Como piedras que golpean en el agua

«Qué vergüenza», de Paulina Flores

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«Childhood». // Autor: Claudia Gómez.

Si algo tienen en común los protagonistas de los nueve relatos que componen el debut literario de Paulina Flores es que en algún momento de su historia, de la que comparten con nosotros, pensaron «qué vergüenza», el título del primero de los cuentos, Premio Roberto Bolaño en 2014, que da nombre a esta obra.
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¿Y qué da vergüenza? Sentirte ridiculizado delante de tus hijas cuando las arrastras, literalmente, a una esperada entrevista de trabajo que termina siendo un timo. Pero también ver cómo tu padre, al que has animado con toda la fuerza que te dan tus nueve años, a presentarse a un casting porque sabes que es hermoso, «igualito a Luis Miguel, el hombre más bello que pisara la tierra», acaba abochornado.

La vergüenza no tiene edad, ni siquiera clase social, aunque en estos relatos quienes se enfrentan a ella son chilenos de clase media, que viven con apuros, a veces no logran salir victoriosos, pero no se detienen.

Entre estos nueve relatos, hay protagonistas adultos, pero quienes se te meten en la cabeza y te hacen contener la respiración son niños, algunos con voces maduras, demasiado en ocasiones, que se comportan como niños −«¿quién desconfía de los propósitos de sus acciones? ¿Es que existen tales propósitos siquiera?», se pregunta la autora en Teresa− y que en un momento dado dejan de serlo. Zas. De repente. Se acabó. Hasta aquí. Adiós a la inocencia.

Y ese momento, en muchas ocasiones, llega acompañado de la vergüenza. Por no haber entendido antes que tu madre no se había ido de vacaciones unos días con su familia, sino que te había abandonado. Abandonado, con todas sus letras y con tu padre que, acabas de verlo, es «un hombre moribundo». «Todos lo sabían menos yo. Hasta mi hermana chica lo sabía y había intentado advertirme, pero yo no lo escuché». Ese día, te das cuenta de que tus vecinos, esos marinos mercantes en los que sueñas convertirte, con «rostros acartonados por el frío», no son «hombres fuertes y rudos», sin miedo a nada. Son hombres tristes.

En todos los relatos de esta opera prima subyace ese momento de pérdida de inocencia, que a veces es descubrir y entender, pero que en otras ocasiones es tomar una decisión. Así es para Nico, el protagonista de Últimas vacaciones, un muchacho que sale de su entorno de familia desestructurada para pasar unos días en la playa con su tía y sus primas mayores. Con ellas, sus certezas se tambalean y otras verdades empiezan a caer por su propio peso, sin que nadie las ponga frente a sus ojos. Y una vez más llega el rubor: «Me avergonzaba preguntarle a mi tía, no tanto porque mi padre estuviera preso, sino por lo iluso que había sido al no darme cuenta antes».
Quien lo narra es el Nico adulto, que mira hacia atrás y recuerda ese verano que pudo haber cambiado su vida porque ésta es «la única forma» de contarse su propia historia.

No es el único que lo hace en las páginas de Qué vergüenza. También repasa su vida la protagonista de Olvidando a Freddy. Metida en la bañera, con la puerta candada para que su madre no le moleste, revive su historia (fracasada) de amor con un idiota y, mientras se le arrugan las yemas de los dedos, su mente salta de ese pasado reciente a otro más lejano, a la niña que tenía miedo a los violadores.

Y, como en el resto de relatos, la narración son los detalles que la acompañan, es la cortina de plástico que se pega al cuerpo, el agua que se queda tibia, el bálago que no necesita. «Se desliza por la curva de la tina hasta que el agua le cubre la boca y los ojos. La nariz queda en la superficie, sola como una isla. Pero ella no quiere flotar como una isla, ella quiere hundirse como una piedra en un río».

Piedras que golpean en un río. Así son los nueve relatos con los que se presenta Paulina Flores y que, como si fuera una promesa de su próximo paso, terminan en una nouvelle. El lector las lee desde la orilla, con el ensimismamiento de quien contempla el agua detenerse tras esa irrupción violenta. Porque, a veces, la joven chilena nos golpea, sin dramatismo, sin estridencias, y nos deja pensando en ese instante en el que nada seguirá siendo lo mismo. Y si no, contadme cómo se os queda el cuerpo después de leer Laika.●

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