La vida como improvisación

«Cómo ser Bill Murray», de Gavin Edwards

0
«Bill Murray». // Autor: Gage Skidmore.

Su leyenda no ha parado de crecer. Según el libro que nos trae aquí, en las últimas décadas ha pasado de ser un «gilipollas encantador» a un «filósofo payaso» y de ahí al «dios burlón de la actualidad». Unos saltos de nivel metafísico que ya merecían un estudio a fondo para ver quién o qué es ese ser tan extraordinario y analizar si es posible para el resto de la humanidad asomarse al Nirvana como parece que ha hecho él.

Estamos de suerte. El ensayo ya está al alcance de cualquiera, pero desde la portada la sonrisa magnánima no es la de un monje budista sino la de… Bill Murray. Y aunque Blackie Books nos lo vende como un genio y el libro como un manual de filosofía, una chispa de ironía en los ojos del actor parece decirnos que no nos creamos ni media palabra de lo que vamos a leer.

Teniendo todo eso en cuenta, lo abrimos. Parte de una premisa muy buena y tentadora: aprender a vivir como Bill siguiendo los pasos de sus diez principios vitales (o los que el autor, Gavin Edwards, ha considerado que podrían ser). Entre ellos: «invítate tú a la fiesta», «sé generoso con el mundo» o «conoce tus placeres y sus parámetros». ¿Quién no se querría dejar llevar por semejante decálogo?

La estructura del libro está marcada por estos mandamientos. Antes, Edwards nos cuenta cómo el hombre se hizo mito. Al parecer, su lado cómico, el que sobresale del resto de rasgos de su personalidad, le viene de la necesidad que todos tenemos en la infancia de llamar la atención. Siendo el mediano de una familia muy numerosa, el pequeño Billy descubrió que la mejor manera de que sus padres se fijasen en él era hacerlos reír. Con solo 17 años perdió a su progenitor, pero el actor ya había aprendido que la misma táctica que había usado con él podía servirle para desenvolverse con el resto del mundo.

Y así, el primer gesto de sabiduría del maestro Murray fue aprovechar su talento para hacer reír y convertir eso en su profesión, sin olvidarse nunca de que divertir a la gente es un objetivo vital y no solo artístico. Para demostrarlo, comienza entonces Edwards con su procesión de historias de muchos de los que se han cruzado con el actor a lo largo de los años y han recibido un poco de su luz; esas en las que se cuela en tu fiesta o se come tus patatas en un bar y, según cuenta la leyenda, termina diciendo: «Nadie te va a creer». Entre ellas, se cuelan también anécdotas de rodajes que ayudarían a completar el perfil del personaje.

Sin embargo, todos esos relatos quedan inconexos, desperdigados. Hay cierto caos en la estructura que puede llegar a cansar. A mitad de libro, se tiene la sensación de que el autor no tenía ni idea de qué hacer con todo el material que había recopilado en un buen ejercicio de periodismo, que no sabía cómo darle forma y que, quizá, el problema es que todo eso que tenía entre manos no era suficiente para escribir un libro.

Dejando al margen esta cuestión, el conjunto sí consigue perfilar una personalidad compleja. No en vano, Tim Burton, uno de los seres más excéntricos del planeta, ha dicho de él que es extremadamente desconcertante, y eso sí que turba a cualquiera. Por ejemplo, el libro cuenta que para ofrecerle un papel, cualquier director tiene que pasar por el trámite de dejar un mensaje en un teléfono gratuito y esperar a que Murray decida llamar; que incluso cuando acepta nunca se tiene la garantía de que vaya a aparecer en el rodaje (Sofia Coppola le estuvo esperando una semana en Tokio) y que, a pesar de todo, el 99% de los directores y de los actores quiere trabajar con él porque su talento interpretativo y para la improvisación no los discute nadie.

Una muestra: cuando por fin apareció en el rodaje de Lost in Translation, el actor se hizo con un diccionario de esos que traducen frases útiles a otro idioma. Así, según cuenta Edwards, Murray, con sus casi dos metros de altura, se paseaba por el set de rodaje soltando a todo japonés que se le pusiese por medio frases como «dare-ni mukatte mono itten-dayo?», que vendría a significar «pero ¿usted con quién cree que está hablando?», o algo que podría traducirse por «la verdad es que ya no te quiero, así que me voy a cambiar el número de teléfono». Él mismo reconoció que hacerse con ese libro fue una chorrada, pero que su vida con él fue muy divertida porque asegura: «Me gusta lo que hago y sé que en teoría tengo que hacerlo, pero no puedo aportar nada si no vivo la vida».

Este tipo de episodios encajan en la idea que podemos tener de Bill Murray, pero hay otros que sorprenden al lector. Después de rodar Cazafantasmas, en el momento cumbre de su carrera hasta ese momento, cuando podía haber trabajado con quien se le antojase, lo que hizo fue las maletas y se fue a la Sorbona a estudiar Filosofía y Literatura Francesa. ¿Sorprende o no?

Según cuenta el autor, fue en esa época cuando conoció a su gurú (y aquí podríamos introducir otro elemento más en el libro: el de la autoayuda). La vida de Bill cambió cuando conoció al griego George Gurdjieff. Su máxima era que todas las personas, aunque vivan despiertas, en realidad están dormidas por dentro. Esto debió impactar mucho al actor, que se tomó muy en serio desde ese momento despertar a la gente. «Es lo que me gustaría que otros hiciesen por mí: que me despertasen, coño».

Y después de toda esta mezcolanza, y a pesar de ella, el retrato de Murray termina por quedar definido. Como si asistiese a la creación de un cuadro abstracto, el lector no termina de entender qué y cómo es Bill Murray hasta que llega a la última página. Quizá (aunque lo dudo) sea algo buscado, un intento de hacer un símil con la compleja personalidad del actor. Porque hay que reconocerle a Edwards que consigue que el personaje que nos presenta deje huella. Incluso para el escritor ha sido un viaje interior: «Escribir este libro ha sido una alegría continua porque no he dejado de descubrir una anécdota maravillosa tras otra, pero también porque esas historias me han servido de inspiración para no vivir mi vida con el piloto automático puesto. Gracias, Bill Murray».

Al final hay que pararse a reflexionar. Y eso es de lo mejor que tiene el libro. Edwards no consigue responder a la pregunta del título. No sabemos cómo se consigue ser Bill Murray, pero sí nos quedaremos pensando si vale la pena ser él, cómo somos nosotros y si nos gustamos así. Y para que vayan abriendo boca los que todavía no lo han leído, les dejo una pregunta que le hicieron al propio Murray en una ocasión y que no supo responder: «¿Qué sientes al ser tú?». ●

Dejar respuesta