El mejor cronista de la gente rara

«La fabulosa taberna de McSorley y otras historias de Nueva York», de Joseph Mitchell

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«Loking Downtown Through the Haze». // Autor: Leonem.

Estoy en la taberna más antigua de Nueva York, en la calle 7, donde termina el Bowery. Fue fundada en 1854 por un inmigrante irlandés: el viejo John McSorley. La barra está iluminada por dos lámparas de gas, no hay caja registradora y las monedas se dejan en cuencos de sopa. Pero enseguida me doy cuenta de que me he colado. Me lo advierte un cartel colgado en la puerta que dice: «Aviso: aquí no hay reservado para señoras». De hecho, el viejo John presume de que en su establecimiento hay buena cerveza, cebolla cruda y ninguna señora. Pero lo estoy disfrutando como si estuviera allí mismo, gracias a la prosa realista, nostálgica, tierna y señorial del que algunos llaman el mejor cronista de Nueva York.

Lo es, para muchos, Joseph Mitchell (1908-1996). Desde luego sí lo fue del New Yorker, periódico para el que trabajó prácticamente toda su vida, fecunda en las primeras décadas y estéril en las tres últimas. Porque se da la increíble y asombrosa circunstancia de que, en los últimos treinta años que el periodista pasó en la redacción, no escribió ni una sola línea, víctima de lo más temido por los hombres y mujeres de letras: el bloqueo del escritor. Pero no dejemos que esa etapa de sequía eclipse su fértil producción en los años cuarenta, a la que pertenecen la mayoría de los veintisiete textos que nutren La fabulosa taberna de McSorley y otras historias de Nueva York (Jus, 2017).

Mitchell abrió camino a los autores que, como Truman Capote o Tom Wolfe, se convirtieron después en los dos exponentes de la novela testimonio y el nuevo periodismo, esa técnica literaria según la cual se cuenta lo real como si fuera ficción. Muy a menudo no es necesario inventar porque con la realidad sobra y basta. El autor que resucitó al viejo John McSorley era un maestro en el arte de relatar historias después de haber escuchado con el cuerpo y con el alma cómo se las contaban los protagonistas. Es el escritor empático o escritor confesionario, como muy bien describe uno de los traductores de esta edición, Alejandro Gilberto Abós, en el prefacio. Y es una pena que no goce del prestigio que merece y que los amantes de Nueva York le agradecemos, porque siempre estamos dispuestos a darnos una vuelta por el Manhattan que fue y nunca volverá a ser. Por cierto, la edición es una joyita y la cubierta incluye un mapa por el que podemos movernos y situar cada uno de los personajes y establecimientos que retrata el libro.

Hasta ahora solo nos hemos referido al protagonista del texto que da título a la obra, pero hay muchos más. Pasen y vean la galería de personajes entrañables que nos esperan entre las páginas. Está el que se atribuía el título del primer bohemio, Joseph Ferdinand Gould, conocido como profesor Gaviota; la inolvidable Mazie, taquillera con un aire a Mae West y hada madrina de los miserables del Bowery; no se pierdan a Lady Olga, la mujer barbuda, que aparece en una foto en sepia, hacia 1930, muy coqueta en la instantánea en lo que se refiere a su peinado pero con la barba inexplicablemente descuidada. Y hacen equilibrios, en las alturas, los Mohawks, los indios que, según la leyenda, trabajaron en la construcción de los grandes rascacielos neoyorquinos porque su ADN no conocía el vértigo.

Joseph Mitchell reconoce en uno de los relatos que sus jefes le pedían historias de gente desdichada porque en esos desolados años de la depresión nada daba más brillo a una primera plana que una miseria ajena que, al instante, consolaba de las propias. En el libro hay una magnífica serie de fotografías de aquellos años y, entre ellas, una que es metáfora de la propia obra. En ella contamos una treintena de artistas que se exhiben en el llamado Congreso de la Gente Rara, una atracción del Circo Ringling que debió hacer las delicias del autor. Menudo filón para el mejor cronista neoyorquino de la gente… diferente.●

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