

la-isla-del-viento__manuel-menchonSucede también que una película está llena de minipelículas y, así, en el discurrir de esta su primera obra de ficción, su director va dibujando, a la sombra del insigne escritor y filósofo vasco, otras criaturas, menos consistentes y de escasa profundidad psicológica-emocional, que irán componiendo entre altibajos el cuadro completo de una época (la de los cruentos inicios de la Guerra Civil española), no tan lejana a la actual, de igualmente encarnizada batalla (dialéctica), también por la subsistencia, pero, en nuestro caso, la subsistencia del Estado del bienestar.

Sucede, en definitiva, que pese a contar con ingredientes narrativos de calidad contrastada y disponer de los medios técnicos necesarios, resulta que el conjunto no termina de cuajar y se nos termina cortando la salsa cinematográfica, bajo pena de sufrir una mala digestión. Quizá porque se nos colaron en la receta personajes secundarios de escasa calidad nutricional. Puede que, en un intento por forzar instantes supuestamente emotivos, se nos fuese la mano con las especias musicales o la cámara a fuego lento; tal vez, porque se nos pasó la fecha de caducidad del producto (la película se rodó en 2015, pero no sería estrenada hasta un año después —misterios de la distribución española—); o porque, simplemente, lo de meternos a chefs audiovisuales resultó no ser lo nuestro. Vaya usté a saber.

En un lugar de Fuerteventura…
Como decíamos, para este autodestierro al mundo de la ficción, Menchón nos sitúa no mucho tiempo ha, en los días de exilio de Unamuno en la isla de Fuerteventura como consecuencia de sus críticas al régimen dictatorial de Primo de Rivera. Allí, este vasco hidalgo de los de palabra en astillero, solemnidad antigua, contorno flaco y verbo corredor, entrará en contacto con otra realidad diametralmente distinta a la que dejó en Salamanca: la de la escasez de agua, de escuelas y de fe.

Pero sucede que, en raras ocasiones, la vida ofrece segundas oportunidades para poner a prueba nuestras convicciones, para demostrarnos a nosotros mismos si seguimos fieles a nuestros principios, y será en este entorno hostil donde Unamuno encontrará los ejemplos necesarios de superación y gallardía (otra cosa es que resulten creíbles) que le permitan afrontar sus últimos días como rector de la Universidad de Salamanca, cuando las hordas fascistas, tuertamente encabezadas por Millán Astray, amenacen con silenciar su voz.

Pero si la figura de Unamuno resulta creíble en su reconocida tozudez y sapiencia en manos de Menchón y, aún más, en la figura de José Luis Gómez, más difícil es tragar con los escuderos que acompañan a don Miguel en esta aventura en la ínsula canaria.

Aún entre los demonios hay unos peores que otros
El primero de ellos será don Ramón Castañeyra (Enekoiz Noda), hijo de una adinerada familia local que gestiona el negocio de agua potable en la isla. Hombre de bien pero inmerso en su ambiciosa vida burguesa, ajeno a las penurias de sus vecinos, será la idealista presencia de Unamuno la que le abra los ojos y le anime a tratar de recuperar un viejo molino que abastezca gratuitamente de agua a todos, para lo que tendrá que enfrentarse a su hermano mayor.

Sucede a menudo que el dinero nubla el entendimiento y la buena voluntad de las personas, impidiéndonos ver las cosas importantes, pero pocos casos de celeridad clarividente como el de don Ramón: de brazo ejecutor de los cobros en la empresa familiar a mesías del agua gratis para todos en apenas unos cuantos días. Récord olímpico, seguramente.

Bien predica quien bien vive
Sucede, asimismo, que, por divina providencia, la duda puede asaltar nuestra fe (en la religión, en la sociedad, en el mojo picón o en lo que sea). Y dudas es lo que sufrirá don Víctor (Víctor Clavijo), el cura de la isla: hombre docto, pero de triste figura, imparte clases a los niños de Fuerteventura desde su iglesia local. No se le conocen otras actividades, ni tan siquiera feligreses, pero, ¡oiga!, qué cansado que es hacer repetir pasajes de la Biblia a los alumnos. Su escaso vigor en su día a día colegial revelará a Unamuno que se trata de un cura «sin fe en los niños» y, por ende, sin fe en la humanidad.

«Un papel en blanco puede ser cualquier cosa, solo hay que saber verlo», comenta Unamuno con una de las niñas. Esta imagen alegórica, que bien podría ser aplicada a los niños de la isla y su potencial futuro, es la mejor definición para don Víctor: un papel en blanco… pintarrajeado por algún aprendiz de guionista.

Amor y deseo son dos cosas diferentes
Por último, y por si no hubieran sido suficientes representaciones maniqueas, hará acto de presencia en la isla sin previo aviso la escritora argentina Delfina Molina (Ana Celentano), amante epistolar no correspondida por Unamuno.

En este caso, sucede ya por último que, en ocasiones, la realidad y la ficción comparten colchón, pero donde la realidad nos legó una historia sin dramatismos, nos topamos en la ficción una representación suicida de la misma, paradigma de las peores telenovelas (seguramente también de las mejores), en donde las aventuras amorosas deben aparecer por decreto, según el buen manual para estrategias de guión cinematográfico.

«El aburrimiento es el fondo de la vida, y el aburrimiento es el que ha inventado los juegos, las distracciones, las novelas y el amor», volverá a indicar sabiamente Unamuno.

Venceréis, pero no convenceréis
Como decíamos al comienzo, en estos tiempos líquidos que nos ha tocado vivir, huérfanos de mentes preclaras, en los que el pensamiento crítico es repudiado, se hace necesaria la existencia de voces poderosas que eleven el nivel sobre la mediocridad circundante para tratar de creer que no todo está perdido…, aunque queda la duda de si debe ser a cualquier precio.

«Venceréis, pero no convenceréis», proclamaba Unamuno ante un auditorio lleno de fascistas durante su célebre discurso de inauguración del curso académico de 1936 en la Universidad de Salamanca. En el caso de La isla del viento, es bastante probable que no venza todo lo deseado por sus creadores en la taquilla; el problema es que, tras los créditos finales, tampoco parece haber logrado convencer.●

[Lee aquí la contracrónica de La isla del viento.]

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