China, años 40. Mujer joven divorciada busca...

«Un amor que destruye ciudades», de Eileen Chang

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Doscientos años nos separan de la Inglaterra georgiana, pero no es difícil ponerse en la mente de una mujer de la época si has tenido entre tus manos un libro de Jane Austen. Ahora, intentad hacer el ejercicio con la China de los años cuarenta del siglo pasado. ¿Qué libertades se le reconocían a una mujer de clase media? ¿Qué relación unía al amor y el matrimonio? ¿Cabía el divorcio?

Seguimos jugando. Si hablo de una familia tradicional que busca marido para su hija pequeña e intenta echarle el lazo a un joven rico, pero éste la ignora y se fija en su hermana, que vive asfixiada por la opresión de unas cuñadas que la dan ya por perdida, no es difícil que en vuestra mente aparezcan, por ejemplo, las hermanas Bennet (Orgullo y prejuicio). Satén, botines, piano, sombrillas, calesas.

Pero no, añadid a ese argumento el sonido de un violín de dos cuerdas (huqin), qipaos, concubinas, paipáis, y situadlo en Shanghái. No es la familia Bennet, es la familia Bai.

«Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa». Chang podría haber empezado así su novela corta, los Bai habrían firmado esta sentencia, pero las semejanzas entre estos dos mundos, tan lejanos en el tiempo y en el espacio, alcanzan a sus protagonistas, mujeres ahogadas por la tradición opresora que se rebelan contra lo dictado y se empeñan en cumplir su voluntad.

Así lo hace Bai Liusu, una joven divorciada que tuvo que volver a la casa familiar, donde vive rodeada del desprecio de sus cuñadas y la condescendencia de sus hermanos. «Recuerdo cómo volviste a casa llorando, por aquel entonces, montando todo un escándalo porque querías divorciarte. La culpa fue mía: soy un hombre como es debido, y no pude soportar ver cómo te había dejado después de aquella paliza, así que me levanté, me di una palmada en el pecho y dije: «¡Está bien! Puede que yo, el tercer hijo de los Bai, sea pobre, pero en mi casa nunca faltará un cuenco de arroz para mi hermana”».

Liusu necesita escapar y sabe que, sin estudios ni dinero, la única manera de hacerlo y seguir siendo una dama es casarse. Pero por delante de ella están sus hermana menores, en mejor disposición para encontrar marido, aunque alguna de ellas sea hija de una concubina. Es la Séptima Hermana, Bai Baoluo, a quien la celestina señora Xu quiere endosar a un joven heredero, Fan Liuyuan, en principio en mejor situación que ella, pero también hijo de una pareja ilegítima y con una vida extravagante.

La familia al completo acude a la cita pero es Liusu quien baila con Liuyan, ante el horror de las cuñadas, que tratan de quitarle de la cabeza cualquier plan de futuro —«¿Cómo va a querer una mujerzuela marchita como tú?»—, pero ella sabe que, al menos, les ha devuelto un golpe. «¿Conque pensaban que estaba acabada? ¡Pues de eso nada!».

Y como es consciente de que no habrá muchos más trenes para ella, acepta la invitación que le hace la señora Xu para ir a Hong Kong en busca de pretendiente, sabiendo que allí estará Liuyan. Así es. Se encuentran y la joven divorciada asume el riesgo de dejarse llevar, aunque es consciente de que tiene mucho que perder; para empezar, lo que le queda de reputación. «Una mujer que se deja embaucar por un hombre de por sí merece morir […], pero si es ella la que trata de embaucar al hombre, no lo consigue y acaba siendo la embaucada, es doblemente libertina y rastrera, matarla sería ensuciar el cuchillo».

Pero, una vez más, optará por dar el paso y exponerse, y su osadía tendrá como resultado una estabilidad que no dura ni una noche: el 8 de diciembre su techo se viene literalmente abajo con la invasión japonesa de Hong Kong. Aunque el estrago le permitirá descansar, por fin. «Las bellas damas legendarias por cuyo amor se destruían ciudades y Estados probablemente eran así».

La batalla de Hong Kong, aunque punto de inflexión en la historia, es tan solo un decorado, uno más de la novela. Si bien la prosa de Chang no huye de los detalles, son más finos los que rodean el acercamiento progresivo de los dos protagonistas, los matices en sus pensamientos, con sus contradicciones.

Y para situarnos, los traductores, Anne-Hélène Suárez y Qu Xianghong, se sirven tanto del refranero chino —«quien se sube a un tigre difícilmente se baja»— como de adaptaciones castizas: «De perdidos, al río».

Un amor que destruye ciudades (Libros del Asteroide) es la primera obra de Eileen Chang traducida al castellano. Sí, yo también me pregunto por qué. Un acierto de la editorial catalana añadir a su catálogo a esta escritora, una de las más reconocidas de la literatura china, cuya vida abarcaría más que una nouvelle.

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Eileen Chang.

Hija del matrimonio formado por una mujer educada en Inglaterra y un hombre tradicional, adicto al opio, que acabó en divorcio. Maltratada por su padre, que obtuvo la custodia, consiguió volver a vivir con su madre. La batalla de Hong Kong a ella le hizo dejar sus estudios de Literatura y volver a Shanghái, donde empezó a escribir —e inmediatamente a hacerse un nombre— y donde tres años después se casó con un político que colaboraba con los japoneses y del que se divorció, harta de sus infidelidades. Emigró a Estados Unidos y allí se volvió a casar, continuó escribiendo, dio clases y murió en 1995. Resumiendo mucho.

Junto a la novela corta que da nombre al volumen, se incluye el relato Bloqueados, una historia muy diferente a la primera en construcción, personajes y final: la acción transcurre en unas pocas horas, las que pasan un grupo dispar de pasajeros en un autobús detenido, y se centra en una fugaz y efímera historia de ¿amor? entre un hombre casado que carga con un paquete de bollos al vapor rellenos de espinacas y una infeliz profesora de poco más de 20 años.

En definitiva, este volumen es una deliciosa incursión en la literatura china —tengo pendiente a Mo Yan y sus Baladas del ajo— y un más que agradable descubrimiento. Otra mujer a la que rescatar del olvido (al menos en España) y que es mejor no comparar con ninguna otra. No lo necesita.●

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